Red para el cangrejo

 

A mis hijxs

Preliminares

 

A mis 34 años descubrí que me iba a morir.  No fue un hallazgo propio, sino que me diagnosticaron un cáncer en estadio IV, que resultaba ser el más terrible monstruo que nunca podría haber imaginado. Esto ocurrió pocos meses después de mi separación tras trece años de matrimonio.

Entonces la continuidad de mi vida se vio seriamente en jaque.

Pero esa continuidad siempre fue para mí una militancia.  Quizás por el anhelo de la trascendencia, o por sentirme producto de una construcción colectiva, o porque las cosas que viví tienen enganche con otras cosas que vivieron otras personas.

Como le ocurre a la gente en general, en mi vida surfeé profundas amarguras. Hoy registro que cada experiencia que me atravesó se conecta con otras, y si bien estoy transitando un presente de plenitud, pese a eventuales amarguras, siento el profundo deseo de encontrar el sentido de cada vivencia.

Cuando yo tenía seis años mi mamá comenzó a trabajar en una editorial.  Algunos días me llevaba con ella y yo me embriagaba en esa montaña inmensa de libros que no podía comprender, mezclados con otros que me fascinaban.  Me convertí en una lectora voraz y encontré en ese recurso un alivio para mis vacíos, que ya sufría siendo niña.

Un cuento que leí por primera vez en esa época, treinta años atrás, es una referencia de la continuidad.

Las mil grullas, de Elsa Bornemann, es una tierna historia de amor entre dos niños truncada por la bomba de Hiroshima.  La niña era muy pobre pero contaba con una habilidad que la ayudaba a sobrevivir: en los quehaceres del hogar, que a otras chicas fastidiaban, ella tenía la posibilidad de conectarse con la vida.  Por ejemplo, cada doscientas veintidós puntadas a una ropa remendada, encerraba un deseo.  Recordé ese cuento durante toda mi vida, es también el favorito de mi hija menor.

La historia termina con la muerte de Naomi, pese al intento desesperado de su amigo Toshiro por salvarla con la tradicional ofrenda de las mil grullas.  ¿Cómo podían mil frágiles avecitas de papel vencer el horror instalado en su sangre?

Cuando me encierro en las desesperantes máquinas de medicina nuclear para realizarme estudios de alta complejidad, aprovecho ese tiempo estático y radiactivo para pensar en un proyecto.  Llevo muchos ya; este libro, de hecho, nació dentro de un tomógrafo.

Es mi homenaje a Naomi, protagonista ficcional de una historia verosímil.  Y también es para mí la confirmación de que el arte salva.

La continuidad aparece en la docencia también, cuando una buena clase genera réplicas, habilita ideas, enciende un entusiasmo.  Y lo veo en la maternidad, cuando me esmero en trabajar mi legado de libertad y en verdad mis hijos son más claros que yo, incluso me aconsejan que sea más libre.

Las historias que me habitan tienen recovecos alojados en mi cuerpo y van brotando, expandiéndose y conectándose con otras historias.

Desde nuestra concepción occidental del mundo tenemos algunas definiciones muy arraigadas.  Una de ellas, la que según mi percepción nos resulta más perjudicial, es la de ser.

Ese estado de permanencia nos condiciona sobremanera, porque define el modo en que se desarrollarán nuestras acciones.

Correrse de ahí implica una decisión, que conlleva una profunda responsabilidad y rebeldía: todo nuestro  sistema tiende a llevarnos hacia el lugar de la quietud.

Propongo en las siguientes páginas la exploración de un recorrido en el que creo haber descubierto que mi ser, mi estar siendo, mutó constantemente.  No concibo ese hallazgo sin la compañía y el sostén de una enorme cantidad de seres (¿de estares?) cuyas historias son extraordinarias, aunque ellos mismos no lo perciben así.  Y valga la propuesta como ejercicio de continuidad para aventurarse a la exploración del recorrido propio.

Los resultados son una delicia.

 

I

Una gran dicha que me envuelve es la haberme rodeado de personas con historias extraordinarias.

Cuando los necesité a todos a mi lado, porque me iba a morir, juntos atravesamos una barrera y en ese movimiento se potenció nuestro vínculo.

Me acompañaron desparramada en la cama, vomitando, llorando, pelada, con todas mis venas pinchadas, quejándome angustiada y preocupada por cómo seguiría la vida de mi descendencia cuando yo no estuviera.

Una analista me decía que le causaba gracia que yo quisiera organizar el futuro más allá de mi muerte.  A mí me causaba llanto.

Quienes me rodeaban, entonces, se empapaban con mis lágrimas, se ocupaban de limpiar mi casa, me leían poesía en mi cama, iban conmigo al médico, cuidaban a mis hijos.

Me hacían  reír y toleraban mi desazón acto seguido de la risa.

Cuando me abordaba la amargura no podía disfrutar su compañía y deseaba estar sola y triste.  Entonces supieron que era mejor no darme consejos sino escucharme y verme expresando mi discurso derrotista. Dejarme sola pero estando atentos.

 

Siempre consideré que lo que me estaba ocurriendo le podría pasar a cualquier persona.  Dichosamente nunca pensé que se trataba de una injusticia.

Pero un día, y no podría precisar a qué respondió, me desperté decidida a sacudirme la telaraña de esa desazón y a apropiarme de una cotidianidad común, aunque tuviera todo el malestar a cuestas: la quimioterapia, mi reciente separación, las dificultades para organizarme y la distancia con mi familia.  Se reían mis amigos cuando yo decía que quería tener problemas normales, como no llegar a fin de mes, pero no los que tenía que eran fundamentalmente emocionales y  oncológicos, claro.

Hoy sonrío aunque no llegue a fin de mes.

 

Cuando manifiesto que mi recuperación tiene el eje definido en el apoyo de la gente que me rodea es porque les importó un pito que yo dijera que podía sola y me obligaron a estar acompañada.  Y no porque tuvieran que hacerlo sino porque querían.

Yo consideraba que nadie querría ocuparse de mi malestar.  Y que nadie querría pasar un día entero en el hospital, la mayor parte del tiempo solamente esperando.

Pero lo hicieron y lo hacen.  Y nos conocimos mucho más en todo este proceso.

Con su acompañamiento constante, la invitación permanente, el mensaje o el llamado diario, me hicieron sentir amada, no solo enferma o recién separada.  Hasta deseada incluso, lo que no es poco decir en ese contexto.

 

Me veo tentada a decir “todo comenzó cuando…” pero reforzando la idea de la continuidad, ciertamente no sé siquiera cuándo comencé a existir: mi  bisabuelo paterno murió mucho antes de que yo naciera y parece que me legó algunas cosas, quién sabe de sus padres, y todo el linaje que viene de mi madre, tantas historias de criar hijos como se podía, anulándose como mujeres.  No sé cuándo comenzó todo, pero tomaré un punto de referencia en la previa a mi nacimiento biológico.

Mis padres se casaron como correspondía, con una hermosa fiesta, con una elegancia  que solo les vi en esas fotos, con muchos electrodomésticos y vajilla de regalo.  Conservo algo de eso.

El temita del amor no quedó del todo claro: aunque sospecho que estuvieron enamorados,   parece ser que no les duró mucho. Mamá y papá son medio contradictorios cuando les pregunto sobre el tema.

Tuvieron a su primera hija, mi hermana mayor.  No conozco a nadie que tenga ese rol tan definido como ella.

A sus dos años nació otra hija, mi hermana también.  Familia tipo, setentosos, observo sus fotos y son una risa: son estereotipos.  Papá con barba candado y pantalones Oxford, mamá con un palazzo a lunares y su pañuelo haciendo juego, lentes de sol, una estanciera, las dos nenas con vestiditos floreados.

Una noche de septiembre de 1979 salieron a acompañar a mis abuelos maternos a una cena.  Sus hijas quedaron al cuidado de la vecina.  El sentimiento de odio que dichosamente nunca desarrollé, sólo aplica en mi vida hacia esta vecina.  Años de terapia no me permitieron  correrme de ahí.

Regresaron mis padres,  se fue la vecina, y a la mañana siguiente se disponían a viajar a la quinta donde vivían mis abuelos paternos.

Era domingo, mi papá fue la panadería, mi mamá se ocuparía de levantar a las nenas.

Algo la hizo retroceder cuando abrió la puerta de la habitación.  Un frío, un miedo.

Mi hermana mayor se había acostado en la cama de mamá, con esa conducta infantil de optar por estar incómoda pero  sentirse segura.

Mariana, mi otra hermana, no se despertaba.  Mi mamá la sacudió, no se movía.  Salió al balcón con la nena en brazos y mi papá la vio desde la calle, ¡¡¿qué pasa?!! Gritos, desesperación.  Frente al edificio en que vivían  se encuentra un Sanatorio al que llevaron a mi hermana inmediatamente.

Tuvo una muerte súbita, sentenció el médico.  Y mi mamá, a sus 22 años, por primera vez se encontró ante un ser sin vida.

Mi hermana mayor desarrolló la capacidad de anular los detalles de este episodio.  Ella tenía tres años.

Mariana no fue sometida a una autopsia por estricta negación de la familia.  Comprendo la resistencia a la profanación.  Sin embargo la sentencia del médico no podía ser correcta: la muerte súbita sucede en bebés hasta los pocos meses de vida.  Mariana tenía un año y nueve meses.

Cuenta mi madre que en ese sopor consideró importante que se estudiaran las causas del deceso, pero no tuvo recursos para imponer su postura.

Ese desconcierto formó parte elemental de la vida familiar.

En esos días se vivió una vorágine de sufrimiento, confusión, teorías para explicarle a mi hermana lo ocurrido, la narcotización de mi mamá para que pudiera descansar.  Mis abuelos no sabían qué hacer ni qué decir.  Mi hermana mayor.  Pienso mucho en ella y la devastadora incomprensión, en cómo este episodio definió aspectos de su vida.

Parece ser que los médicos aconsejan que ante un caso tan trágico las familias se recompongan.  Mi mamá siempre me contó que le recomendaron que volviera a embarazarse, que ella no quería hacerlo y que mi papá la convenció.

Aquí hay un nudo: hasta mis 36 años estuve convencida de que el embarazo de mí, que coincidió con el duelo por la pérdida de mi hermana, era un error.  Así viví: considerando que había sido gestada para reemplazar a otra persona.  De hecho mi madre me confesó que quería ponerme el mismo nombre, pero en el sanatorio la convencieron de que no lo hiciera.

Tuve una rivalidad inexplicable durante casi toda mi vida.  Y mucho miedo, porque no sabía cómo manejarlo, y porque dormí más de veinte años en la habitación en la que Mariana falleció.

Mis terapias, que fueron muchas y muy duraderas, comenzaban con esta presentación: nací en reemplazo de mi hermana.  Ese era el centro puntual de la maraña.   Nunca había logrado desatarla.

Hace poco tiempo mi papá me escribió una carta.  No fue espontáneo: en el momento en que más segura estaba de la cercanía de mi muerte, fui invitada a participar de un seminario de construcción de salud.  Escéptica como soy, acepté solo porque quien me invitó hizo un gran esfuerzo para ello, y se trata de una de esas personas extraordinarias que merecen mi más profundo respeto.

Una de las claves del seminario era sanar los vínculos.  Obviamente, pensaba yo, cualquier familia puede resolver ciertos problemas, pero lo mío no tiene solución.

Me encanta ver cómo toda mi soberbia  fue cascoteada.

Escribió mi padre, y esto fue escuchado por mí solo una vez: no tengo copia de esa nota.

Sé que Andrea piensa que nació por error, incluso sé que llegó a pensar que es hija de desaparecidos.  Sin embargo su madre y yo la buscamos con mucho amor, y aunque después nos separamos fue por otras razones.  Siempre la amamos

Cuando uno se dedica a leer se convierte en una especie de detective, dicen los teóricos.

Nada de lo que se lee es inocente y siempre responde a algo, de modo que en la lectura de cualquier texto se puede indagar un sinfín de sentidos.  Yo soy de esas: no puedo leer ni el diario sin un lápiz en la mano para destacar palabras o conceptos.

Bueno, ante esta nota de mi padre me remití al bello verso de mi adorada Alejandra Pizarnik, verso que llevo tatuado: “Y sobre todo mirar con inocencia”.

Escuché esas palabras a mis 36 años, leídas por la coordinadora del seminario.

Pero para mí me lo dijo mi papá cuando nací.  Me agarró a upa y me lo dijo mientras me tocaba la nariz, mientras me acariciaba los incipientes rulitos que me caracterizan.

Así como identifico el nacimiento de mi enfermedad (pese a las carcajadas de oncólogos y psicólogos), identifico en ese momento el nacimiento de mi recuperación.  O más aún: mi nacimiento.  36 años después mi papá se redimió ante mí y me borró muchos miedos.

Y eso que había desarrollado unos cuantos.

Recuerdo una situación bisagra en mi infancia, a partir de la cual sufrí el desplazamiento, el abandono, la falta de pertenencia y no sé cuántas cosas más.

Mi papá formó una nueva familia a los años de su separación de mi mamá, con una señora que tenía dos hijos.   En ese entonces trabajaba en una famosa pizzería, y alguna vez pude ir a visitarlo.

En ese lugar había algo que yo, siendo una niña de ocho años, anhelaba con mi vida: un póster de fido dido, un insípido personaje publicitario.   Lo tenía pegado tras la barra-mostrador.

Entonces quedamos en que me iba a conseguir uno para mí.

Pasó el tiempo y con esa que era su novia decidieron hacer una pantomima de boda.  Creo que aún no se había divorciado de mi mamá, así que sólo fue una ceremonia simbólica que transcurrió en su hogar nidito de amor con pichones ajenos.

No me siento muy orgullosa de la ira que me invadió, pero relato el episodio.

Estaba muy aburrida entre adultos desconocidos, junto a mi hermana, ambas ajenas a esa construcción familiar que no nos generaba ninguna emoción, y fui invitada por uno de mis rivales-niños a jugar a su habitación.

Indiferente fui, contemplé sus ordenados juguetes que contrastaban con el desorden que supimos mantener con mi hermana mayor, y de repente, ay, ocurrió.  El niño abrió la puerta de su ropero y del lado de adentro (qué falta de sensibilidad) estaba pegado mi anhelado poster.  Y en el ropero de su hermana estaba la otra versión, que yo ni siquiera sabía que existía

Oh, ¿de dónde lo sacaste? Preguntaron mis cachetes colorados

los trajo tu papá, dijo el inocente dragón que me arrojó granaditas de fuego con aristas envenenadas.

Pero no dije nada por más de diez años.

Un buen día, en el año 2000, desconociendo el motivo de mi profunda sensibilidad, fui a   la casa de mi papá y le conté con mucha congoja todo ese recuerdo traumático: Recuerdo que no podía parar de llorar.

Si bien el episodio había resultado muy significativo, yo ya era una adulta de veinte años, no podía ser que ese maremoto estuviera naciendo de mí.

Pero de eso se trataba: yo estaba embarazada.  La impunidad emocional que habilita el embarazo es curiosa.

Mi papá no supo cómo consolarme, pero de algún modo sentí que me pidió disculpas.

Ese primer embarazo tendió una nueva línea en el recorrido de mi vida.

Había tenido un novio, uno que me presentó un amigo.  Corría el año 1999 y yo era estudiante del ciclo básico de Antropología, una carrera que siempre supe que era para mí, pero que hasta ahora no concreté.

Entonces mi amigo, que se reía de mi fanatismo por Federico García Lorca y toda la poesía, me presentó a su amigo que, según su percepción, era muy compatible conmigo.

Tuvo razón: Pablo y yo nos conocimos y nos enamoramos.  Me recuerdo diciendo: “esta analogía entre Romeo y Julieta no puede ser más real”  Lo recuerdo porque era la frase con la que me cargaba mi amigo.

Amor, amor y poesía.  Salíamos con Pablo a recitarnos, a escribir, a compartir nuestra sensibilidad.  Pero tras algo más de un año de noviazgo,  nos peleamos.

Yo había dejado la facultad y había estudiado fotografía, que era mi otra pasión.  Al finalizar ese año 2000 me fui de viaje a Neuquén con mi amiga Marina y un grupo de personas de nuestra edad, estudiantes, curiosos, inquietos.

Recuerdo ese viaje como una de las perlas de mi libertad.

A mi regreso, cerca de navidad, decidí reencontrarme con Pablo, contarle mis experiencias, charlar con su familia.  Ese día nos dejó un hermoso sabor a reencuentro, y un embarazo.

Entonces ocurrieron particulares episodios.  Siempre fui muy sensible, pero en esos días de enero no entendía lo que me estaba pasando.  Fui al médico.

La doctora atendía mi planteo: no sé qué me pasa, me duele todo pero no tengo nada, lloro y estoy triste pero después me lleno de energía.

Me preguntó “¿podemos descartar la idea de un bebé?”  ¿Podemos? Pensé, y llamé a mi querido amigo Andrés, a quien conocí estudiando fotografía, y le conté este dilema.

En segundos estuvo en mi casa para obligarme a hacerme un test de embarazo.  Si no te animás, hacelo por mí, que me quiero quedar tranquilo.

Nunca olvidaré su acompañamiento en ese momento en que ya estaba habitada por mi hija mayor pero  me sentía en la más profunda soledad.

Compramos el test, y no quise volver a mi casa.  En la esquina había una estación de servicio con un barcito que solía ser nuestro punto de encuentro.

Allí fuimos Andrea, Andrés y el test.

Entré al baño y mi amigo me dijo “tomá mi reloj, porque con la ansiedad no vas a poder medir el tiempo, tienen que pasar cinco minutos

Dos segundos fueron suficientes para que aparecieran las dos rayitas azules confirmando el positivo.

En los malabares que hacemos las mujeres para mantener la higiene en un baño público, tener algo en la mano es una enorme dificultad.  Y yo tenía el test y el reloj.  Bueno, dejé el reloj apoyado y salí tan conmocionada que lo olvidé.

Era un regalo del papá de Andrés, nunca me voy a perdonar ese olvido, aunque por supuesto él lo relativiza.  Perdí un reloj pero me gané una amiga embarazada.

Andrés estuvo muy presente durante esos momentos tan confusos.

