Alegato

Si la duda es tu fundamento te pido –y evitaré mirarte al decirlo- que te vayas.

Te condenarás a vos mismo y con tu cosa patológica  te absolverás

Ya no tendrás qué cuestionarme porque ya no habrá qué

Ya no habrá

Ya no

 

Comencé esta carta mil veces.

Ya perdió el impacto de mi propio dolor.

Adrián es un perverso y nada cambia esa realidad.

Solo mi falsa percepción la cambiaba.

Cuando íbamos orilleando el Río Uruguay con el dulce malestar de un cansancio elegido, nos recostábamos en la grama gruesa, de intenso verdor, que quedaba mezclada en mi cabello.

Él retiraba las hebras verdes mientras me contemplaba.

Ladeando su cabeza buscaba mi mirada extraviada, me decía cuántas cosas desconocía de mí, cuán incógnita seguía siendo para él.

Y ha mentido, tan vil en su desparpajo.

Nuestro encuentro fundacional  explicaba la fortaleza de este vínculo.

 

La lluvia habilita un universo subalterno con la incomodidad que genera.  Me hace perder la razón.

Me siento incomprendida ante el egoísmo de quienes acaparan los espacios limpios y secos, mi paraguas me genera desconfianza cuando el viento lo agita y veo esfumarse la solidaridad entre el aguacero.

Siempre llueve y yo huyo.

Salir del espacio húmedo me calma.

Entré a un lugar y lo encontré a Adrián, tan incómodo por la lluvia que sentí empatía.

Supuse que le causó gracia mi fastidio.

Quisiera haber sido una narradora omnisciente ese día: de conocer la truculencia de sus genuinas ideas hubiera sido capaz de huir a la misma lluvia.

También quisiera relatar que ese encuentro se dio en una librería, en un café para bohemios o en alguno de esos lugares para intelectuales de Buenos Aires, que forzando mi postura, frecuentaba por capacitaciones laborales.

Pero no, nos conocimos en un almacén de Oberá.

Entre salamines y frascos de aceitunas.

Mi mal genio era elocuente en mi mirada, sin embargo me sentí en la obligación de serenar mi temple y hacer una compra mínima para justificar mi estadía.

Llevé algo de pan y esperé en la puerta reparándome del viento bajo el toldo descolorido del local.

Ahí sucedió la coptación.

Detesto la lluvia, dijo Adrián.  Porque enfatiza las miserias de la gente

Entonces mis ojos volvieron lentamente a sus órbitas

Me da igual, mentí

Pero Adrián sonrió dejándome en evidencia

Se la nota furiosa.  Podría acompañarla con mi paraguas.  ¿Va lejos?

Me resultó desubicado, inquietante, atrevido, atractivo.  Todo eso en cuestión de segundos

Una mujer sabe que los hombres cortejan a quien sea porque no pueden negarse a la posibilidad de vivir un romance fugaz bajo las gotas de lluvia.

De ninguna manera.  Mi esposo me espera en la esquina.  Volví a mentir con naturalidad

Estará empapado! Dijo, chistoso.  Y no sé qué más intentó balbucear porque me abrí paso entre la bruma de lo que ahora era una garúa insoportable.

Sin reparo se quedó en la puerta observando mi recorrido.  Y detectó la ausencia de esposo y de cualquier tipo de espera.

Hoy siento que en ese instante leyó mi vulnerabilidad.

Incómoda doblé hacia la avenida y corrí las siguientes calles hasta llegar al museo pero con el ánimo para volver a mi casa.

Trabajar en un museo de ciencias naturales presenta la contradicción de saberse parte de la vida, pero entre elementos muertos.

Quisiera contar aquí que mi puesto era el de una respetable antropóloga, arqueóloga o al menos museóloga.  Pero mi trabajo era meramente administrativo.  Mi interés por la etnología no fue suficiente para hacerme tolerar el ambiente universitario, pero mi formación autodidacta me permitió conseguir este trabajo.

Entre papeles de arqueo y actas labradas por visitantes, mi escritorio era un desborde.

Intentaba esquivar a los turistas porque su énfasis en valorar lo que yo detestaba me sacaba de mí y no debía evidenciarlo.

Ocupé mi puesto tras marcar la tarjeta y me senté en ese cementerio de papeles.