Lo cierto era que Pablo estaba tranquilo en su casa y recibió mi llamado.  Hacía un mes que no nos veíamos.  La madre quiso convencerlo de que yo estaría embarazada de un mapuche, pero Pablo sostuvo su convicción muy sensatamente y supo que ese bebé era suyo.

No hay análisis genético más elocuente que las similitudes entre ese padre y esa hija.

Pero eso lo supimos cuando ella nació; mientras tanto Pablo sorteó esas apreciaciones y estuvo a mi lado.

No pudimos reconstruirnos como pareja, pero logramos sostener una estructura amorosa para contener a nuestra hijita que nació en la peor crisis que hubiéramos vivido en el país hasta ese momento.

Su familia se conmovió profundamente ante el nacimiento de la primera nieta y sobrina.

Mi familia también.  Pasábamos algo de tiempo en cada casa, porque estábamos, como miles de compatriotas, desempleados.  Vendíamos empanadas, participábamos de los trueques, buscábamos cualquier trabajo.

Meses después conocí a quien fue mi marido, y Pablo tuvo que vivenciar cómo su hija comenzaba a vincularse cotidianamente con otra persona.  Si bien requirió un tiempo de adaptación, valoro que pudo adecuarse y nunca se interpuso.  Yo había decidido rearmar mi vida de pareja.

La vida tiene vueltas impredecibles.  Pablo y su profunda sensibilidad, su familia rotunda y arbitraria, la poesía y el amor, habían escondido el secreto de su sexualidad, que un día pudo registrar, y formó una pareja con un hombre.

La naturalización de este hecho y la libertad con que mis tres hijos registran la sexualidad se la debo absolutamente a Pablo y su valentía.

Pasados los años se convirtió en un serio psicoanalista, y siempre mantuvimos una hermosa relación en la que seguimos compartiendo poesía y el interés por el bienestar de nuestra hija.

 

II

En el año 2013 comencé a dar clases de lengua y literatura. Promediaba el segundo año de mi profesorado, sin embargo era tal la falta de docentes que se había abierto un “listado de emergencia”: estudiantes, profesionales sin título docente pero con competencia en alguna materia.

Eso respondía a un proyecto que respondía a una necesidad que respondía a una antigua reforma educativa que respondió a un contexto de neoliberalismo despiadado, uno de los que ocurrieron en Argentina.  De eso hablo cuando digo continuidad.

En la década del noventa el gobierno de Carlos Menem respondió dócilmente a las propuestas de los organismos internacionales que se dedican a sostener la imposibilidad de emerger de los países potencialmente emergentes.

Una de ellas fue la Ley Federal de educación.

El planteo era claro: la federalización consistía en que cada provincia se hiciera cargo de los gastos que representaba  el sistema educativo, desde el mantenimiento edilicio hasta los salarios docentes.  Como era de esperarse, el impacto que generó esa medida fue devastador.

Pero también se apelaba a un nuevo formato de Escuela Secundaria.  Si bien todos reconocíamos que una Ley de educación que databa del siglo XIX era obsoleta, se esperaba que una reforma fuera consulta, evaluada, progresista.  Sin embargo la ley federal apelaba a la primarización de contenidos, al recorte de carga horaria de materias imprescindibles, a la destrucción de las Escuelas de Educación técnica y artística.

No era una innovación, se trataba de un formato calcado del sistema español, en el que esa reforma fracasó rotundamente.

Sólo en la Ciudad de Buenos Aires la resistencia a ese modelo fue rotunda: se instaló una carpa en la plaza del Congreso de la Nación y miles de docentes se organizaban para hacer huelga y ayuno.  Ahí comenzó a sonar para mí el nombre de Mary Sánchez, una sindicalista muy bajita pero dueña de una potencia combativa arrolladora.

Yo era habitante de esa ciudad, con lo cual quedé eximida  de la reforma.

Sin embargo miles de personas fueron víctimas de ese sistema y no concluyeron sus estudios.

A esa década del noventa le siguió un sinfín de episodios insólitos.  Finalizado el mandato de Menem llegó al poder una Alianza que generaba grandes esperanzas, pero que se disolvió rápidamente, declinó en su potencia opositora y dejó al país sumido en un incendio abrumador.

Puede verse una bisagra en diciembre del año 2001, cuando Fernando De la Rúa, presidente hasta ese momento, impuso por cadena nacional el estado de sitio.

La respuesta inmediata fue la salida masiva a las calles, cacerolas en mano, el deseo de hacerse escuchar, la consigna “que se vayan todos, que no quede ni uno solo”.  Yo acababa de ser madre, y miraba a mi bebé pensando “¿qué hice al traerte a este Mundo?”.  Entonces encontré una respuesta: mi hija a upa en un brazo y en el otro el puño arriba, el grito unificado con el resto, la transmisión de esa necesidad de sumarnos a la lucha por nuestro futuro.  Me consta que la niña recibió y replica ese mensaje.

La noche del 21 de diciembre de 2001 hubo en Plaza de Mayo una feroz represión que dejó, entre el olor nauseabundo de los gases lacrimógenos y la nube de balas de goma y de plomo, 39 muertos.

Cinco presidentes asumieron mandatos de dos días cada uno en promedio: hubo cinco presidentes en diez días.

Finalmente se llamó  a elecciones.

En esa confusa jornada, cuando el desempleo superaba el 20 por ciento, sin confianza ni esperanza de transformación, fui a emitir mi voto, con mi niña abrazada.  Con mi esmero transformador, asumí que la izquierda era el camino y no voté a ninguno de los candidatos que tenían posibilidades de triunfar.  Pero el resultado fue un ballotage entre Néstor Kirchner y Carlos Menem.  Este último, indignado, se bajó de la postulación, porque se suponía que resultaría perdedor en la segunda vuelta.

Entonces asumió el patagónico Kirchner, con un hermoso discurso que algunos escuchamos con profunda desconfianza.  Había recibido menos votos que la cantidad de gente desocupada del país.

Se apuntó entonces a una organización de la gente desempleada, y se armó un proyecto de cooperativas de trabajo.  El estado brindaría un salario a cambio del trabajo en obra pública, el cuidado de plazas, la construcción de ladrillos, y muchas otras tareas que no terminaron de desarrollarse.

Pudo haber sido una acción revolucionaria, pero con tantos intereses cruzados en el medio no era posible que el proyecto se aplicara de modo integral.

Pasados unos años se sumó a esta propuesta un Plan de Finalización de Estudios Secundarios (FINES) para el que fue convocada la potente Mary Sánchez.

Pese a todas las deficiencias del modelo, que no contaba con suficiente organización, ni con espacios adecuados para su desarrollo (las clases se dictaban  en centros culturales, iglesias, locales políticos), se llevó la educación secundaria a los barrios y comenzó una nueva era.  Familias enteras se juntaban para estudiar.   Fue algo hermoso.

En ese contexto tuve mi primera experiencia docente, en un barrio de las profundidades de González Catán, la Matanza.

Llegué aterrada por no saber si sería capaz, pero me recibió la referente del lugar: Aurora, una aguerrida luchadora por los derechos sociales.  Me habló de la necesidad de enfocar la materia en la problemática concreta del barrio.  Me dejó helada, porque si bien había preparado mi clase con mucha conciencia, en esa conversación me generó un nuevo paradigma: la Educación Popular (Paréntesis aquí.  Como ocurre en todas las esferas de todos los trabajos,  muchos docentes optaron por resolver las clases de modo excesivamente informal y descomprometido.  Ante la demanda insatisfecha, había una infinita disponibilidad de horas que fueron ocupadas por gente que sólo buscaba lucrar.  Otros, muchísimos otros, pusimos nuestro corazón y nuestro cerebro a disposición de este proyecto)

Entonces ingresé al salón y Aurora y sus dos hijas eran estudiantes.  Y otras sesenta personas.  Se tendió un puente entre  mi inexperiencia y el ser docente ante un curso de sesenta y tres adultos

Me presenté, nos reímos de mi apellido, que cancheramente ahora sintetizo, pero que tiene un significado gracioso y muchas rimas nefastas, y les dije que tenía muchas cosas planeadas pero acababa de entender que no servirían para nada.  Hablamos de ellos, de lo que ocurría en el barrio, de lo dificultoso que resultaba terminar la educación secundaria.  De la cantidad de violencia machista que se veía, de cómo la falta de solidaridad era el peor flagelo.

Entonces estructuramos nuestro cuatrimestre: les di una pequeña evaluación de diagnóstico para saber en qué condiciones se encontraba el grupo.  Consistía en la elaboración de un auto retrato: Soy… Les había leído distintos “auto retratos poéticos” de célebres escritores.

Sus testimonios fueron hermosos.  Rápidamente me orientaron.  Organizamos la elaboración de una obra de teatro para su puesta en acto al finalizar el cuatrimestre.  Trabajamos con el análisis de los cuentos clásicos, con el repaso de las reglas de ortografía, hablamos de cohesión y coherencia, leímos y escribimos.  Finalmente se armó la obra.  Con el grupo separado en comisiones de trabajo, cada quien se ocupó de algo.

El domingo 9 de julio de 2013, helado, cortamos la calle del centro cultural y presentamos la obra: Rubencito y sus siete amiguitos.

La mamá de Rubencito había engordado mucho en el embarazo, por eso el padre la dejó.

Ella veía en el niño la representación de sus frustraciones y lo abandonó.  Él vagó por las calles y se sumó a una banda  de chicos que abrían las puertas de los taxis.  Ellos lo ampararon  hasta que una familia lo conoció y lo adoptó.

La obra era en extremo dramática y sin embargo todos los que estábamos ahí teníamos una sonrisa que nos excedía los límites de la cara.

Antes de comenzar cantamos el himno nacional.  Intenté decir algunas palabras sobre la libertad, la independencia, la autonomía, todo lo que podía lograrse a través de la lectura, el estudio, la comprensión de la realidad.  Estaba profundamente conmovida.

Los estudiantes se habían encargado de la difusión, con lo que hubo una notable concurrencia, y también consiguieron donaciones de alfajores que repartieron entre el público.

Creo recordar que hacía mucho frío pero el fuego que se prendió dentro mío ese día aún hoy me sigue quemando.

De ese grupo me quedó un amigo entrañable, Damián, que fue participante de cuanto taller de poesía organicé.  Un potente trabajador del Movimiento de Barrios, villas y asentamientos.  Me honra mucho su amistad.

La escenografía, el vestuario, todo corrió por cuenta del grupo.  Fue un día inolvidable para todos, incluyendo a mis hijos que les pedían autógrafos a los actores.

Eso de las casualidades es un tema muy polémico.  Al día siguiente de esta fiesta se emitió un comunicado para los docentes que trabajábamos en FINES, invitándonos a participar de una reunión.  En mi emperrado deseo de aprendizaje me acerqué.  Éramos cinco o seis personas, entre ellas mi querida amiga Romina, que al verme desesperada cuando tomé aquellas horas en González Catan me sugirió que trabajara con los “auto retratos poéticos”

La reunión no era informativa.  O sí, pero para quienes que la brindaban: estaban buscando gente.  Ahí estaba yo ardiendo todavía por la euforia del día anterior, y Romina, que trabajaba en sus clases con la poesía como llave para abrir todas las puertas.  Evidentemente nuestros perfiles coincidieron con su búsqueda.

Entonces nos ofrecieron uno de los trabajos más hermosos de la vida.

Reformulando la propuesta de organizar a las personas con sus derechos vulnerados se desarrolló un programa social para mujeres madres, en una inédita articulación entre Ministerios.

Mi rol consistía en coordinar los grupos de estudio: estas mujeres recibían un dinero a cambio de formar una cooperativa de trabajo y de terminar sus estudios a través del plan FINES.  Muchas no sabían leer, ni siquiera habían tenido educación primaria.  Otras habían abandonado la escuela secundaria.

En la coordinación de este trabajo se encontraba Mary Sánchez.  Trabajar con semejante referente de la lucha por la educación pública aportó mucha emoción.

La construcción de un adulto estudiante no es fácil, porque resulta ridículo correrse de las obligaciones cotidianas para ponerse a estudiar.

Nunca olvidaré cómo una mujer me agarró la mano y clavando sus ojos profundamente en los míos me contó: leí el cuaderno de mi hijo.  Antes no lo había podido hacer.

Otra me dijo que tras haber logrado que todos sus hijos fueran abanderados en la Escuela, había soñado con tener ese honor.  Lo contó mientras preparábamos el acto de fin de curso en el que ella portaría la Bandera.  Todos sus hijos la estaban esperando entre el público, generando una catarata que me sigue empapando desde el recuerdo.

Además de coordinar los grupos de estudio tuve la dicha de dictar clases de lengua y literatura en algunas comisiones.

En una ocasión leímos el cuento No se culpe a nadie, de Julio Cortázar.

Una de las estudiantes me dijo que no entendía nada, que ese Cortázar era un enroscado, y ciertamente eso es música para mis oídos: mi vínculo con la literatura, y el deseo de transmisión que me convoca, sucede a través de la lectura crítica y constructiva.  Hacia allí fuimos, analizando despacito, despanzurrando las palabras y las construcciones conceptuales, buscando los sentidos que nos atravesaban a partir de la lectura.

Hay situaciones que no se olvidan porque marcan tendencia.  Esa mujer, la que criticó a Cortázar, inauguró una mirada que yo desconocía, y  creo que ella también: con sus ojos prendidos fuegos por el asombro, desarrollando el sentido de la justicia poética que viene desde Aristóteles, nos dijo a todas ¡menos mal que se mató! ¡se liberó!.

Ese fue uno de los momentos más felices de mi vida.  Pero no terminó ahí, porque en la clase siguiente nos contó que estaba durmiendo una noche con su esposo y se empezó a reír recordando fragmentos del cuento.  Que lo terminó compartiendo con él y que lo quiso convencer de que el final era apropiado: la muerte es una metáfora, le dijo.  Hacía muchos años que no leía, y se pudo reconectar con su ser lector a través de una revolucionaria acción del Estado.

Este tipo de historias se mezclaban con el desborde administrativo que implicaba ese trabajo.  Éramos unas pocas personas para abordar una estructura infinita.  Entre ellos se encontraba un compañero que aparentemente había tenido buenos trabajos, pero desperdiciaba su dinero, necesitaba ponerse a trabajar en serio… estas definiciones provenían de su padre y yo discrepaba absolutamente con ellas.

He discutido con ese padre como si lo hiciera con el mío.  Un día le dije: si vos no te analizás no vas a poder ayudar a tu hijo.  Ese mensaje no era sólo para él.

Con mi compañero nos juntábamos a trabajar porque lo burocrático era caótico y en mi rol de eterna protectora consideraba que podía resolverle los problemas: desde el orden de lo administrativo brotarían soluciones para su complejidad emocional.  Esa es otra de las aristas de mi soberbia, sobre todo considerando que  no soy psicóloga, ni siquiera soy objetiva, y mucho menos en ese caso en que un padre ausente suponía soluciones sin estar seguro.

Poco tiempo después la vida de mi compañero terminó.

Me acerqué al velorio.  El padre me abrazó con unos ojitos chiquitos que desaparecían en una inmensidad de cosas incomprendidas.

Entonces pensé que este trabajo, que era muy bello, me absorbería por completo y me podría suceder que descuidara a mis hijos.

Esa idea me aterró y decidí renunciar.

De algún modo lo viví como un respetuoso homenaje a mi compañero. Corría el mes de septiembre.

Pienso que algo de mi enfermedad estaba brotando en esa angustia en el pecho

Por esa época, oh, este detalle estaba queriendo escaparse, cumplen años mis dos hijas.

Septiembre siempre fue el mes más raro de cada uno de mis años.  Las peores crisis matrimoniales sucedieron en ese mes, así como los conflictos más insólitos.  Años de terapia me hicieron notar una coincidencia: es el mes del aniversario del fallecimiento de mi hermana.

Nunca hicimos un ritual para recordarla, sólo hubo fotos suyas discretamente acomodadas en casa, pero asumo que mi madre no quería generarnos más traumas.  Hoy pienso que fue una injusticia no haberle dado ese espacio a su recuerdo.

Lo cierto es que casualmente parí a mis dos hijas mujeres en el mes de septiembre.  A la muerte, vida.

Mi hija menor nació con una cardiopatía congénita muy leve, que no le implica ninguna dificultad pero que requiere un control anual.  Para tener una referencia, hago esa consulta cardiológica más o menos para la fecha de su cumpleaños.

En ese intenso año 2015 cambiamos de profesional: me habían recomendado a una cardióloga muy reconocida.  Ella revisó el historial de estudios, preguntó por los antecedentes, y sólo apareció el dato de mi hermana.  ¿Muerte súbita a esa edad? Imposible.  Descríbame el contexto de su fallecimiento. 

Lo había hablado con mi mamá: Mariana tenía mucha tos por esos días.

La cardióloga fue contundente: lo que le ocurrió a su hermana fue que una bacteria se alojó en su corazón.  Tendría  la misma cardiopatía que esta niña, pero en esa época no existía el diagnóstico por imágenes y no lo habrán detectado.

Eso dijo la cardióloga ante mi hija, que entró en un estado de shock.

Hablé con mi madre, que estaba a 2000 km de Buenos Aires y le clavé en su certeza la punzante daga de la duda.

Dijo que pasó días leyendo sobre el tema y que no le quedaban dudas de que habría sido esa la razón de la muerte de Mariana.  Que hacía años estaba pensando en eso.

No sé qué extraña angustia me invadió, si tenía que ver con mi indignación ante la falta de búsqueda de respuestas por parte de mi mamá (¿por qué siempre excluyo a mi papá de este tema? Ni siquiera sé qué siente al respecto), no sé si fue la amargura de mi hija ante la brutal declamación de su doctora, a la que odió hasta que pudo comprender un poco más, no sé si fue que mi madre voló a mi casa la semana siguiente porque quería estar con nosotras en ese momento, pero lo hizo pensando que mi hija estaba enferma y se preocupó.

La niña andaba en patines por la calle cuando hablábamos de esto.  No está enferma, dije yo.  No entendiste nada.

Me dolió el pecho.

Ya estaba entrenada en la detección de la angustia, porque muchos años de psicoanálisis descarnado me habían hecho transitar esos recovecos. Pero esto era algo más.

 

El septiembre dramático  había tenido una contrapartida inesperada en el año anterior, el 2014: tras cuarenta años de búsqueda implacable, apareció el nieto de Estela de Carlotto, referente de Abuelas de plaza de mayo.

Ni ella lo creía, una eterna luchadora.

Lo que ocurrió a continuación, muy predecible, fue que una catarata de dudosos sobre nuestra identidad escribimos un mail a las abuelas.  Fines de septiembre, cito textual

 

(…)El abandono, el desapego, la relación tan hostil que tengo con mi mamá y mi papá siempre me llevaron a saberme diferente.

El estado de angustia en el que me encuentro hace unas semanas fue el empujoncito final para animarme a escribir.

Me siento un poco avergonzada, no tengo datos concretos para empezar desde ningún lado, pero les planteo mi duda y les agradezco infinitamente por el trabajo que realizan.

La verdad es que si bien siempre me sentí ajena, nunca consideré la posibilidad de comunicarme con ustedes porque el trabajo que realizan me parece sagrado, y temo que mi caso sea una pérdida de tiempo.

 

Este mail tuvo su respuesta en enero del año siguiente.  Andrea, te estamos esperando, perdón por la demora pero felizmente estamos desbordados. 

Me citaron con mi partida de nacimiento y todo lo que considerara que podría aportar información.

Si bien pensaba que mi caso era una potencial pérdida de tiempo, siempre sostuve que debería ser obligatorio el cotejo de ADN de las personas nacidas entre 1975 y 1980.  Argentina tiene una descarnada herida abierta con los vestigios de la dictadura cívico militar.

Niños apropiados, secretos familiares, falta de respuestas.  Miles de  historias inconclusas siguen generando historias inconclusas.

Impactada por mi miedo y mi valentía fui donde me citaron.

Me recibió Victoria, una psicóloga encantadora.  Le conté mi historia, la muerte de Mariana, esa duda extraña y sin fundamento que tuve toda mi vida.

Con los datos de mi nacimiento se daría comienzo al cotejo, buscarían en los registros del hospital.

Una semana después, preparándome para asistir al cumpleaños de mi querida Amancay, hija de mi amiga Rosana, me llamaron por teléfono y me explicaron que algo del archivo no resultaba claro.  Esto podría deberse a  múltiples causas, como el extravío de papeles en el hospital, algún error u omisión en el traspaso de las actas, algunos etcéteras que no recuerdo, o que efectivamente mi identidad no fuera la que se suponía.  Entonces, para agilizar el tema, me propusieron realizarme el estudio de ADN.  Es tu decisión, dijo la dulce voz que me hablaba mientras yo chapoteaba en mi charquito de llanto.

Pocos días después me encontraba en el Hospital Durand con esa sensación tan conocida por mí, esa que cuando se la contaba a mi mamá no me podía entender: estoy pero no estoy.  Mis años de análisis me hicieron comprender se trataría de ataques de ansiedad, pero eso de los rótulos nunca me satisfizo.

En el hospital me hicieron sentir muy bien: están muy entrenados, se manejan con un protocolo serio y respetuoso que no deja lugar a ninguna duda.

Me sacaron sangre, hicieron mi legajo, me tomaron una foto.

Pasó más de un mes y recuerdo que volvía a mi casa tras un día de trabajo en una escuela.

Sonó mi teléfono, yo estaba parada en el colectivo repleto de gente que regresaba.  Te llamo de Abuelas, dijo la tercera persona con la que hablé, y que sostuvo como las otras el temple y la dulzura.  Pensé: si soy la nueva nieta le tengo que avisar a los pasajeros porque mañana voy a salir en el diario.

Pero la dulzura me explicó que el cotejo resultó negativo, aunque eso solo significaba que en el registro con el que ellos contaban no había coincidencia.  Que mi muestra genética se mantendría y que volverían a — la interrumpí.  Le dije, malabareando entre mis lagrimones y las láminas enrolladas que emergían de mi bolso   –creo que lo que me estás diciendo es que mi familia es efectivamente mi familia, que debo aceptarlo y ver de qué modo resolver mis diferencias.

La sonrisa no se puede ver por teléfono, pero se la intuí.  Me alegra que lo pienses así, me dijo, y continué mi viaje anónimo hasta llegar a casa, intuyendo un nuevo hito en mi vida: la aceptación.

 

III

De regreso al año 2015 destacaré que  septiembre me seguía sorprendiendo.

A partir de la confesión de una mujer que era mi amiga adorada, en ese período me enteré de ciertas irregularidades de quien era mi esposo, aunque no me constaban, asumo que por esto de “no ser negadora pero…”

Cierto morbo por empeorar la situación se apoderó de las personas que me informaban y también de mí, que me la pasaba saliendo de la caverna día tras día con un nuevo hallazgo.  Hoy me apena  haberle dado espacio a esa maraña de confusión porque no me aportó nada sano y me envolvió en un constante sopor.

Sentía un profundo dolor en el pecho y un insomnio permanente.  No encontraba el modo de resolver esos conflictos que excedían el asunto de la potencial infidelidad.  Se trataba de mí, de un modo de vida seriamente abocada a lo que tenía que hacer y sin registrar mis deseos ni mis necesidades.

A esta altura había logrado conseguir el que sí fue hasta ahora mi trabajo más querido.

Tras mucho esfuerzo, concurso, y esa perversión burocrática y competitiva que genera la designación de cargos en las escuelas, obtuve un puesto docente en una escuela de arte.

Esa dicha resarcía todas mis angustias y allí canalizaba todo mi potencial de mujer, nutriéndome con la alegría que me genera compartir la literatura.

 

A principios de diciembre de ese año hubo cuatro días feriados.  Cuando un matrimonio está detonado, eso es una tragedia.  Necesitábamos salir de casa.

Nos encontramos con unos amigos a pasar el día al aire libre, el primero de los feriados, eso ayudaría a descomprimir.

Sin embargo en pleno día de fallido relax tuve un llamado de trabajo, con el que pude enterarme  de una relación que mi ex estaba teniendo con alguien de mi entorno cercano.

Entonces sí, convencida de la necesidad de terminar mi matrimonio, pero con la profunda desazón de haber sido… (Quisiera decir engañada, pero el engaño al que me refiero es el mío propio) resolvimos la separación maduramente.

Nada de lo que había pasado hasta ese momento me había hecho detenerme a ver qué sucedía de mi piel hacia adentro.

Pocas semanas después detecté un bultito en mi mama izquierda.

Tenía un atraso en mi menstruación, lo cual sumado a ese bultito me hizo pensar en algún tema hormonal que me estaría afectando.

No es que yo fuera negadora, es que realmente no tenía razón ni antecedentes para pensar en otra cosa.

El que ya era mi ex pero aún vivía conmigo me acompañó a un hospital, a la guardia.  Le pedí que lo hiciera porque me sentía muy asustada, y todavía pensaba que podría encontrar en él algo de alivio.

Al ver mi caso me indicaron un análisis de embarazo, que me hizo estallar en una carcajada pensando en el Espíritu Santo.  Pero era parte del protocolo, y estuvimos, mi ex y yo, sentados en el bar frente al hospital esperando ese resultado.  Negativo, por supuesto.

Entonces me aplicaron alguna medicación y dijeron algo de un bajón de defensas, pero que mejor me acercara a mi médico de siempre.

Allí me dirigí unos días después.  “no creo que sea nada, el bultito se mueve” dijo mi  médico, un uruguayo pelado muy simpático que siempre me hacía reír con la exacerbación de su uruguayidad.  Solo le faltaba el termo bajo el brazo.

Tranquilísima me fui a realizar los controles indicados.  Corría el mes de marzo, y en julio del año anterior ya me los había hecho.  Todo estaba impecable entonces.

Pero esta vez, cuando realicé una ecografía mamaria, la ecografista me advirtió que algo no estaba bien.

El diagnóstico precoz es clave en estos casos.  El turno para el estudio más profundo era para un mes después.

De ninguna manera, dijo la ecografista.  Y bajó conmigo a la recepción de la clínica para asegurarse que me dieran un turno urgente.  Me citaron para el día siguiente.

Mamografía y vuelta a consultar con el ginecólogo.  Todo el mismo día.

El uruguayo encantador hizo dos cosas que seguramente no suele hacer: primero dejó que yo viera en sus ojos la preocupación por un diagnóstico terrible, y después me abrazó.  Es serio, chiquita, me dijo.  Claro, yo estaba sola.  Y ahí sí que me sentí chiquita.

Me indicó consultar con un mastólogo, quien determinó que habría que realizar una biopsia.

Mis amigas Carla y Rosana me acompañaron ese día.  Incluso se peleaban por mí, es una característica de ellas.  Teníamos que firmar un formulario de consentimiento y ambas lo hicieron, una escribiendo sobre el espacio de la otra, con letra más grande… me hicieron reír mucho ese mediodía detenido en el tiempo.  Yo no quería saber nada de estar acompañada, pero afortunadamente me obligaron.

Cómo transcurrieron los 21 días posteriores, no podría decirlo, porque flota en mi cabeza un recuerdo vaporoso, de muchas salidas al teatro, mucho trabajo, mucha actividad con mis hijos, todo lo que podía hacer para que el tiempo transcurriera  esquivando la ansiedad.

Llegó el momento del resultado y he aquí una de las situaciones más novelescas de mi vida.

Con el sobre en la mano, y la mirada del recepcionista que me dijo “suerte”, recorrí una cuadra y me senté en la plaza.

Abrí el sobre  y leí: carcinoma lobulillar infiltrante

No es que sea negadora, pero la verdad es que no sabía de qué se trataba.  Tuve que usar mi teléfono celular para googlear y pensar: “uh, tengo cáncer”.  Entonces me fui a un bar, pedí un cafecito, y tomé la decisión más sana de casi toda mi vida: le escribí un mensaje a mis amigos más cercanos avisándoles que los necesitaría.  Que no podría atravesar esto sola, que no sabía qué tendría que hacer y, sobre todo, que no me hicieran caso cuando dijera que no necesitaba ayuda.

También le avisé a mi hermana, que como un rayo llegó a mi casa incluso antes de que llegara yo, que tuve que esperar que se me disipara un poco la consternación para manejar.

A través de un contacto suyo, unos días después fuimos a ver a un reconocido mastólogo que cobró una fortuna por esa consulta.  Fortuna que fue abonada por ella.

Él me explicó en detalle todo lo que me sucedería: habló de quimioterapia, de rayos, de que me sacarían una mama pero rápidamente me podrían implantar otra.

De todo ese desparramo de información que recuerdo con más sopor que palabras, lo único que me preocupaba realmente, y esto me define como la persona que era, fue: ¿qué hago con la fiesta de quince de mi hija? A esa altura ya corría el mes de junio, y la fiesta sería en noviembre.  Como evidentemente me iba a morir o al menos estaría agonizando, no sabía cómo encarar esa dificultad.

Póngase una peluca y baile, dijo el doctor.

Entonces comencé a sospechar que  existía un mundo no dicho sobre los pacientes con cáncer.

Salimos de la consulta y fuimos a almorzar como hermanas que pueden hablar pavadas, total aparentemente la vida podría continuar.

En Argentina la salud pública goza del prestigio de contar con los mejores profesionales y con el perjuicio de ser un sistema colapsado.

Para mi resultaba imposible sostener una consulta privada, con lo que me dirigí a un reconocido instituto de oncología público.

Me generó un inmenso alivio que me explicaran lo mismo que me había dicho el otro médico, el que era una eminencia.

Otro recuerdo vaporoso: desde principios de junio hasta mediados de julio, tuve que realizarme un sinfín de estudios cada uno más invasivo.

Iba al hospital, me pinchaban por todos lados, tomaba líquido de contraste, me volvían a pinchar, me aplastaban la teta, me sometían a un nivel de radiación que ya me parecía un exceso, y eso que aún no había llegado la radioterapia.  En el Instituto de oncología me repitieron la biopsia para tomar más material; fue muy doloroso y me causó una especie de tristeza de profanación.  Mi amiga Luján me acompañó esa mañana lluviosa.  Fue la primera que me vio llorar y nunca olvidaré su sereno acompañamiento.

Entonces, con la teta emparchada, fui invitada por un amigo a pasar esa, la primera de mis peores noches, en su compañía.  Un poco lloré, otro poco nos reímos, y finalmente dormí abrazada a mi amigo grandote que me quiso proteger.  El día siguiente ya no fue tan triste.

Hablé de este episodio con mi amigo antes de plasmarlo en estas páginas.  Él lo recordaba perfectamente, excepto por la parte del sentido extraordinario que tuvo para mí.  Le resultó natural ofrendarme su amparo y compañía.

Mis amigas y amigos se organizaron para estar presentes junto a mí en cualquier visita al hospital, aunque solo fuera para sacarme sangre.  Porque sabían que algo excede la molestia de ser tan manoseada: estar en el hospital es ser un paciente.  Es hablar de enfermedades con otros pacientes.  Quejarse de los dolores y de la amargura y de la burocracia y del frío y del calor.

Algo fundamental ocurrió en esa época: Ana, mi amiga del alma que previamente fue mi profesora de Historia de la literatura, me citó a una de sus charlas protocolares.

Hay algo en lo que no estás pensando, me dijo, un poco desde el amor y la preocupación, y otro poco desde la experiencia de haber vivido el tratamiento de cáncer de mama de su mamá.

Me obligó a agarrar un cuadernito y hacer una lista

Vas a necesitar muchas cosas, dijo Anita, seria y poniéndose el pelo detrás de la oreja, como lo amerita su protocolo.

Después logré comprender que su preocupación se relacionaba con mi aparente omnipotencia, ese estado que solo yo me creía, que se descascaraba rápidamente, que no podría sostener durante el tratamiento.

La lista comprendía a las personas con las que podía contar, pero de verdad.  Para llamarlas en cualquier momento y pedirles cualquier cosa: compañía, dinero, ayuda en mi casa.

Las personas que estarían funcionando como red.

Seguro que cada uno puede ofrecer algo pero no todos van a poder todo.  Hay que organizarlo.

Y con mi famosa cara de vergüenza, esa que me invade cuando me encuentro en evidencia, le hice caso.

Aparecieron en esa lista los nombres de los de siempre, los amigos que estaban permanentemente a mi lado, y algunos más nuevos que profundamente conmovidos por la suerte que me tocó me brindaron su apoyo, su protección.

Así fue que se creó una red, un grupito de whatsapp  que se llamó “amigos que me cuidan”, en el que informaba las fechas en las que iría al hospital y todos se peleaban por acompañarme.  Hay hospital para todos, decía yo.

Pero también se organizaban para llenarme el freezer de comida vegetariana, por ejemplo.

O para armar un encuentro en mi casa, todos charlando en mi cama porque me sentía agotada.

Aquí, como un potente viento, se abre una vertiente.

Pocos años atrás mi mamá había decidido trasladar su vida de confort palermitano a la Patagonia profunda.

Con su esposo y mi hermano construyeron un espacio para vivir con otro ritmo, con otros valores.  Consiguió validar su título para dar clases en la escuela del lugar, Bahía Camarones, un pueblo chubutense del que yo jamás había escuchado.

Lo cierto es que la inversión que debieron realizar para la construcción de su hogar y para afrontar las inclemencias del tiempo tan opuesto a lo que acostumbraban los dejó en una situación económica difícil.

Y yo comenzaba mi tratamiento.  Y aunque me avergonzaba decirlo, necesitaba a mi mamá.

Entonces el tema de las redes una vez más tuvo su mágico aporte.

Sin conocerme, y de hecho casi sin conocer a mi mamá, el pueblo (no es una metáfora: hablo del pueblo entero) organizó un festival para recaudar dinero para que mi mamá pudiera viajar y acompañarme en el tratamiento.

Yo no salía de mi asombro, pero lo cierto es que gracias a esa acción conjunta de un Pueblo altruista mi mamá viajó a Buenos Aires para estar presente en las seis aplicaciones de mi tratamiento más invasivo.

 

Ese 20 de julio festejé mis 35 años; mi amiga Daniela me ofreció su casa para la celebración: éramos tantos que no entrabamos en la mía. Claro, pensaba yo, quién sabe si festejaré algún otro cumpleaños. 

A la semana siguiente comenzaba el tratamiento.

 

 

IV

¿Qué sabés de tu enfermedad? Me preguntó la oncóloga que me tocó ese día.  Y yo, con todo lo que ya había escuchado y con mi evidente inspiración docente le di una lección: quimio, rayos, sacar la mama, prótesis, listo.

Bueno, cambió todo.  Tenés metástasis múltiples en el hígado y en una vértebra que está muy comprometida.

Claro: habitualmente yo sufría vómitos.  En una construcción realizada con mi anterior analista, relacionábamos esos síntomas con mis momentos de angustia.  Pero cuando la oncóloga nombró el hígado comprendí todo.

Y claro: siempre sufrí dolores de espalda.  Lo relacionaba con mis contracturas, mucho trabajo, muchos hijos, mucho stress.  Cuando escuché que se me estaba por quebrar una vértebra me subió un frío espantoso por la espalda.

Ahí sí sentí miedo.  Fue la primera vez.

Ni cuando me abrazó el uruguayo, ni ante el primer diagnóstico que tuve que googlear, ni cuando el médico-eminencia me explicó los pasos a seguir.  Ahí.  Y estaba mi mamá a mi lado.

Mi miedo a morirme brotó por cada poro y le pregunté a la doctora si eso era inminente.  “no podemos contestar esa pregunta”, dijo.  Y todos los libros que leyó, todo su juramento hipocrático, todos sus tortuosos años de universidad y residencia, todas sus prácticas de laboratorio me parecieron pura mierda.

Soy una persona, pensé.  No me pueden estar diciendo esto.

La oncóloga agarró una hoja y la dividió como si estuviera jugando al tutti frutti.  Donde irían las categorías anotó los días de la semana.  Donde irían las palabras escribió nombres de remedios, modos de tomarlos, horarios.

Me indicó siete remedios en total, de los cuales tres eran satélites: cuando tomes este antes tomate el otro para que no te duela la panza, y así.  Cada cuatro horas me tocaba alguno.