Archivé y sellé algunos documentos y mi compañera me advirtió

Un hombre te busca

La miré como lo hago en esos casos, depositando en mi retina la elocuencia de mi respuesta

En serio, preguntó por una mujer, te describió perfectamente

Sólo podía ser algún mensajero que traería un paquete de documentación.  En la víspera de la fiesta de los inmigrantes siempre  se incrementaba la supuesta población fundadora de Oberá.

Bajé taconeando.

En el hall que recibe a los visitantes, en medio de una visita guiada, emergía Adrián, el hombre del almacén.

Quería garantizarme que tu esposo y vos hubieran llegado bien pese a la llovizna. ¿Trabajás acá?

De ninguna manera, le aclaré.  Y subí redoblando el taconeo.

 

Ante la insistencia de mi compañera por saber quién era ese rubio monumental (fueron sus palabras) esquivé las respuestas como una experta en evasión.

Amara me seguiría preguntando durante toda la jornada.  Y yo, evadiéndola

A las 18 hs. El museo cerraba sus puertas pero mi trabajo atrasado me impidió retirarme.

La responsabilidad de cumplir con el intenso protocolo solicitado para esa fecha me zambulló en el papelerío.

Una hora más tarde, el encargado de seguridad me recordó que me tendría que haber ido a casa.

Tomé mis cosas y salí, padeciendo de ante mano la humedad que me incomodaría.

Caminando por la avenida de los inmigrantes me volví a encontrar a Adrián.

Intenso, persistente, desubicado y atractivo.

Entiendo que tuviste una larga visita en el museo.  Nunca te vi ahí, soy un visitante asiduo.

¿Qué hace que un hombre vuelva a intentar acaparar la atención de una dama que no dio mínimas muestras de interés?

Así es Adrián, curioso, simpático y ucraniano.  Todo un exponente de la idiosincrasia misionera.

La incomodidad de ser vista por el vigilante del museo que no tiene más que hacer que observarlo todo me hizo caminar más rápido.

Aceptame un café, solo eso

Y a mis 37 años, con toda una vida de trabajo responsable y metódico, con la certeza de que la gente es amable solo para lograr lo que quiere, no sé por qué, acepté.

Entramos al Restaurante Del Monte.  Era el más cercano aunque muy osado para una primera charla.

El lugar había funcionado como un secadero de yerba mate, era propiedad de una familia muy pudiente de la ciudad, y actualmente los herederos le habían dado esta nueva función de restaurante-bar.  Todos los días se estaba repleto.

Decidí relajar mi mal humor y escuchar las sandeces que este desconocido me diría, solicitando mi favor sexual para el posterior abandono.  Así funcionaban las relaciones

Mi familia es de Ucrania.

Vaya novedad

Mis abuelos migraron a Misiones en la década del’30 y se enamoraron de todo aquí.  Yo nunca me acostumbré a la lluvia. ¿Vos sos genuina misionera?

Entonces noté cómo mi nivel de resistencia se desmoronaba

Absolutamente.  Aquí nacieron todos mis ancestros

-¿Y trabajás en el museo hace mucho? Nunca te vi

Hago trabajo administrativo, en el primer piso estamos protegidos de inmigrantes

Destilé, ladina

Ah, menos mal que estás refugiada, debe ser insoportable escuchar a la gente maravillada por las bondades de la pequeña Ucrania sudamericana

Qué decir aquí que mis ojos no hayan dicho

Te estoy cargando, te veo tan mal llevada que me dan muchas ganas de saber por qué

Mal llevada

De dónde a dónde

No llevada.  Eso era yo.

Dos horas duró ese encuentro.  Un café dio paso a una copa de vino y se hizo la hora de cenar.

Disfruté escucharlo.

Su historia era un calco de tantas otras: una familia ilusionada por haber encontrado la paz.  Pero él no vivió la guerra, de modo que no tenía referencia para la comparación y renegaba de Misiones.

Me voy, dije.  Es tarde y los preparativos de la fiesta me necesitan descansada

Te llevo.  Perdón, te acompaño.  Estoy intentando  modificar mi lenguaje.  A veces decimos cosas que parecen insignificantes pero hacen la diferencia.

Sentí cómo mi barrera se desintegró

Incluso pensé en besarlo

Me acompañó hasta la esquina de mi casa y le dije que hasta ahí requería su compañía.  Prefería que no supiera dónde vivía.