Mi mamá había inundado el consultorio con su llanto pero yo todavía no había empezado a llorar.

Salí de ese lugar espantoso, diminuto, triste y desalmado y crucé un pasillito para encontrar a quien fue mi sostén por esos días: la psico oncóloga.

En mi tierna ingenuidad asumí que se trataba de una psicóloga que desde la palabra me brindaría apoyo para navegar esa etapa tan oscura.  Bueno, lo hizo, pero en verdad era una psiquiatra que también me recetó pastillas para dormir y antidepresivos.  No los voy a tomar, dije.

Y ella afirmó que de ningún otro modo lograría calmarme.   Y tampoco voy a tomar  toda esta batería de cosas que me dio la oncóloga. 

Entonces dijo algo que me calmó bastante: en el hospital te damos una sugerencia.  Vos decidís si seguís el tratamiento o no.

Así me habilitó un poquito de rebeldía.

No me atreví a rechazar la quimio, pero evité tomar antidepresivos (no era depresiva sino que estaba en una situación de crisis) ansiolíticos, (no quería forzar mi sueño sino lograrlo por mis medios), opioides (me dolía la espalda pero sabía tolerar el dolor), calmantes (me había recetado uno cada cuatro horas aunque no me doliera nada)

Y por ende evité el remedio que recubría el estómago, el que evitaba la descompostura y el que me sacaba las náuseas, los tres indicados para paliar efectos secundarios de los otros.

En lugar de todo eso fui a ver a una nutricionista, que me recomendó una potente dieta vegetariana y mis amigos me hablaron sobre el aceite de cannabis, algo ilegal pero con muy buenas referencias.  En mi profunda ignorancia me preocupaba que pudiera generarme alguna adicción, aun así lo elegí por ser la alternativa más natural.  Después de unos meses aprendí a elaborar mi propio aceite y pude repartírselo a gente que me lo agradeció infinitamente.

Consumí una gota de aceite de cannabis por día durante los seis meses de mi peor tratamiento.  Nunca necesité aumentar la dosis ni me generó efectos secundarios.  Me permitió descansar y casi no sentí náuseas ni dolores.

Estar enfermo y no ser millonario implica una doble enfermedad.  Si bien yo contaba con cobertura médica, el tratamiento del cáncer es tan costoso que cada paso que se da requiere un trámite.  Ni hablar de conseguir las drogas de quimioterapia, insólitamente costosas.    Indudablemente cada laboratorio pone un valor, las droguerías ganan sobre eso, las empresas de distribución, las farmacias, las obras sociales.  No sé dónde empieza el valor real de esos medicamentos, pero estoy convencida de que existe un negociado mundial.

Los días previos a mi primera aplicación fueron dramáticos en ese sentido de la burocracia.

Mi cobertura médica no aprobaba las drogas, faltaba un papel, el sello no se leía, el diagnóstico no estaba claro, no se entendía por qué pedían tal droga existiendo otra, y así.

Entonces el tendido de redes llegó a lugares inimaginables: mis amigos contactaron a los amigos de sus amigos, recurrimos al ministerio, a mi sindicato, a alguien que conocía a alguien del gobierno, y a uno de los Pablos importantes de esta historia, el que me contactó con el seminario de construcción de salud.  Por cierto ese desconocido fue la persona que elegí para llamar cuando sentí que estaba llegando a una crisis tremenda.  Cómo se generan los vínculos, no lo entiendo, pero Pablo Sabor me sacó del estado catastrófico con una conversación por whatsapp.

A todo esto nunca supimos cuál contacto fue el indicado, pero un día llegó la solución.

Recuerdo que la mañana anterior a la primera aplicación ya me había convencido de que si no conseguía la medicación comenzaría el tratamiento al mes siguiente.   Esta debería ser una estrategia en mi vida, pero creo que solo da resultado cuando es genuina: cuando logro serenarme, ese momento en el que asumo que la vida fluirá porque yo ya no puedo hacer más de lo que hice, ahí justo se resuelve todo como yo lo deseaba.

Para bajar la ansiedad acepté un desayuno con un muchacho que me había invitado en varias ocasiones.  Dejé a mis niños en la escuela, nos encontramos en un bar, pedimos el café y ocurrió el milagro del llamado telefónico: “las drogas están aprobadas, pasá a buscarlas”.  Le dije al muchachito: un gusto gracias por todo listo beso chau.  Es un amor, pero tuvo una rivalidad desproporcionada, se trataba de mi propia vida.  Actualmente sigue escribiéndome para saber cómo estoy. Hay gente que se ocupa de aportar bienestar.

Corrí a buscar las drogas en un operativo digno del traslado de una fortuna, porque en la farmacia me confirmaron el valor de esos tres frasquitos: era el doble del valor de mi auto, con lo cual ni siquiera su venta me habría facilitado una aplicación.

Desde ese momento aprendí a ser muy metódica con el papelerío (mi amiga Rosana, con experiencia en recorridos hospitalarios, me dio unas cuantas clases)

Afortunadamente hasta el momento no volví a tener problemas con la entrega de la medicación, pero me implicaba un profundo stress hacerme cargo de todo eso siendo a la vez la paciente, la secretaria, la que pone las venas, maneja, cuida hijos, trabaja y cada tanto sonríe.

Luego pude desarrollar un método muy eficaz, y logré un circuito burocrático muy bien armado.

Así que llegó el día uno.  Fui al hospital acompañada por mi mamá, pasamos muchas horas en la sala de espera.

Conocer una institución es como aprender un lenguaje;  hay caminos que todos conocen y existen abreviaturas que yo desconocía.  Los primeros meses de mi tratamiento perdí mucho tiempo porque nadie sabía cómo asesorarme.

A todo esto, en los días previos había decidido tener la conversación con mis hijos.

Ese lugar célebre en el que me paraba todavía, el de la certeza siempre, del no miedo, de la falta de inseguridad, me llevó al bar más lindo que conocía y a habilitar el pedido libre de mis tres niños.  Eso ya era para sospechar.

Entre un tumulto de licuados y tostados les pregunté qué sabían sobre la quimioterapia.

Te quedás pelada, toda flaquita, te podés morir, es algo horrible.

Montada al caballo embravecido de mi soberbia les dije: bueno, pero qué mal informados están.  No me voy a morir por esto.  Seguro que me quedo pelada, pero lo otro no me da miedo, en mi vida pasé cosas muy difíciles y siempre tuve la fuerza para seguir adelante, y demás frases por el estilo, de dudosa auto ayuda.

No creo que me hayan creído ni una sola palabra.  De hecho estoy convencida de que no haber admitido el miedo que me invadía fue una grosería y una falta de respeto hacia ellos y hacia mí misma.

El día de la primera aplicación pasé muchas horas esperando, como siempre, con una heladerita que conservaba la cadena de frío de las drogas-  Este es un dato muy andreístico: en mis visitas previas al hospital, cuando observaba que toda la gente tenía heladeritas, pensaba: se nota que vienen de lejos, todos traen una vianda.  (sic.)

Pasaron las horas, me vio la oncóloga, me revisó, pesó, midió (ya había bajado algunos kilos producto del stress) y anotó las indicaciones para la aplicación.  Pero se olvidó de avisarme algunas cosas: antes de recibir la aplicación debía tomar una medicación antialérgica.  Y ups, no me lo dijo, así que no me pude aplicar.

La sensación de frustración desbordante, la que ya había vivido en otras ocasiones, me llenó de rabia, de esa espumosa ira que se relaciona con la injusticia.  Pero, tal como me ocurrió durante mis partos, en los que fui muy comprensiva con el personal que me atendía y por eso no decía ni ay, consideré que la doctora estaría desbordada y por eso omitió semejante dato elemental.

Es episodio me dejó el aprendizaje de que curarse implica un trabajo en equipo con los médicos.  Desde ese día reviso cada uno de los papelitos que me entregan, nombres y numeritos, pregunto por la preparación para cada estudio, los posibles efectos secundarios, y todo eso.  Resulta llamativo escuchar cada tanto “tenés razón, me olvidé de escribir tal cosa” (por ejemplo, mi apellido…)

Entonces volví a casa sin quimio.  Al otro día regresamos al hospital y ahí se produjo la magia.

Me había propuesto “mirar con inocencia” y no investigar por mi cuenta cómo sería el tratamiento.  Consideraba que cualquier información inadecuada podría tener un efecto devastador en mí.  Pero claro, tenía mis fantasías.

Al no haber conocido nunca a una persona que se hubiera tratado por cáncer, no tenía ni idea de qué se trataba la quimioterapia.  Me imaginaba un salón como de la NASA, con gente protegida por trajes antiradiación, con cascos, con alguna máquina que se encargaría de procesar los frasquitos de las drogas tan costosas para que ingresaran a mi cuerpo a través de un sistema de atomización nuclear, o algo por el estilo.

Entonces, cuando la enfermera me explicó que me tenía que pinchar para ponerme una aguja, y al contemplar el salón con algunos sillones y varias personas en distintos estadíos de crecimiento capilar, me sentí muy aliviada.

Pero el efecto será devastador, pensé.  Porque yo sabía lo mismo que mis hijos sobre la quimioFlaquita, pelada, te morís.  Sin embargo los de los sillones estaban todos vivos, con distintas contexturas físicas y algunos hasta se habían puesto peluca y nunca se les notó la calvicie.

¿Dónde estaba la trampa?

Esa primera aplicación con “dosis de carga” duró muchas horas.

Fue muy aburrido, porque me había llevado un libro pero estaba muy ansiosa y me dispersaba, tenía mis auriculares pero quería escuchar lo que decían los vecinos de sillón, me quería ir a mi casa y veía cómo las gotitas bajaban despacito, una y otra, y otra.

Pensé en algo que me había dicho el Pablo recientemente mencionado: hacele reiki a las drogas, transmitiles energía.  El modo en que vos encares el tratamiento será el modo en que resulte.

Me parecía demasiado hippie.

Pero, perdido por perdido, y ya que nadie me conocía, agarré las cajitas y les puse mi mano arriba, y pensé “háganme bien, yo voy a hacer todo lo que tengo que hacer”

Una amiga me contó tiempo después que su madre tuvo que recurrir a la quimio y lloraba pensando que las drogas eran veneno, que no podrían hacerle bien.  Ese tratamiento no prosperó.

Salí de esa aplicación más abrumada por el tiempo que por el efecto de la medicación.

Volví a casa, estuve con mis hijos, me acosté, no me pasaba nada.  Como quien espera al hipo para sorprenderlo, esperaba yo mis efectos adversos tan claramente explicados por mis médicos: vómitos, fiebre, agotamiento.

Había empezado a consumir aceite de cannabis: la dosis que utilicé no varió durante los cinco meses que la tomé, y el efecto se sostuvo.  Una gota por la noche.  Me aliviaba la ansiedad, el revoltijo en el estómago, me ayudaba a dormir.

Mi mamá estuvo en casa tres días más y regresó a su Chubut elegido.

A todo esto mis rulitos estaban algo tristes pero estaban.

Al quinto día me desperté transformada en un choclo.  Me había brotado absolutamente por todo el cuerpo.

La droga de quimioterapia requiere el consumo de corticoides para evitar reacciones alérgicas, pero el mismo corticoide tiene muchos efectos adversos.  Yo asumí que los granitos tenían que ver con eso.  Pero me asusté y fui a ver al oncólogo de guardia.

El Insituto Roffo, ese que me ampara, pertenece a la Universidad.  Por cada médico hay un tendal de residentes.

Esa mañana en la guardia eran seis.

El médico me preguntó por qué iba, y yo lo miré un poco desconcertada, era evidente la razón.

Me dijo: hay personas que se alegran porque no tienen efectos secundarios.  No registran que tampoco tienen lo que deberían tener.  Usted está reaccionando a la quimioterapia, felicitaciones.  Y por cierto, córtese esos pelos que son una tristeza (sic.)

Me dejó boquiabierta.

Descartó mi consulta como si fuera una pavada pero me aprovechó para dar una clase práctica con sus seis residentes, que por supuesto yo disfruté con un despliegue de histrionismo e intentando sacarme ciertas dudas.  Por ejemplo, les conté de un modo resumido todo lo que me había pasado en los meses previos a mi diagnóstico.  El doc preguntó a su equipo ¿la señora se enfermó por estos conflictos? Y uno dijo “no, pero el stress le bajó las defensas y le habilitó la enfermedad”

¡Ajá! Era justo lo que quería escuchar

Además ese doctor dijo otra cosa: mire, señora (¡con lo que  detesto que me llamen así!) usted tiene una enfermedad.  Yo también: soy hipertenso.  Si me como un paquete de papas fritas me muero.  Así que disfrute la vida.

Hay palabras que hacen mella porque son dichas en el momento indicado.  En el mismo hospital en el que me sugirieron que me iba a morir, me recomendaron que disfrutara la vida.

En la semana posterior fui a la peluquería a raparme.  Ya lo había hecho en mi adolescencia, era un corte sexy.  Me gustaba.

Lo que no tuve en cuenta fue que aun cortito el pelo se seguía cayendo.  Y una mañana de esas nauseabundas, porque claro que algo de eso sucedió (en esos ataques tomaba limonada helada y me acostaba en la cama con mi gata a mirar la tele), me visitó mi amiga Daniela y me dijo “dale, vamos a la peluquería, te acompaño”.  Y la tipa se quedó a mi lado mientras me dejaban la cabeza como una rodilla, y me acompañó de nuevo a casa llevándome del brazo porque no me dolía nada pero tenía una especie de congoja que me dejaba tambaleando.  Y se puso a limpiar, incluso.

Entonces oficialmente fui pelada.

Mi hermana me regaló un sombrero que para mí era un exceso, y un pañuelito verde muy coqueto que fue mi cabello durante toda esa etapa.  Y cuando los rulos comenzaron a crecer lo seguí usando como un accesorio, para que me abrazara, para tener el recuerdo de que me ayudó a sentirme mejor.  Y de que mi hermana mayor me cuida siempre.

En esa época ultimábamos detalles de la fiesta de mi quinceañera: su vestido, regalo de amigos de su papá, fue confeccionado por una modista maravillosa.  Le pedí que se ocupara de un vestido para mí, que fuera simple pero colorido, porque ya que iba a estar pelada quería compensar la atención.  “Dejámelo a mí”, me dijo, y armó con la misma tela de mi vestido un sombrerito que era una delicia.  La creatividad en función del cuidado.  En esa fiesta fui la mamá, y no la pelada.  No hizo falta la peluca, bailé, mi hija disfrutó con sus amigos.  Pasamos una noche maravillosa.

 

Las sesiones de quimioterapia transcurrían  cada veintiún días.  Antes de cada aplicación me veía algún  oncólogo, el que estuviera disponible.  Lamentablemente, y esto habla del desborde, nunca conté con un médico que mínimamente supiera algo de mí.

Entonces desarrollé mi versatilidad de paciente, aprendí a quedarme con una copia de todos los estudios que me realizaban, les preguntaba incisivamente cosas elementales como “¿me puedo tatuar?” (esa era una cuenta pendiente.  No lo había hecho antes porque era donante voluntaria de sangre, y un tatuaje implicaba mucho tiempo sin poder donar.  Pero parece que con la cantidad de drogas que le empezaron a aplicar a mi organismo ya no podré donar más nada)

Ante cada control había una buena noticia relacionada con la reducción del tamaño de eso que ocupaba mi mama izquierda.  Había llegado a ser una especie de cuadrado de diez centímetros.  Se achicaba, cada vez un poco más.  Un día no lo llegaron a medir.  Ya no se notaba.

Pero también había noticias raras o evasivas: nunca me supieron decir cuánto duraría el tratamiento, por ejemplo.

Y ya en verano, cuando las seis aplicaciones de la droga más potente habían pasado, me enteré de otro dato que habían omitido: la quimio propiamente ya terminó, pero vas a tener que continuar en tratamiento de por vida.  Tenés un receptor llamado HERZ 2 que tiende a hacer metástasis, el único modo de controlarlo es con medicación.

Además me había empezado a doler la espalda intensamente, y este es un nudo para ser desatado de a poco.

Durante la aplicación de esa droga tan invasiva dejé de menstruar.  Menopausia precoz, sentenció otra de las oncólogas.  Me puse muy triste y ella dijo “sos la única mujer que se queja por esto”.  Me resultó sumamente irrespetuosa la naturalización del ciclo menstrual como algo negativo, sin embargo empecé a asumirlo de a poco.

Entonces pasados seis meses, ya en verano, me dolía la espalda.  Me derivaron al traumatólogo oncológico.  Me realizaron un estudio que dejó ver que la vértebra que estaba dañada se había dañado más, que deberían operarme.  En un ardiente verano de cuarenta grados de sensación térmica me hicieron utilizar un corset para condicionar mis movimientos.  Nunca más (¡en la vida!) tenés que hacer fuerza, pero menos que nada podés tener un tironeo.  Así que nada de transporte público, no podés barrer, y qué se yo cuantas restricciones más.

Y también me dijo que me harían una operación consistente en reforzar la vértebra con unos tornillos.

Listo, pensé.  Hay que operar, operamos.

Me sentía medio superlativa en esa etapa.  Aunque cada tanto tenía ganas de hacer un berrinche, de patear todo, de enojarme con alguien.  Ahí lo llamaba a Pablo que con dos palabras me corría de ese estado.  Por esa época me empezó a insistir con ese seminario en un lugar llamado Fundación Salud, lo cual, para mi soberbia, era pura demagogia.

El traumatólogo dijo que antes de operar me harían radiación.

Si yo fantaseaba que la quimio era algo de energía nuclear se comprenderá que la idea que tenía de radiación era más impresionante aún.

Pero resultó ser parecido a sacarse una radiografía, solo que un poquito más larga, sólo que con un poco más de efectos secundarios.

Me indicaron diez sesiones de rayos para la vértebra D-11.  Para indicar el sitio exacto en que se recibirá la radiación, se efectúa una marcación con tinta china.  Es como los tatuajes que se hacen en la cárcel, así que ahí me tatué por primera vez.  Otra cosa que quedará para siempre.

Durante esos calurosos diez días consecutivos de aplicación, siempre fui acompañada por amigos, amigas, incluso parejas.  Mi amiga Luján, por ejemplo, con toda su rebeldía anti sistema, con la certeza de que hay que hacer lo que hay que hacer, iba conmigo al hospital junto a Lucas, su compañero, y yo los observaba y pensaba: noviecitos adorables recién llegados de sus vacaciones, ¿qué hacen estos chicos ocupando su tiempo en acompañarme?  Me aportaron mucha alegría y seguridad.    Tomamos mate, nos reímos, pasaba ese minuto de radiación y chau.

Conocí a un grupo de mujeres aguerridas que estaban transitando una enfermedad como la mía, y armamos un grupo para mandarnos mensajes.  Gracias a eso aún hoy nos pasamos información sobre novedades en el hospital y hasta nos ayudamos con trámites…siempre alguna está por ahí.  Tender redes en todos lados.

Pasada la radiación me hicieron un nuevo control y el traumatólogo me preguntó ¿le duele? (me siguen tratando de Usted, ¡¡pero si yo soy una piba!!) y en verdad no me dolía.  Porque está curada, dijo.  Y estaba mi mamá ese día.  Ese es un tema aparte, porque ante el más profundo dolor de no entender nada porque de repente me tendrían que operar, les escribí a mis padres diciéndoles “no sé qué haría yo si alguno de mis hijos se enfermara, pero sí sé lo que no haría: dejarlo solo.  Y eso es lo que están haciendo ustedes conmigo”  Golpecito efectivo tras el cual ambos reaccionaron.  Yo no puedo todo.  Sé que siempre lo dije pero eran puras patrañas.  Los necesito.

Por suerte mi mamá estaba a mi lado, porque yo no le creía al médico.  Le dije “¿a qué se refiere, a que no empeoró?” no, dijo: se curó.

Resulta ser que la radiación es muy eficaz en el cáncer de mama, y aunque estaba alojado en la vértebra, su tipo seguía siendo de mama.  La radiación lo combatió y mi cuerpo generó un tejido de cartílago que regeneró la vértebra.

Igual me quedé con cierta desconfianza.

Pero el asunto se terminó de desanudar cuando a principios de febrero volví a menstruar.

Entonces registré que el dolor de espalda no era en la vértebra, que se trataba de esa típica molestia de inflamación pre menstrual.  Pero como me habían sentenciado la menopausia precoz no había considerado esta opción.

 

Comencé este texto planteando que lo que vivo como una de las definiciones más dañinas de nuestro occidente es la de ser.  La otra es la de la disociación.

Es inconcebible que la medicina reduzca el área de injerencia a una porción del cuerpo.

El sistema es uno solo, está integrado, y lo que pasa en una parte repercute en otra.

Así es que cuando volví a menstruar me dejó de doler la espalda.

Y me indicaron una nueva ráfaga de estudios, esta vez para que fueran controlados por el ginecólogo.

En mi jurisdicción estás perfecta, dijo.  Por cierto, podrías quedar embarazada, cuídate.

Es eso: son jurisdicciones.  Nadie atraviesa el espacio del otro, ni hablar entonces de las cuestiones emocionales.

Para ilustrar la falta de consideración de lo que le sucede al paciente oncológico en su cabecita, relataré uno de los episodios más bizarros de este recorrido.

Salía de mi anteúltima sesión de radioterapia, esa vez acompañada por mi amiga Rosana.

Una vez más tenía una colección de granitos que me picaban mucho, y se lo advertí a la doctora, que me miró de reojo y me mandó a la guardia.

El sector de rayos trabaja todo el día, y justo esa vez me habían dado uno de los últimos turnos, como a las siete de la tarde.  Entonces estaba anocheciendo cuando salí de ahí hacia la guardia.

Ya estaba triste y había planeado enviar ese mensaje devastador a mis padres, pero aún no lo había hecho.

La enfermera que me recibió en la guardia no me trató muy amablemente, pero me quedé calladita esperando a la doctora.  En ese momento llegó un chico de unos veinticinco años acompañado de su mamá.

Necesito un calmante, dijo gritando.  Hace días que no puedo dormir.

La mamá lo atajaba para que no se enojara tanto.  La enfermera le dijo que para eso fuera a otro hospital, que esta guardia era solo oncológica.  Pero yo soy paciente de acá, por esta enfermedad de mierda no puedo dormir, dijo el pibe.

Y yo, luchadora revolucionaria solidaria y  comprensiva, acoté: es que cuando vamos a otra guardia no nos quieren atender porque somos pacientes oncológicos.

La llamarada que emitieron los ojos de la enfermera es un refusilo que sigo recordando cuando estoy asustada.

Cállese la boca, me dijo.

Y yo, claro, me callé.  Pero me puse a llorar.

Rosana estaba del otro lado del pasillo, no la habían dejado entrar.  Y le escribí a su celular: la enfermera me hizo llorar.

Luego fue mi turno, me volvió a retar por ser una metida y me dijo que ella sabía cómo frenar a los pacientes violentos y que mi intervención la desautorizaba y que…

Ahí se dio cuenta de que yo no paraba de llorar y me preguntó qué me pasaba, y le dije que estaba sola y que mi mamá vivía muy lejos y que tenía miedo.

Entonces me tranquilizó, me dijo que todo iba a estar bien, que hablara claramente con mi mamá.  Y apuró a la doctora que no venía.

Finalmente resultó que tenía escabiosis, la versión humana de la sarna.  Me habían bajado las defensas.

Salí del consultorio con las palmaditas de la enfermera, las recetas de antibióticos en la mano y los ojos en compota, pero riéndome.

Rosana no entendía nada.

Recuerdo esa salida del hospital entre sollozos del último sofocón del llanto matizado con la carcajada nerviosa mezcla de vergüenza y auto compasión.

Esa noche les escribí a mis padres.

 

 

V

En el breve período durante el cual ya me había separado pero aún no sabía sobre mi enfermedad tuve un hallazgo en internet.  Estas cosas que me pasan a mí, lo de los amigos extraordinarios, no tienen límite jurisdiccional.

No me gustan los clichés, y respeto tanto al dueño de estas palabras que sólo las copiaré para que quede bien claro: andábamos sin buscarnos, ella en Sevilla y yo en Buenos Aires, pero sabiendo que andábamos para encontrarnos.  No es posible haber transitado tantos recorridos similares sin conocernos.

Conocí a una tal Isa en un grupo de mujeres que estaban ahí para escucharse y asesorarse, hablaban de su sexualidad y de sus intereses intelectuales.

Siempre consideré, lo diré con estas irrespetuosas palabras porque así lo sentía, que deberían gustarme las mujeres, era lógico considerando algunas cosas de mi vida.

En mi juventud más tierna (aunque ya era madre) había adquirido un look de pelo rapado que generaba miradas penetrantes en algunas congéneres.  Y siempre me sentí muy caballera con las damas.  Y una analista me dijo tras mi separación que era evidente que yo era lesbiana.  Pésima intervención, creo.  Pero llegué a pensar que el problema de mi separación no era con el masculino que me acompañaba sino con todo su género.

Entonces me comuniqué con Isa, a quien desconocía por completo, y le conté todo.  Mi historia, mis sospechas, mi separación y que no sabía qué hacer.  Envié ese mensaje y me agarré la cabeza pensándome una desubicada.

Con una extraordinaria dulzura transatlántica  ella recibió mis palabras y las llenó de amor y de alegría.  Me contó su propia historia, tan hermosa y llena de justicia poética: a sus 40 años, tras mucho tiempo de matrimonio y siendo madre de tres hijos, decidió sincerarse y se reencontró con el verdadero amor de su vida, su amiga Conchi.  Ellas viven una historia de amor que no deja de conmoverme.  Debo admitir que cada vez que la nombra me hace reír.  Se lo tuve que confesar porque bueno, el lenguaje y sus variaciones…

Lo cierto es que exploré el universo de las damas, pero no encontré la certeza de que  fuera el lugar al que yo pertenecía, si es que se trata de eso, de una pertenencia estática.

Actualmente cuento con la potencia del amor de un hombre que me acompaña y que me envuelve en su tranquilidad, y juntos construimos un espacio para potenciar la risa y aplacar la amargura.  Fue un inesperado regalo.  Solo el amor, aún con toda su mala prensa, efectivamente convierte en milagro el barro.

Isa me escuchó cuando descubrí que algo estaba creciendo en mi mama izquierda.  Me dio serias indicaciones acerca de cómo vincularme con esa potencial enfermedad.  Hacía sesiones de reiki a la distancia (mucha distancia.  ¿Cómo la sentía tan cercana?).  Se enteró de mi diagnóstico y estuvo tan atenta como el resto de mis amigos.

Y me cuida con amor, meditación y arte.  Tiene una voz maravillosa y canta: me canta.  Un día se levanta con una canción en la cabeza y me envía un audio que me transforma el día.  Yo hago lo propio con los poemas.  Tenemos el proyecto de crear un disco dialogando entre canciones y poesía. Todavía no nos pudimos encontrar personalmente, pero eso ya ocurrirá.

Cuando de a poquito yo me empecé a sentir más segura y anclada a la vida, la mamá de Isa enfermó de cáncer de mama.  Hablamos, le conté de mis recursos extra medicinales, que por cierto Isa potenció, nos hermanamos en esa cofradía de mujeres peladas, y destacamos la importancia de estar acompañadas.

Cierto día, en  un mensaje andalú a toda velocidad me dijo

Que no lo podemo creé, que salimo del médico y que ha encontrao a mi madre recuperá

Me la imaginé moviendo sus manos para todos lados.

Ahí fue Isa con su familia  a celebrar la recuperación de su madre, y yo me enteré en tiempo real, al igual que sus amigos sevillanos.

A veces, decimos con esta amiga, la tecnología que aísla puede derribar fronteras.

Cuento a esta amistad entre los tesoros más hermosos de mi vida.

 

Lo que me pasó a mi es más frecuente de lo que creemos, aun así me han puesto el mote de luchadora, será por eso de que estar pelada es muy valorado por la prensa.

Hoy, con los rulos alborotados y  con toda mi andreitud a flor de piel, con la ideología clara como siempre pero más activa, me resulta imprescindible destacar estas relaciones increíbles con personas que, como ocurre con Isa, me hicieron una diferencia abismal en la vida, que naturalizan que lo que les ocurre no es tan serio como lo mío y sin embargo  traen un tendal de historias para compartir y deslumbrar.

Son una especie de anónimos con historias extraodinarias.

Uno de ellos es otro Pablo.  Él no me acompañó durante el proceso de mi enfermedad, ni fue acompañado por mí.  Lo conocí hace muy poco y sin embargo me generó una transformación en el modo de ver, me aportó una seria militancia por la integración y la accesibilidad, y conocerlo fue la cerecita de una torta que ya era una delicia.

Mi amiga Carla y yo habíamos decidido celebrar lo bien que estábamos siendo que un año atrás habíamos atravesado el peor momento de nuestras vidas, y realizamos un viajecito a Colonia, Uruguay.

Viajamos en Buquebús, tomamos mate desmedidamente, nos descostillamos de risa, transitamos caminitos oníricos de calles empedradas y colores brillantes, suspiramos en la calle de los suspiros.

Cuando subimos al barquito para volver, nos sentamos con una señora y le ofrecimos mate, con Carla somos un amor.  Después llegó otra señora con un chico. También les ofrecimos mate.

El chico estaba en una silla de ruedas.  Digo chico porque tiene mi edad.

Pablo, el chico, hablaba poco pero con filosas intervenciones de mucho ingenio.  Quien escribe cataloga al ingenio casi como la mejor virtud.

El viaje se demoró mucho, así que pudimos conversar sobre todos los temas.  Nosotras no paramos de hablar si no nos interrumpen.

Pablito comenzó su relato: era un jugador de rugby.  Se le notaba lo lomudo.   Años atrás, en un scrown, tuvo un impacto que lo dejó cuadripléjico.  Rápidamente se dio cuenta de que yo soy muy chusma y lejos de ofenderse me instó a que le preguntara lo que quisiera, entonces ante semejante provocación y desafío, le pregunté.  Me honra enormemente que haya accedido a compartir su historia.

Es rarísimo no saber nada de un apersona con la que se genera semejante empatía.  Yo ni siquiera sabía cuándo había ocurrido su accidente, entonces, en el tiempo posterior al viaje, seguimos conectados y nos fuimos contando.

Y supe que el accidente fue el 28 de agosto del 2004, cuando él tenía 20 años.  Era un sábado, lo sé perfectamente porque es el día que quedó en medio de las dos instancias de mi boda: el viernes 27 celebramos la ceremonia civil y el domingo 29 la fiesta con pantomima de misa, oficiada por un amigo actor que nos hizo reír mucho todos.  Fue un hermoso día de sol en pleno invierno.

Le pregunté a Pablo qué recordaba de su vida anterior, y me dijo que todo, claro.  Que trabajaba para un laboratorio y estudiaba en la universidad, cursaba el tercer año de diseño industrial, además entrenaba en el club y tenía una vida social bastante activa.

Pensando en la necesidad del tendido de redes le pregunté por el entorno que lo acompañaba y me dijo que el círculo de  familia y  amigos se fortaleció muchísimo.  Que si bien la vida de todos fue cambiando mucho, porque algunos se casaron y tuvieron hijos, siguen fuertemente vinculados aunque ya no sea como cuando tenían 20 años.

Y ante la problemática del rugby, en la que abundan estos episodios, me contó que si bien como jugador cada uno tiene un seguro, mayormente  el  apoyo que le brindaron se relacionó con la organización de eventos para recaudar fondos, siempre impulsado más que nada por sus propios amigos.

Yo me sentí sola tantas veces aún rodeada por multitudes, que quise preguntarle por ese anhelo de soledad compitiendo con la necesidad de estar acompañado.  Y Pablo es tan claro en sus conceptos, que me dijo que cuando quiere estar solo es porque a veces lo considera saludable.

Y lejos de sorprenderme, declamó una frase que lo define, y que coincide con mi intuición: nunca sentí que lo que me pasó fuera tan terrible como parece.

(¿Qué hace que una persona a la que se le transforma la vida pueda seguir adelante, y que otras, ante un mínimo escollo, tiendan a la desazón? Ignoro la respuesta pero la vinculo con la atomización, con la falta de redes de contención.)

Cuando lo conocí estaba con su mamá, muy simpática y atenta.  Dice Pablo que ella tuvo un rol fundamental en todo, porque es tan difícil estar de un lado como del otro.

Pienso que Pablo me habilitó una nueva militancia por la integración porque a través de conocer su caso como compañera de viaje le pude prestar atención a lo vedado para los que andamos por ahí como si nada.

Carencia de rampas o abundancia de pendiente, como para cumplir con la ley desde o estético pero sin pensar en la funcionalidad, dificultades en los accesos de todo tipo…

Mi amiga Rosana, que es muy atenta y crítica de estas cosas también me ayuda a agudizar la mirada siempre un poco más.

Las escuelas en las que trabajo  en general no tienen más medios que una escalera para acceder a la planta alta, y muchas veces es ahí donde se encuentran los salones.

No se puede estar en todo, claro.

Es natural y hasta esperable que cualquier persona que tenga impedimentos físicos no pretenda compartir el espacio con otros que no sufren sus dificultades.  En todo caso se los sectorizará disfrazando esa segregación como exclusividad. 

Desde que conocí a Pablo noté la desgarradora hipocresía con la que en todos los sectores se desatienden las necesidades.  Él, en su espacio de formación profesional, fue protagonista de esa vejación. Cuenta que su universidad, en infraestructura, es el monumento a la Barrera arquitectónica.  Sin  embargo desde los docentes, el elemento humano, sintió la mejor predisposición.

Pero esto se debe a una obstinación de este muchacho que, además de ser muy carismático,  siempre está buscando la vuelta.  Por ejemplo, ¿cómo podría recuperar su autonomía para trabajar?  Desde la creatividad encontró una respuesta.

Ante su necesidad de usar una computadora, y considerando la tecnología de entonces, desarrolló junto a su hermano una adaptación para poder usar el Mouse de otra forma: moviendo su cabeza, haciendo que cumpla la función del pad.  Exploraron  diferentes alternativas con tecnologías simples para resolver los clicks, hasta que llegaron a un sistema por soplido que parece complejo pero es muy básico.

Cambió de carrera y estudió diseño gráfico, encontrando en esa profesión una puerta para salir a trabajar.  Como si fuera un chiste, me dijo que si uno tiene ganas de estudiar y capacitarse o seguir un proyecto personal sólo hace falta poner energía en eso más allá de tu condición.  Una pavada.

Pablo se vincula con gente que sufrió alguna lesión medular y les transmite que más allá de la evolución que tenga cada lesión, porque no todos tienen la misma recuperación, siempre se puede seguir adelante.

Dio una charla ted, porque es considerado por algunos un referente, aunque reniegue un poco de eso.

Y yo, la descarada preguntona, la que se pasó días anclada en la desazón de no saber cómo continuaría su vida ahora que sabía que me iba a morir, le planteé si a él le ocurríó lo mismo, y cómo logró salir de esa tristeza.

Elijo a Pablo para comenzar esta serie de relatos porque me dio una respuesta que condensa todos los sentidos.

Soy una persona como cualquier otra, con días buenos y malos.

Claro que sí.

 

Ese viaje tan significativo reforzó mucho mi vínculo con Carla, cuya historia es extraordinaria también.

 

Cuando cumplí 14 años y era una hippie incomprendida en un colegio de Barrio Norte, decidí abandonar mi hogar, porque la vida era cruel, tenía que ocuparme de mi hermano, y nadie se ocupaba de mí.  Y tenía la imagen de mi futuro de vagabunda, caminando por la vía del tren con mi guitarra al hombro y un sombrero en la cabeza.

Dejé la casa materna a las ocho de la noche y antes de las doce regresé porque estaba asustada y no sabía dónde había vías de tren.

El recorrido del héroe es uno de los tópicos literarios más trillados.  Siempre pensé en darle a mi exilio express ese sentido: el del aprendizaje, el retorno glorioso tras haber adquirido el conocimiento más profundo.