Sonrió, tomó mi mano con la suavidad de quien sabe que no lastima, y se marchó

Mi hermana no estaba en casa, habría salido con alguien.  Siempre lo hacía, con su idea de encontrar el amor.

Somos distintas.

Ella se muestra muy débil.

Yo solo dependo de mí.

Dormí sin soñar nada y al otro día reinicié mi rutina de lluvia y papeles.

A las 18 una presión en el pecho intentó hacerme prestarle atención a mis emociones.  La ignoré.

Era viernes, pensaba volver a mi casa y de ninguna manera quería volver a encontrar a Adrián.  Por supuesto que mi mensaje de no dejarlo pasar a mi casa habría sido suficiente para espantar sus ideas erróneas sobre  mí.

Y lo vi en la esquina con un pie apoyado en la pared y se me llenaron los pulmones de esperanza.

Buenas tardes!, ¿te gustaría ir a caminar por el río? No digo sobre él, sino por la orilla

No hacía falta que hiciera chistes; repentinamente sentí una sonrisa remachada.

Acepté.

Unas cuantas cuadras  nos separaban del río pero charlando se hicieron cortas.  Mi relación con el Río Uruguay es ambigua: me gusta contemplarlo, pero siempre está lleno de gente y eso me genera rechazo.

Caminamos para el lado de Brasil, como decía Adrián, mientras pensaba cuántas cosas suceden del otro lado del río y no las podemos siquiera sospechar.

Entonces caminamos  hasta estar agotados, y elegimos descansar sobre la grama.

Mi cabello, las hebras del pasto, su mano, mi mirada extraviada, la incógnita que represento.

Así ocurriría siempre.

Ocurría.

Pasó ese año la fiesta del inmigrante con todo el despliegue que enloquece a la gente, sumándose algunas comitivas de inversores que, según pude percibir, querían establecer sus empresas en nuestra provincia.

Mi desencanto por haber conocido  los preparativos resultaba gracioso a Adrián, que estaba maravillado con todo ese color.

Caminábamos de la mano, como si nos estuviéramos acompañando y definiendo nuestra cercanía entre la multitud.

Dormimos en su casa después de recorrer la feria.

Me sentí en un universo ajeno en el que los fastidios se disipaban y las ganas de estar viva me brotaban de algún lado.

Dormimos juntos muchas veces

Tengo 37 años y toda una vida de trabajo metódico y responsable.

Para mí la vida es clara.

Lo que sucede y es aceptado, sucederá para siempre.

Ayer Adrián me buscó por el museo.

Caminamos hasta el río y al caer sobre la grama me miró a los ojos y disparó

Me ofrecieron un gran trabajo en Ucrania

En una milésima de segundo se levantaron en torno a mí todas las barreras que con trabajo había logrado bajar

Perfecto, mentí. ¿Cuándo te vas?

-¿Querés que me vaya?

No depende de mí, será tu decisión

No es una decisión, estoy dudando.  Yo te quiero mucho, pero vos no sos clara conmigo.  No sé cuándo estás feliz, qué cosas disfrutás, no sé si habrás sentido algo del amor que yo te tengo

Me tengo que ir, dije, y corrí hasta la parada de taxi.  Llovía y lloré hasta llegar a casa y comencé a escribir.

No quiero estar atrapada.

Mi hermana me contempla y quiere acercarse.  No sabe cómo.

La ayudo al mirarla empantanada en esas lágrimas que nunca vio.

Entonces me abraza.

-¿Qué pasó?

Adrián se va

No lo permitas, convencelo de que se quede, o andate con él.  Nunca te vi tan bien

-De ninguna manera, mentí.  Entiendo que debe hacer lo que él quiera

 

Así que me quedé callada, manos tapando mi rostro, un brazo del río Uruguay se formó en mi habitación.

Mañana vas a pensar mejor, dijo mi hermana

Y dormí.

Nada más en mi recuerdo.

Dicen que me vieron salir a la noche hacia  tu casa

Que con la fuerza de quien cayó al río y se aferra a una rama te golpeé.

 

Si la duda es tu único fundamento te pido y te absolverás y sos culpable y ya no.

Comencé esta carta mil veces pero aquí no tengo con qué escribirla.

 

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