Pero ese regreso, que pudo haber inaugurado una etapa de escucha y comprensión, sólo habilitó la represión, un arbitrario cambio de escuela, un tiempo de mucha lectura y mucha tristeza que mi familia naturalizó porque yo era una adolescente.  De hecho mi papá ni siquiera lo naturalizó porque se enteró hace poco de este episodio.

El colegio en  que me habían anotado era detestable.  Sólo recuerdo como algo positivo que logré vincularme remotamente con unas pocas personas no me despreciaban tanto.  Pasado un año y medio me impuse para elegir el colegio que deseaba.

Evidentemente lo logré porque no había razón para oponerse.  No exagero al decir que nadie se ocupaba de mí en esa época.

Sin embargo en este recorrido me encuentro reivindicando por segunda vez a quien continúa siendo el marido de mi mamá.

Él sabía que me gustaba la fotografía y consiguió a cambio de un trabajo una cámara de fotos para mí.  A mis seis años me habilitó la poesía, comprándome un cuaderno para que plasmara mis escritos, y a mis catorce me habilitó la fotografía.

Los dos elementos de mi vida que fueron mi pasión, y a través de los cuales me conecté con las personas con las que tuve hijos, fueron habilitados por la figura paterna que tenía en casa.

No creo habérselo reconocido nunca, vayan estas líneas disimuladas para hacerlo.

Desde ese momento saqué fotos todo el tiempo, tenía una particular obsesión por fotografiar los ojos de la gente, pero esa es otra historia.

Lo cierto es que en mi tercer año de secundario llegué a una institución que me abrazó y que aún hoy me sigue amparando bajo su identidad.  Nadie había hecho eso conmigo antes.  Fue una recomendación de  mi amiga Marina que era alumna, aunque es un año menor que yo.

Ahí potencié mi pasión por la literatura gracias a mi profesora Mónica Melo, que (por eso amo la docencia) le dio un sentido hermoso a mi vida.

El colegio nacional Nicolás avellaneda era mi hogar, refugio, amparo, esperanza.  Todavía le quedaban algunas pizcas de cierto prestigio entonces.  Se estudiaba bastante, se proponía un plan en el último año que consistía en entregar monografías por cada materia, trabajos de investigación grupal.  Había que tener un grupo para eso.

Desde mi ingreso conocí gente muy distinta y empecé a asumir que había otro tipo de familias, que acompañaban a sus hijos, que los estimulaban, que les brindaban su apoyo.

Y también conocí a Carla, que estaba boyando por la vida más o menos como yo.

Ella es hija de una pareja disfuncional, que no pudo sostenerse.  El padre se esfumó y la madre tuvo una manera de amarla muy particular.

Sin embargo del esfumado Carla tiene algún recuerdo: solía dormir la siesta con su papá.

La siesta es una representación simbólica de un momento de calma en el hogar.  Carla registra esas situaciones en lugar de perpetuar en su recuerdo los momentos de violencia

La mamá formó una nueva pareja con un cantor de tango 37 años mayor que ella.  Él la crió con todo su amor hasta el fin de sus días, aunque en un principio había tenido una pequeña objeción: le dejó en claro a su pareja que no estaba dispuesto a criar a nadie

Entonces la mamá de Carla tomo la decisión de dejar a su hija al cuidado de los abuelos.

Esta situación se mantuvo por unos cuantos meses, que Carla disfrutó, incluso quería llamar a sus abuelos “mamá y papá”, aunque ellos no se lo permitían.  Padecía salir los fines de semana con su mamá.

Pasado ese tiempo el cantor insistió a su pareja para que recuperara a su hija, sin poder comprender cómo una madre podría ser tan desapegada…

 

Cuando la conocí, Carla solía estar triste pero se reía mucho, trabajaba el tiempo que no estaba en el colegio y sufría de cierta ambigüedad con respecto a su madre que la quería pero

A sus 19 años se puso de novia con un chico unos años menor, y rápidamente tuvieron dos hijas: se llevan un año justito.

Pero ante el primer embarazo, que casi coincidió con el mío y que transitamos con la sorpresa y alegría de saber que seríamos madres juntas a la par, comenzó una nueva ola de sucesos despampanantes.

La madre que la quería pero decidió que la pareja de Carla era muy joven y poco conveniente y le garantizó que no le permitiría llevarse a su  hija de su casa, ni dejaría entrar al padre, y en el momento más álgido de la situación, tampoco dejó entrar a la propia Carla.  Eso fue técnicamente un secuestro.

Carla y su pareja fueron a la comisaría, pero la madre tenía contactos por allí y se había comunicado antes.  Un puerperio complicado entre denuncias y tironeos.

La pareja sobrevivió a  esa situación y tuvieron a su segunda hija.  Corría el año 2003, nada era fácil en esa época.

Carla mantuvo su empleo que aún conserva y él fue vendedor ambulante, trabajó en distintos negocios, hasta que finalmente consiguió un trabajo estable.

Entonces los miraba y pensaba con alegría que nada arruinaría ese bienestar, porque esa pareja se sobrepuso a terribles tormentas y estaban juntos para empezar a disfrutar de la vida

Pero siempre hay un as bajo la manga.  En el invierno de 2010 la mamá de Carla falleció y fueron ellos quienes la encontraron en su departamento.  En sus últimos años se había redimido con la familia brindándole a sus nietas el potente amor verdadero que no había sabido darle a su propia hija.

Carla siempre se mantuvo cercana a sus abuelos que la criaron y la ayudaron a criar a sus hijas.

Hace unos años detectó que su matrimonio tenía terribles contradicciones, y que su pareja, que había crecido a su lado, le era infiel.

Entonces, como asegurando que la vida ya la había hecho sufrir demasiado, tomó pastillas para despedirse de este mundo.

Lo interesante es que cuando hay un deseo oculto de aferrarse a la vida, este brota por cualquier lado.  Ese día le escribí un mensaje al celular, porque justo había escuchado a un psicólogo decir: “la depresión anula la voluntad”  La gente le decía a Carla que pusiera voluntad, siempre me lo contaba y yo me indignaba.  Recibió mi mensaje desde el hospital y me avisó que estaba internada.  Estuvo un tiempo para desintoxicarse de las pastillas, y otro tiempo en un centro de salud mental para desintoxicarse de los fantasmas que la acosaban.

Cómo se resuelven las cosas, yo no lo sé.  Pero de un año a otro Carla volvió a tener un interés en la vida que había perdido por completo.  Si ante el diagnóstico de mi enfermedad me llegó a decir: “te daría mi vida, yo no la quiero”.  Y sólo se me ocurrió responderle que su vida de un metro veinte no me servía sin ella que la llevara adelante.  Es petisa, igual exageré.  Nos habíamos reído tanto toda la vida que no podía creer que estuviéramos hablando de morirnos.

Entonces estábamos las dos devastadas, ella llena de remedios y yo llena de quimioterapia y contraste para hacerme estudios.  Ambas con la certeza de que la vida era puro ay, como diría Miguel Hernández.

Pasamos juntas con los hijos de ambas una navidad que fue triste.  Pero juntas.  Y con nosotras estaba Marina.

Al año de estos episodios tan dramáticos nos fuimos de viaje a Colonia.  Agradecidas al misterio de la vida que nos daba la posibilidad de volver a arrancar, pero con mucha más experiencia.  En ese viaje conocimos a Pablo, el que dice que lo imposible está en la mente de los cómodos.  A mí no me vengan a hablar de casualidades.

Carla nunca dejó de trabajar y de ser una mamá todo lo presente que podía ser, queriendo a sus hijas sin peros.

Siguiendo la línea de las familias complicadas, continuaré con el caso de Marina, que es mi amiga de toda la vida.

Con Mari nos conocimos en el edificio en que vivíamos.  Su mamá necesitaba reparar el calefón, el marido de mi mamá era gasista así que fue y me llevó de secretaria.

Eran dos hermanos: Mari y Nico, ambos más o menos de mi edad.  Así que como quien dice –hola con mucha timidez, les dije –hola y enseguida nos hicimos amigos y no fui nada la secretaria del gasista.

Si a esta altura de mi vida  tengo muchas amigas y amigos, es porque aprendí todo con Mari.  Es mi estandarte de la amistad perpetua.

Segunda hija de un matrimonio de foto feliz pero video triste, nena menor, con hermano varón consentido y elegido no solo por mamá y papá sino también por abuelas y tíos.

Ahí se crió Mari surfeando entre ninguneos y certeza de no pertenecer, tan hermosa, alegre y artista en una familia que simplemente la oprimía.

Sus padres se separaron tras hechos de violencia que ella presenció.

La mamá formó una nueva pareja y pasaron a tener un bienestar económico de esos que abundaban en la década del noventa.  Pero rápidamente aparecieron los confusos episodios: un allanamiento en su casa, el marido de la mamá preso, el abuelito viviendo con ellos y nadie que la cuidara.  Nadie.

Nuestras adolescencias fueron muy tristes, y con Mari  nos armamos un Universo paralelo de felicidad consistente en jugar en su casa o en la mía, en la vereda, hacer la tarea, planificar vivir juntas, grabar programas de radio en cassetes, inventar el “Supermayorista la Gran Amistad”, para el que contábamos con todos los elementos de oficina que nuestras madres nos proporcionaban, y creando inventos sensacionales como el escobillón-pala “MariAndi”, para ya nunca más barrer a la antigua.  Ese era el slogan.

Entonces yo tuve un hermano, y fui responsable de él por mucho tiempo.  Mi familia naturalizó ese hecho y por supuesto yo también.  Adoraba a mi hermano, mi hermana mayor ya se había ido de casa.  Entonces lo cuidábamos Marina y yo: todo lo de la vida de cada una era de la vida de las dos.

Mari sabía que era una artista y que en su casa no encontraría la comprensión ni el apoyo para desarrollar su talento, entonces se enfrentó a todos  los condicionamientos y se anotó solita, viajó solita, se preparó solita y todo lo hizo así, y comenzó a cursar la carrera en el Instituto Vocacional de Arte.  Tomaba dos colectivos, volvía de noche.  A la mañana estudiaba en la secundaria y era una alumna ejemplar.  Se angustiaba con un nueve.  Ella vivió nuestro deseo porque a mí no me dejaron ir al instituto de arte: no tenía que ser egoísta y debía ayudar cuidando a mi hermano.  Por supuesto.

Mari se ocupaba de cuestiones domésticas y algunas noches trabajaba con su mamá en un restaurante, porque la plata no alcanzaba: uno estaba preso, el abuelo vivía en casa, el hermano no aportaba.

Terminó su educación artística y la secundaria y se fue a vivir con una amiga (con otra amiga, yo para ese entonces ya tenía a mi hija mayor.  Por supuesto Mari es la madrina…aunque hoy tengamos otra percepción de los sacramentos religiosos y pensemos en apostatar)

Entonces siguió estudiando arte y trabajó como camarera, como encuestadora, como mano de obra de artistas consagrados.  Se mudó quinientasmilveces.  Rotó entre amigas y algún novio, hasta que formó una pareja.

En ese momento viví con mucha alegría la certeza de que su vida no podría ser mejor: vivía con su novio en una hermosa casa, desarrollaba su pasión artística, la veía libre y empoderada habiendo roto los lazos familiares.

Pero hete aquí que el sustantivo común lazo coincide con su apellido y eso no es casual.  Ciertas ligaduras no se rompen fácilmente.

Su papá se mudó a la costa atlántica, formó otra familia y tuvo nuevos hijos que Mari no conoce.

Sus hermanitos nuevos viven con el padre, tienen de él lo que ella no tuvo, un papá.  Su hermano de siempre vive con su esposa e hijos, obtuvo de su familia de origen lo que ella no tuvo: apoyo incondicional y económico.

Tras unos años Mari se separó y se puso muy triste.

Cuando eso sucede, hay algunos caminos posibles: sufrir, negarse a la posibilidad de estar feliz, pedir ayuda, caminar por el arduo sendero del eterno desencanto y la frustración.

Claro que para encontrar una buena salida es imprescindible contar con alguien.

Y ella contó mucho con ella misma, volvió a mudarse milquinientasveces y resolvió resolver sus conflictos.

Habiéndose enfrentado a muchas situaciones de desplazamiento, en las que la resistencia era el camino más complejo, Mari resistía.  Complacer las pretensiones del resto era el camino más simple: rubiecita y de ojos verdes, con una carita angelical, podría haber sido esa hijita sumisa que no confrontaba.

Pero es Mari.  Se pinta la cara con barro y en los momentos de angustia y malestar siente cómo se derrite por su cara, pero sigue.

Mari creó su familia paralela entre sus amistades.  Tengo el honor de formar parte de esa red, somos muchas personas las que valoramos de ella su increíble tezón para arrancar de cero una y otra vez.  Y dando todo, siempre.

Entre las personas que amo, Marina tiene el lugar exclusivo de ser quien conoce todo mi recorrido desde el lugar más genuino, porque lo vivió a mi lado, y yo hice lo propio.

Ella me acompañó durante todo el día de mi primer parto distrayéndome, poniéndose nerviosa con mis contracciones, dándome agua.  No sabíamos qué hacer pero estábamos juntas.: así fue toda nuestra vida.

Fue de las primeras en enterarse de mi enfermedad, me contuvo y me acompañó al hospital y cuando no estamos juntas, lo estamos igual.

Siempre militó la libertad.  Muchas cosas que amo y agradezco las viví por ella.

No hubo negociación posible durante mi matrimonio aunque Mari era destinataria de cierta desconfianza, lo cual era comprensible: ella era para mí  (lo sigue siendo) la representación de la lucha por ser libre. Y no resultaba conveniente que yo me empoderara de libertad, igual más tarde que temprano eso ocurrió.

Cuando éramos chicas solíamos irnos a acampar con un grupo de amigos.

Rotamos por diferentes formaciones amistosas, insertándonos en grupos formados, creando barras nuevas.

Ella se había hecho amiga de Myrna, que tenía otros grupos de pertenencia.  La gente asumía que Mari y yo éramos hermanas, siempre juntas y nunca celando a los amigos de la otra.

Esta nueva amiga tenía un amigo que yo tenía que conocer.  Así de contundente fue su sentencia.

Entonces organizó el festejo de su cumpleaños en un boliche.  Yo no era adepta a los boliches.   -¡mi amigo tampoco! Dijo Myrna, encantada por la coincidencia.

Lo cierto es que era el día de la primavera del año 1996, y fuimos a bailar.

Llegando al boliche encontré un ramo de flores tirado en un tacho de basura.  Me reí mucho del despecho de la dama, que según mi elucubración, habría tirado esa ofrenda pretendiendo más acciones y menos símbolos.

Agarré algunas, eran margaritas, que son irresistibles para mí con ese encanto silvestre.

Entonces llegamos a la puerta del boliche y encontré los ojos más increíbles que hubiera visto jamás, insertados en una persona.

Lo miré y le dije: qué hermosos ojos, feliz primavera.  Y le di una flor.  Soy romántica cuando estoy inspirada.

La carita de vergüenza y amor de ese muchachito es una de esas imágenes imborrables de mi archivo.

Entramos a ese lugar tan ajeno, y la amiga de mi amiga me quiso presentar a su amigo, pero él no había entrado al boliche.

Pasó ese rato indefinible de la gente bailando marcha, que era la moda de la época, y salimos.

Ahí en la puerta, charlando con un perro, todavía estaba el chico de esos ojos. Y  todavía tenía la flor.

A la semana siguiente volvimos a ese lugar para bailar, qué cosa insólita en mi vida.  Pero mi amiga me advirtió que su amigo asistiría.

Puedo decir que todo lo hermoso y positivo que vivencié del amor en toda mi vida tiene su origen en este encuentro.

Esa noche nos besamos.  Y cuando supe que Luciano tenía dos años menos que yo, hui despavorida y le propuse que fuéramos amigos, que lo nuestro no podía resultar.

Entonces pasó más de un año en el que nuestra amistad se construyó con la solidez de una red de pesca, de esas que usaba mi amigo, que era y sigue siendo un gran pescador.

Junto a Marina formamos una tríada inseparable.  Salíamos a caminar, a tomar cafecitos, a vaguear.  Nos cuidábamos y nos queríamos tanto que la vida no era miserable cuando estábamos juntos.

Un día, en uno de esos campamentos que frecuentábamos, yo estaba convencida de que me gustaba uno de nuestros compañeros campistas.  Se lo conté a Luciano y aún recuerdo (porque cada vez que tiene ocasión me lo recrimina) cuán indignado estaba.  Es un boludo, decía.

Esa noche se largó una tormenta importante.  Todos corrieron a las carpas y Luciano y yo nos quedamos al lado del fuego, que aún no se apagaba, riéndonos y desmenuzando las razones por las que el nombrado muchacho era un boludo.

Cada vez que tengo que recurrir a una imagen  del amor puro y maravilloso me remito a esta escena.

Mirá, la luna se refleja en tu cara, me dijo.  Y me generó esa sensación de bienestar que aplica para describir una caricia.  Nos besamos. Lo que siguió fue caminar bajo la lluvia, cantar, que me agarrara a upa para pasar sobre los charcos, que nos tiráramos a charlar en una hamaca paraguaya empapada.

Esa noche de agosto inauguró un hito en mi vida.  El amor existe.

Por supuesto fuimos a dormir a la carpa sin siquiera tocarnos porque ambos entendimos esa noche que hacía mucho tiempo que estábamos enamorados, y que  nuestro acercamiento a la sexualidad debía rendirle honores a esa condición.

Así lo hicimos al cumplir un mes de noviazgo, que duró más de un año y que cuando dejó de ser, nos signó a ambos con el sello de lo perpetuo.  Actualmente seguimos siendo amigos, ambos hemos vivido serias y profundas relaciones de pareja pero siempre tendremos un espacio en el que recordaremos que el amor fue fundado entre nosotros.

 

 

V

En los orígenes de mi matrimonio había decidido alejarme del mundo que conocía.

Exceptuando mis amistades, que sostuve como pude, me desvinculé de mi vida familiar todo cuanto me resultó posible.

Fue una triste y desacertada decisión pero era lo que podía hacer.  Pienso que la gestación de mi enfermedad tuvo algo que ver con eso.

Me mudé algo lejos de la casa natal, al conurbano superficial, pero para mi familia palermitana estaba en el campo.  Corría era el año 2002 y todos los negocios estaban cerrados.

Reinaba un  desolador panorama matancero.

En el ápice de mi felicidad matrimonial, conseguí un puesto de vendedora en una librería.  Gozaba de cierto prestigio porque se trataba de un negocio histórico del barrio.

Por lo que veo ahora, seguía siendo una jovencita.  Pero para mí ya estaba inserta en la sociedad de consumo occidental patriarcal y me sentía orgullosa de ser una señora.

Obtuve ese puesto recorriendo los negocios, entregando mi  currículum en el que no tenía mucho que decir.  Jamás olvidaré el gran gesto de quien luego fue mi compañera: entré con timidez a la librería y pregunté si hacía falta una vendedora.  Una mujer segura y sorora puede realizar esta acción: “mirá, me dijo, hace falta pero no sé si lo tienen pensado;  le voy a decir al dueño”.  Entonces lo encaró, yo lo veía observarme por sobre sus lentes chiquititos.  Ella le dejó mi currículum y volvió a mí diciendo que seguro le iba a interesar, guiño de ojo, chau.

Al día siguiente me llamaron por teléfono y comencé a trabajar.  Entonces fuimos dos vendedoras en la librería.  Debo destacar que fue un momento muy significativo de mi vida en el que no me cuestionaba nada pero

Por razones familiares, meses después mi compañera tuvo que renunciar y como siempre muchas responsabilidades recayeron sobre mí; recuerdo los épicos desperdicios de papel y toner ante las fotocopias mal hechas por el apuro y el estresazo.  Pero el jefe tuvo paciencia, ya me conseguirían una compañera.   Entonces apareció Julia.

Muy flaquita y más joven que yo, intercambiamos opiniones sobre música y política, no fuera a ser que mi compañera nueva representara a esa clase acomodada que defendía lo indefendible.  Pero estábamos alineadas.  Incluso recuerdo haber pensado “es una rockera”.

A partir de ahí un poco mágicamente fuimos tejiendo algo.  Yo estaba embarazada por segunda vez, y mi panzota tocaba sin querer el botón de la fotocopiadora, haciendo salir hojas inesperadamente.

Julia y yo trabajábamos muy bien juntas, nos reíamos todo el día, y en el horario del almuerzo íbamos a comer a mi casa.   De algún modo eso fue imponiéndose como una tradición y si algún día no podíamos almorzar juntas era una ausencia que se notaba.

En esa época con mi pareja habíamos decidido legalizar nuestra situación y celebramos nuestro matrimonio.  Hicimos los trámites correspondientes, ceremonia civil coincidiendo con el cumpleaños de mi amiga Marina que ofrendó su hogar para brindar y comer los sanguchitos de miga post ceremonia.  Dos días después hicimos una hermosa fiesta en una quinta.

Julia se encargó de ambientar el lugar con muy buen gusto y hermosas flores.  La  fiesta fue encantadora.  Mi hija mayor estuvo presente pero  los menores no pierden ocasión para manifestar su ofensa por no haber asistido.  Técnicamente el del medio estaba, pero del lado de adentro de mi panza.

 

Julia había nacido en Buenos Aires.  Fue la segunda hija de un matrimonio que decidió, en plena decadencia menemista, exiliarse en Estados Unidos.  Tenía que empezar la escuela primaria, y así lo hizo, sólo que en un país desconocido con un idioma desconocido y gente desconocida a su alrededor.

Asumo que el exilio ha de ser duro siempre, pero el caso de un cambio tan rotundo será dramático.  Sin embargo Julia asegura que su adaptación fue muy rápida y que enseguida logró comprender el idioma: incluso con su hermana sólo hablaban en inglés, y sus padres se enojaban.

Con la dificultad resuelta, Julia tuvo muchas amigas y amigos que aún hoy mantiene, pero la familia decidió dar un nuevo zopetón y retornar a la Argentina.  Justo cuando ella había terminado la secundaria.

Entonces la familia se atomizó: papá se mudó a España, hermana se hizo azafata y empezó a volar por todo el mundo, Julia y mamá volvieron al barrio natal a ver qué pasaba.

Julia estaba enojada, desarraigada, desconectada de su aquí y pensando en su allá.  Perdió contacto con el padre, se peleaba con la madre.

Cuando nos conocimos ella había cometido la rebeldía de salir a buscar trabajo mientras su mamá estaba de vacaciones.

Bueno, lo consiguió.  Es de las que cuentan consigo mismas para resolver las situaciones problemáticas.

Había tenido un novio tal vez muy querido y tal vez único referente a una pertenencia argentina, porque ni bien regresó empezó y terminó una carrera universitaria que le dejó un título y el novio.

Después se pelearon y ahí empezó a trabajar conmigo.

Estaba triste y confundida, medio acá, medio quién sabe dónde, y no le encontraba la vuelta.  O sí, encontraba vueltas y más vueltas, porque el estado de espiralación en el que se entra cuando uno se deprime es interminablemente vueltero.

Un día las cosas cambian porque algo se genera para lograrlo.

Julia conoció a un chico, su actual esposo, y transitaron un noviazgo inesperado y encantador.

Ella cambió de trabajo, yo a esa altura ya no estaba más en la librería.  Había aparecido Daniela, una que se las traía también.

Como sabía tanto inglés explotó esa veta, pudo trabajar dando clases mientras vivía su luna de miel y tuvo a su primer hijo.  La veía y me brotaban estrellitas de los ojos: cómo la vida es justa y las cosas se acomodan, todo es cuestión de tiempo y decisiones inteligentes.

Aunque a veces no es solamente eso.  Julia consiguió un prestigioso trabajo como secretaria en una empresa muy importante.  Al poco tiempo quedó embarazada de su segunda hija.  La prosperidad había tomado forma de sueño sud americano.  Todo estaba bien.

En esa época, aprovechando la sensibilidad que habilita el embarazo, decidió resolver la dificultad que había tenido para restablecer la comunicación con su papá.  Se contactó con él, que aún vivía en España, y conmovidos acordaron reencontrarse, ese abuelo abrazaría a su hija y a sus nietos.

Antes de que concluyera el embarazo, el padre falleció inesperadamente.  Y su jefe también.

No hubo reencuentro ni continuidad laboral.

Un nuevo desarraigo, pero más integral, y con menos fuerzas para ser sobrellevado.

Julia se entristeció.  Perdimos contacto, nuestros hijos empezaron a crecer sin acompañarse.  Yo aporté mucho para que esa distancia se profundizara, porque en esa época tenía que trabajar como una loca sacando fotos, y no podía hacer mucho más que eso: trabajar y construir una casa que tan pronto estuvo lista fue el escenario de mi primer pedido de divorcio.

Entonces estábamos solas.  Ella, reconstruyéndose de a poco, oscilando en el vínculo con su hermana azafata, con su madre que era abuela pero no tanto, asumió eso que estábamos asumiendo las que venimos de las páginas anteriores: la vida es una mierda.  Esto  no se puede soportar.

Si bien contó con el acompañamiento de su esposo, una casa linda, dos hijos sanos, una situación económica que no era preocupante, cuando la desdicha penetra nada de eso es suficiente.

Porque se está incompleto.  Y parece que acá por Occidente no sabemos hacer buen uso de ese estado de incompletud: lo padecemos.

Julia fue al psiquiatra, al homeópata, a hacer deportes.  Nada terminaba de resolver esa ansiedad insólita que no se explica porque no se quiere nada.  O no se sabe qué se quiere.  Ya lo dijo el filósofo Luca, no sé lo que quiero, pero lo quiero ya.  Pero esa letra continúa así: si yo fuera tu esclavo te pediría más.  Más sufrimiento.  Más incertidumbre.  El insólito deseo de estar solo y triste acá en este mundo abandonado.

Un día como esos en los que uno se levanta decidido, Julia decidió aferrarse a algo vital, ancestral, propio y universal.  Con su esposo comenzaron a transitar una militancia en pos del bienestar del otro.  Me consta como espectadora y como beneficiaria directa.

Con sus hijos formaron parte de una comunidad que los reconoce y los integra: pertenecen a ese espacio.  Son de ahí.  Julia sabe que ese lugar trasciende las paredes y se lo puede llevar donde quiera que se vaya.

Ahí está esa familia tipo que muestra una foto alucinante.  No se suele detener la gente a  analizar los fotogramas previos y posteriores.

De aquel tiempo de la librería hasta el presente, solo pasaron 15 años.

 

 

Cuando mi segundo hijo, el fotocopista, nació, yo tomé mi merecida licencia laboral, y justo en esa época se fue Julia, así que contrataron a tres chicas nuevas.  Una se quedaría, la otra sabía que se iría al cabo de mi licencia, y la otra entró por la ventana preguntando si hacía falta alguien para limpiar.  ¿Pero vos querés trabajo de limpiar? Dijo el dueño, notando que la postulante podía ocuparse de otras tareas que eran necesarias.   Ella también sabía inglés (¡qué cosa que yo nunca lograré!), tenía su título secundario y una astucia que se le captaba a kilómetros.  Pero claro, tenía un hijito de dos años, y evidentemente ser madre joven y recién separada no ameritaba, por más que fuera puro talento, que le otorgaran un trabajo calificado.

Así nos criamos quienes no tuvimos acompañamiento.  Y Daniela no es la excepción.

Cuando la conocí con ese pelo largo, canchera y resolutiva, me encantó.  Entendí que era una mujer que algo habría hecho para crecer de más en menos tiempo.

Trabajamos poco tiempo juntas porque mi retorno al trabajo implicaba que mis niños estuvieran en casa.  Aquí destacaré algo que me conmueve.  Ese que fue mi esposo recibió a mi hija con todo su amor y sin ningún miramiento.  Ella creció a su lado y ante mi segundo embarazo se vio potencialmente desplazada, entonces comenzó a llamarlo “papá”.  Cuando tomó semejante decisión, a sus tres años,  me alivié mucho.  Yo no pude ni puedo ni podré llamar papá a mi papá ni al marido de mi mamá.  Me queda la P en la boca y no sale.  La discontinuidad del trauma me tranquilizó.

Pero con el bebé y la niña a de tres años en casa el papá se encontró desbordado.  Y ante algunas sugerencias prefirió negarse a que el niño asistiera a un jardín maternal.  Ni esto ni lo otro, no encontré alternativa (la tenía, no la pude ver) que dejar de trabajar.

Pero qué loca es la vida, con lo que me gustaba ser madre me habían sobrado ganas y dejé de trabajar sin saber que estaba nuevamente embarazada.

Esa sí que fue una crisis explosiva para mi cerebrito: el desafío de concentrarme en el amor a mi bebé (no había considerado ni remotamente no llevar a término ese embarazo: deseaba reivindicar la maternidad, sabía que podía habilitar vidas felices desde el amor), el asumir que mi matrimonio ya estaba hecho pedazos pero lo íbamos a sostener igual porque yo podía todo, y la falta de trabajo y de cobertura médica que me desesperaba. Como todo, se solucionó.

Asumo que parte de mi enfermedad tiene algo que ver en este ejercicio de malabarismo que no delegué en nadie.

La  cuestión es que yo me fui de la librería y Dani tomó un rol preponderante.  Con un carácter adorable para la clientela pero justo y sensato con los compañeros, llevó adelante una especie de carrera en la librería, que se terminó solo cuando ella consideró que había tocado un techo inamovible, y muy a pesar del dueño.

Era una nena Daniela cuando jugaba a ser modista, le hacía vestidos a sus muñequitas, los imaginaba y confeccionaba.  Eso la hacía gozar de prestigio entre sus amistades infantiles, ya que tenía diseños exclusivos.

Segunda hija de un matrimonio común, de papá taxista y mamá ama de casa, si bien notaba algunas diferencias entre su hermano (tan blanquito y bello…y varón) con ella que nació apenas un año después, la vida fluía.

Pero una mañana de sus doce años alguien fue a su casa a avisarle a la mamá que su papá había sufrido un infarto.

La mamá se enfrentó a los ojos aterrados de los chicos y dijo: “nos quedamos solos”.  Hay palabras que no se olvidan jamás, porque inauguran un recorrido de emociones que el cuerpo nunca había registrado.

Ya no es incertidumbre, tristeza, dolor, impotencia, certeza de la injusticia.  Se trata de no saber traducir lo que se siente.

La mamá potente consiguió un trabajo que permitió su supervivencia, y los hermanitos transitaron un  camino cada uno, distinto pero conectado desde el desamparo.

Desde sus 16 años Dani trabajaba en un local de comidas rápidas, había sido alumna ejemplar en la secundaria, tenía un novio.  A sus 18 quedó embarazada, dejó el trabajo y se dedicó a jugar a la mamá, porque era una pibita, era todo hermoso y divertido.  Su novio tenía un buen ingreso y también decidieron jugar a la casita, alquilando un departamento lindante con la casa de la mamá de Dani.

Algo ocurre cuando una niña es criada con los férreos preceptos del patriarcado: Daniela consideraba que debía sostener su pareja pese a que ya no sentía amor.  No quería dar una imagen desoladora de madre joven y sola.

Pero cuando pasaron dos años y las diferencias en la pareja se hicieron insostenibles, asumió que necesitaba un trabajo.  Y separarse.  Resolvió ambas cosas en la misma semana.

En la desesperación por tener que sostener un ingreso buscó el primer trabajo que se le ocurrió, el que pensó que no toda la gente está dispuesta a realizar, así que fue a la librería del barrio y se ofreció como personal de limpieza.

Cuando la contrataron como vendedora recurrió a una amiga de la infancia para que trabajara como niñera de su hijo.  Eso de haber tendido redes es elemental.  Además su amiga también estaba separada y tenía una hija de la edad del suyo, con lo que se generó una solución para ambas.

Repartía su sueldo entre niñera y alquiler, hasta que el tiempo pasó inclaudicable y el niño comenzó el jardín de infantes, y su salario comenzó a ascender ante la evidencia de su valioso aporte a la empresa.

Todo se acomoda, y cuando parece que va bien puede ir mejor.  Antes de renunciar, tuve mi toque de celestina y le presenté a Dani a un chico que trabajaba en frente de la librería.  Años después se casaron y fui testigo de esa boda, honor que guardo con orgullo.

Con una pareja, el niño creciendo bien y escolarizado, un trabajo estable y el proyecto de crear una empresa con su pareja, Dani estaba en un momento en el que se veía plena y radiante, empoderada en su determinismo, adelante contra cualquier barrera.

Un día se puso triste.

¿Qué es lo que falta cuando se logró más de lo que se pensaba?

Ay, quien sabe dónde está esa respuesta miserable.

Dani estaba triste y su pareja se desesperaba, porque no sabía por dónde abordarla.  En el ápice de esa tristeza decidió dejar el trabajo.  Se sintió alienada, es muy fácil que eso le suceda a las personas proactivas que en un equipo asumen su propio rol y el de algunos más.

Entonces comenzó el proyecto de construir su vivienda con su esposo.  Eso tenía que ser motivo de alegría.  Tiempo después se casó y tuvo a su segunda hija.  Y seguía triste

Hizo terapia, empezó una carrera, recurrió a las pastillas recomendadas por el médico para dormir, como todas las protagonistas de esta historia (menos yo que se ve que decidí enfermarme y no dormir pero nunca decir que sí al clonazepan.  Jamás me imaginé que terminaría metiendo en mi cuerpo una parva de drogas cada mes desde hace dos años y hasta que me muera.)

Y cuando nada resulta, cuando las opciones fueron infinitas y diversas, hay pocos caminos por delante: asumir que la vida es una mierda, o jugársela con una estrategia inesperada.

Un día fui a visitar a Dani, y mate mediante le conté que estaba medio harta de la noche, porque trabajaba en fiestas todos los fines de semana aniquilando mi creatividad fotográfica haciendo el registro de lo que sabía que la gente esperaba, que tenía ganas de empezar a estudiar.

Tenía 29 años y pensaba que era una locura empezar una carrera siendo tan vieja (sic lo que sentía)  Mi abuela Estrella, mamá de mi papá, me había dicho: “a tu edad yo llegué de España con dos hijos y sin nada.  Mirá todo lo que me pasó después”.  La gente dice cosas a veces, y esas cosas son como piedras en un estanque, como dice Gianni Rodari: una palabra, lanzada al azar en la mente, produce ondas superficiales y profundas, provoca una serie infinita de reacciones en cadena…

Entonces le hice caso a la abuela y empecé el profesorado de lengua y literatura, pero eso pasó después.

En esa charla con Dani le conté que si bien las fiestas me tenían muy cansada, sobre todo porque mis pequeños hijos no entendían el concepto  de que mamá necesitaba descansar, entendía que había ahí una potencialidad de clientela para otro tipo de productos.  Una especie de mercado infinito que se retroalimentaba de la creatividad del vendedor y la curiosidad del cliente sumado a la posibilidad de ganar dinero.  Era una época en Argentina en la que la clase trabajadora tenía acceso a cosas que le habían sido vedadas.  Esa percepción me distanciaba de la idea que Dani tenía, pero podíamos sortearla con respeto.  Igual yo tenía razón.

Entonces se nos ocurrió armar un proyecto laboral: ofrecer a la gente de las fiestas productos personalizados.  Golosinas, souvenirs.

En esa mañana, tras vaciar algunos termos, y hasta la hora de la salida del jardín de mi niña menor, proyectamos armar una empresa.

Pasó un tiempo, ambas invertimos las pocas monedas que teníamos pero toda nuestra creatividad, y nació una ida que yo rápidamente abandoné, porque entre las fotos, que también implicaban un trabajo de edición durante la semana, el profesorado, los tres niños y mi eternamente tambaleante matrimonio, ya no tenía tiempo ni creatividad.

Abandoné a mi socia.

Hay situaciones que pueden ser ancla o trampolín.  A Dani no le copan mucho las anclas, y se agarró de la idea de la empresa con un profesionalismo excepcional.

Exploró el mercado, adecuó los productos, brindó siempre un servicio de primerísimo nivel aún teniendo que perder plata para mantener un cliente.

Esa es su empresa actualmente.  Todos sus clientes la conocemos por su compromiso y prolijidad.

No podría decir a qué se aferró Dani, si no a ella misma.  Contó con el apoyo de su compañero pero sostuvo y sigue sosteniendo una energía transformadora que mueve montañas.

 

 

El profesorado me abrió un mundo ajeno.  Decidir ser estudiante cuando lo que más sabía era ser mamá, o en todo caso fotógrafa socialera, me resultaba muy dificultoso.  Durante el azaroso período de inscripción al profesorado no logré ubicarme en ese rol.

En Argentina muchas personas defenderemos  con la vida la educación pública.  Pero también conocemos sus limitaciones.  Ante la apertura de inscripciones, los postulantes triplicábamos la matrícula posible y no nos dieron otra opción que “sortear” las vacantes.  Asumo que muchos estudiantes habrán claudicado en ese proceso angustiante.

Finalmente no sucedió el sorteo, sino la apertura de otro curso.  Ingresamos todos los que toleramos la incertidumbre.

Fiel a una concepción pedagógica digna del mismísimo Paulo Freire, la separación de los estudiantes en los dos cursos se hizo así: de la A la M van para acá, el resto va para allá.

Yo estaba en el primer grupo, y Rosana también.

Nos sentamos como pudimos desbordando los salones y un docente que nos recibió habló de Borges.  Oh, pensé yo.  Qué emoción volver a hablar de literatura: todas estas personas deben sentir ese entusiasmo por – ahí la tal Rosana me interrumpió el pensamiento elevado preguntándome ¿cómo es? ¿José Borges? Así nos conocimos con esa ex hereje literaria.

Rosana es la tercera hija de un matrimonio que tuvo tantas crisis como infidelidades.  A sus 16 años ella misma fue testigo de una, y la evidenció.  Entonces el matrimonio se disolvió.

Puede inferirse que una adolescente en pleno desarrollo tiene que creer en el amor eterno, burlarse de los padres que no entienden nada, fantasear con su futuro y proyectar desde esa fantasía.

Bueno, Rosana se sintió responsable de la separación de sus padres.

Consecuentemente se distanció de su mamá y fue cuestionada por sus hermanos.

Tomó el rumbo que pudo, termino su secundario, trabajó.  Su padre había formado una nueva pareja con una señora que tenía hijos de su edad.  Y tantas veces le pedí que me relatara este episodio que creo poder contarlo sin trastabillar.

Como estaba enamorado, el padre viajaba constantemente de Buenos Aires a Corrientes.

En uno de esos viajes le propuso a Rosana que probara suerte en esos nuevos pagos.  Ella se armó el bolsito y partió.

Uno de los hijos de la pareja del padre se acababa de casar, con esa responsabilidad que debe asumir un hijo mayor varón de dar un buen ejemplo a sus hermanos y formar una familia.

Pero estaba muy insatisfecho con su relación.  Apareció Rosana y por esas cosas del azar que no buscamos comprender, se enamoraron.  Los hijos de la pareja, cruzados: su suegra es la esposa de su padre.

El muchacho se separó de la esposa y se formó esa nueva familia.  Al tiempo tuvieron una hijita.  Rosana notó que no respondía a ciertas pautas madurativas que observaba en otros niños, y recordó que durante el parto, en una sala de atención médica en Goya, la bebé había quedado demorada en el canal de parto unos minutos.  Si bien no había presentado dificultades hasta entonces, en ese momento se empezaron a notar.  Su diagnóstico fue parálisis cerebral y aunque se contaba con cuidados paliativos, esa discapacidad no se revertiría.  Recién años después les hablaron de discapacidad.  Por mucho tiempo rebotaron entre diagnósticos inconclusos, en una perversa burbuja que engloba a las familias que tienen estas realidades: nadie puede asesorarlos, nadie conoce los lugares con la mejor atención, nadie sabe dónde ni cómo se realizan los trámites.

Rosana militó la ruptura de esa burbuja.  Recorrió hospitales y oficinas con su hija a upa y descubrió los entramados burocráticos.  Y me consta que comparte esa información como parte de su modo de vida.

Entonces la familia comenzó a vivir en torno a los cuidados, los temores, la sensación de injusticia.

Unos  años después decidieron tener  una  segunda hija.  Corría ese misterioso año 2001.

No conozco otra persona que se dedique con tanta obstinación a reformular todo lo que está mal.  Rosana conoce sus derechos y lucha por sostenerlos, pero más conoce e incluso crea las obligaciones.

Al tiempo del segundo nacimiento regresaron a Buenos Aires, en busca de una mejor situación laboral.  Pero entre el stress de lo que implica esa adaptación, la falta de noviazgo por haber formado rápidamente una familia, la necesidad de confirmar lo que sentía cada uno, la pareja se separó por dos años.

Cuando consideraron que preferían volver a estar juntos, Rosana decidió estudiar una carrera terciaria para ocupar su cabeza en algo más, era algo que nadie en su familia había hecho, como tantos otros caminos que decidió inaugurar.  Como no le gustaba la matemática, pensó en estudiar lengua.  Y ahí, cargada de incertidumbre por un encuentro con lo desconocido, se aventuró.

Su desarrollo intelectual, el enriquecimiento de su lenguaje, su forma de trabajar, el compromiso, la potencia de sus exposiciones, lo que aprendió en poco tiempo fue destacado por todos los que la rodeábamos (aunque ella, claro, desconfiaba)  Se sumó a todas las causas: centro de estudiantes, actos, propuestas de todo tipo.

La veía tan empoderada en ese rol que me sentía orgullosa de ser su compañera.  Habían pasado pocos meses de convivencia estudiantil cuando estábamos seguras de habernos elegido también como amigas.

Al finalizar ese fatídico año 2011 en mi casa, esa que cuando terminamos de construir me hacía sentir expulsada, ocurrió un hecho trascendental: la hermana de mi ex marido vivió un desgarrador episodio de violencia de género.

Se separó y fue a vivir a la casa de su madre, pegada a la mía.  Pero el hostigamiento no cesaba y hasta su familia justificaba al ex porque ella…simplemente no se callaba.

El episodio que definió la situación fue un enfrentamiento de la pareja en la vía pública a las piñas.

Ambos fueron detenidos  y a la salida de dar declaración se agarraron otra vez.

Él, tranquilo.  Impune, absuelto por sí mismo.

Ella decidió internarse en un centro de salud mental.

Hete aquí que tenían dos hijos, que se quedaron viviendo con la abuela y bastante con la tía, esta que escribe.

Como siempre, yo potente y abarcativa, me ocupé de esos niños con profundo amor y dedicación.  La abuela estaba desbordada y yo tenía muchos recursos para criar niños en el arte y la libertad, así que paseábamos, jugábamos.  Mis hijos estaban indignados.

El padre los vino a buscar un día.  Tenía una medida judicial que le impedía acercarse a su mujer.  Pero de los chicos no se sabía nada, con lo cual, a grito pelado, reclamó desde la puerta que le devolvieran a sus hijos.

Mi ex esposo, tío de las criaturas, decidió tomar partido por él, ya que no había por qué negarse…y le dio a los chicos.

Una catarata de cuestionamientos llovieron sobre él, de parte de una familia que no había movido una punta de pelo en pos del bienestar de los chicos.  Pero se calentó el ambiente: gritos y amenazas, un día un integrante de esa familia discursiva pero inactiva quiso entrar a mi casa durante la apacible cena con mis hijos y agarrar a piñas a mi ex.

En un confuso episodio que mi mente intenta reprimir, me interpuse  y retiré a ambos de la puerta de mi hogar.  Al finalizar la discusión mis palabras fueron: me voy con los chicos, acá no se puede vivir.  En esos momentos de extrema tensión algo poderoso nos volvía  a vincular, y mi ex decidió que quería venir con nosotros.

Ese es otro instante en que considero que mi enfermedad se empezó a gestar: del aguerrido compromiso en pos del bien de las criaturas al desplazamiento, de vivir en mi casa construida con tanto sacrificio a decidir volver a pagar un alquiler con tal de huir de esa jauría rabiosa.

Justo ahí, en ese contexto, en la vida de Rosana sucedió la mayor tragedia: su sobrina, a quien ella adoraba, fue apuñalada por el novio.

Un crimen sólo comprensible en el contexto de violencia machista impune y avalada.

La familia volvió a atomizarse y cuando yo me enteré de la terrible noticia solo pensé en quien era mi cuñada.  Decidí ofrecerle la casa que habíamos construido para que se hospedara con sus hijos.  El tiempo me llevó a juzgar esa decisión ya que las cosas no mejoraron en lo absoluto, aunque pasados los años sí se logró algo de armonía

Pero mi amiga Rosana estaba devastada y yo no estuve a su lado.  Me citó un día, con un protocolo digno de Anita,  y me planteó que si yo quería ser su compañera lo aceptaría, pero para ser su amiga tenía que entender que ella me necesitaba presente en ese momento.

Hay conversaciones inolvidables porque dejan a uno en evidencia.  En esa charla con Rosana aprendí más sobre ser amiga.

 

VII

Esta historia de nudos que se formaron entre hilitos sueltos tiene definiciones comunes a cada relato: en todos los casos se trata de personas que se esmeraron en realizar una profunda búsqueda dejando de lado la propuesta marketinera que plantea, desde el imperativo: “ríe, sueña, sé feliz”.  Personas que se expusieron a perder todo lo que habían aprendido desde sus familias de origen, se aventuraron a deconstruirse para reformularse como seres incompletos con conciencia de sus faltas pero haciendo eje en sus potencialidades.

En todos los casos, los sujetos que menciono se caracterizan por haber construido redes de contención, de comprensión.

Expandieron los límites de sus familias hacia las amistades: eligieron correrse del lugar de auto compasión por lo que no pudieron obtener y se encargaron de generarlo, de construirlo con sus propios medios y según sus necesidades.

Son historias de occidente, de familias patriarcales, en todos los casos con cuestionamientos sociales y con diferentes grados de compromiso militante.

Todos los aquí mencionados fuimos convidados a beber el dulce néctar de los medicamentos psicotrópicos, porque dice el médico que no podremos empezar a pensar con tanta angustia encima, y que si no dormimos bien no lograremos ningún cambio.

El consumo de antidepresivos y pastillas para dormir está naturalizado en la sociedad argentina como un elemento para combatir la ansiedad y la desazón.  Habilitadas las pastillas que generan dependencia y efectos secundarios devastadores pero no el cannabis que ofrece una alternativa natural pero, claro, se puede cultivar en una maceta y no es negocio para nadie.

De la mano de los médicos explota el mercado de los ansiolíticos  ante la falta de recursos personales para sobrellevar las situaciones de crisis.  O en verdad se trata del ocultamiento de esos recursos por parte de una sociedad de consumo que propone comprar recetas de felicidad, armonía y compartir fotos de momentos de posada plenitud.

Y siendo una época de imágenes veloces, en las que las redes sociales garantizan un espacio de intercambio de bienestar o catarsis, muchas veces ocurre que el reclamo queda plasmado en el éter, pero no habilita la acción.

Recuerdo la anécdota de un amigo que en plena crisis matrimonial paseaba con su esposa por un lugar que les resultó interesante, y decidieron sacarse una foto.  Ella sonrió y mi amigo cuestionó el gesto: estamos como el orto, ¿por qué vamos a sonreír? Su esposa respondió que la foto debía registrar momentos felices.  Y punto.  Mi amigo aceptó ese camino y juntos se dedicaron a viajar, a tener un perro que participaba de desfiles, más adelante tuvieron hijos y todo.  Negaron el espacio del cuestionamiento para mostrarse como seres felices.

Esta es la propuesta más perfecta y mejor armada del capitalismo.  Así se puede ser un aguerrido militante político posteando enojos e informaciones, sin tener el deber de alzar la bandera, sumarse a la plaza.

Y se puede ser un potente transmisor de fotos de perritos perdidos sin recorrer los lugares en los que se encuentran abandonados.

O sentir una profunda envidia por las familias felices que en realidad la están pasando mal pero no lo muestran.

Y postear “ni una menos” mientras en el hogar se hace silencio cuando llega papá y el nene no levanta la mesa, o no se habla del temita del aborto porque es demasiado.

Tenemos recursos del siglo XXI que no se agotan en la tecnología: contamos con un conocimiento ancestral del poder de nuestro cuerpo para enfermarse o recuperarse, sabemos la  evolución que vivieron los tipos de familias, que actualmente son infinitas.  Pudimos aprender de los viejos que el tiempo de mirar lo que ocurre no se compara ni por asomo a ver un video, y de los pibes aprendemos que podemos conectarnos a través de muchos medios y que aceptar las diferencias forma parte de las relaciones.

Sin embargo como en tiempos remotos dejamos en manos de otros las respuestas a nuestras preguntas.  Seguimos esperando que la medicina, el psicoanálisis, el trabajo, el matrimonio, la maternidad, algo, alguna institución, nos salve.  Buscamos una solución prefabricada que responda a nuestra necesidad

Existe un potente compromiso personal de deseo y respeto con cada uno que solo logra emerger cuando se lo entrena: cuando se ejercita de a poco.  Cuando tras contradecir lo que se aprendió con la ciega confianza se ser educado por la familia que tocó en suerte, se puede discernir lo conveniente de lo dañino.

Un amigo habla de mantener la llama infinita. Pienso en ese concepto con la responsabilidad que conlleva, con la rebeldía que implica dejar pasar el caminito cómodo de la solución desde el consumo, tantos han escrito sobre esto.  Platón, por caso, planteando lo de la caverna como una alegoría de salir de ahí donde nos ofrecen la comida masticada.

Es una decisión de mucha valentía.   No hacerlo también es una decisión.

Y lo que cada uno decida se replicará entre los que vienen después.

Aquellos que anhelan su salvación apelando a la atomización crearán un confortable espacio individual que los mantendrá alejados de lo que necesita el resto.  Asumo que salvarse solo es imposible.  Y además es injusto. 

Creo que para la construcción del bienestar se requiere la potencia del encuentro.  El alivio de las angustias.

En mi caso, el bracito que me sostuvo caminando a la peluquería, el amigo que me abrazó en la noche de la desazón, las amigas que me retaron por pretender auto suficiencia, el amor que hoy me acompaña, mis hijos exigiéndome hasta hacerme pensar en mis propios condicionamientos.

 

Sentí que mi enfermedad fue un monstruo.  Y a mí me encanta desprestigiarlos.

Lo ejercito siempre que los adolescentes desesperados caen en mis brazos buscando ayuda con el enemigo número uno: el análisis sintáctico.

Entonces les planteo que aquello a lo que le tenemos miedo es a lo que no sabemos qué es.  Como esa sombra misteriosa en la habitación, que termina siendo una silla con ropa colgada: cuando encendemos la luz podemos  entender cómo estaba formado el monstruo.

Con el análisis sintáctico sucede igual: si sabemos qué palabras lo componen, qué función cumple cada una, deja de ser monstruoso.  Podemos seguir odiándolo, claro.  Pero comprenderemos para qué sirve, por qué es algo que necesitamos aprender.

Así entiendo al cáncer entre circunstanciales y preposiciones que subordinan.

Cada elemento en mi vida cumplió una función para crearla y para desmenuzarla.

Hoy me siento agradecida a la enfermedad.

Ante el desgarrador honor de haber inaugurado un antecedente me esmero en explicarles a mis hijos que ya no hará falta que ellos vivencien algo así: que yo transité este camino para poder vivir mejor y descubrir que las carencias que tuvimos como familia se podrían haber resuelto de otro modo de haber comprendido qué función cumplía cada palabra.  Las que hieren profundamente, por ejemplo, que yo hacía carne en mí y hoy dejo que pasen de largo, porque no las necesito.

Se ríen los médicos de mi teoría.  Pero las personas que vivimos esta enfermedad no nos reímos: comprendemos que hay muchas cosas no dichas que debemos descubrir.  Algunas no pueden descubrirlas, y simplemente se dejan ir.

Sospecho del desmerecimiento de los hallazgos.  Siempre hay intereses ocultos por ahí.

Desde estas páginas no pretendo ni remotamente aconsejar a nadie.  Se trata de palabras  que yo misma hubiera querido leer en mis momentos de más oscura preocupación.

Porque continuaré siendo una paciente oncológica por el resto de mi vida, sin saber cuándo puede salir mal una tomografía y que se precipite el final de la historia.

Pero desde el día en que mi diagnóstico me enfrentó con mi propia soberbia y asumí que la única manera de sobrevivir sería tendiendo redes y corriéndome del lugar de falsa omnipotencia, ahí empecé a entender que lo que tenía que vivir estaba a mi alcance.  Que necesitaba un empujón, y anudar algunos hilos para que la cuerda fuera más larga y segura.

Tuve la dicha de contar con un elenco estelar para que esto fuera posible, y me siento eternamente agradecida y profundamente comprometida a compartir esta experiencia que transformó mi modo de vivir y me habilitó la mirada de contemplación hacia todo lo  que pasa, lo que pasó, lo que es y lo que está siendo.

 

 

 

 

 

 

 

2 Replies to “Red para el cangrejo”

  1. La anécdota de la escapada a los 14 años la viví casi igual que vos. Me fui con una amiga y mí guitarra pidiendo plata en la calle desde Flores hasta Villa Gesell. Fue una semana de locura y confusión que todavía me sorprende. La crisis del país, mis viejos que no me daban bola y me hacían cuidar de mí hermano bebé como si fuera mí hijo quizas fueron algunos de los motivos.
    Muy hermoso este texto, gracias por compartir todo esto.

  2. Me quedé sin palabras. Saboreé todas las tuyas. Me sentí red firme, fuerte, disponible, segura…

    Tú viniste a curarme, que no se te olvide. Me sumo a tu plaza, ya lo sabes. Eres un sol que todo lo ilumina y así seguirá siendo. El mate, las rosas de esa pared que ya no tienes, las postales que no llegaron, el vuelo que atravesará el océano para juntarnos algún día… todo eso somos y mucho más.
    Te llevaré rosas un día. Y ese día me dedicarás tu libro, donde comparto espacio con tantos que te aman.

    Te quiero, mujer valiente.
    Gracias, porque esto es un regalo, y tú otro. Un ejemplo de vida. La celebración de estar vivos.

    Andrea Boq, te felicito y te celebro.

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