Conversación con la vecina- por Lucas Vera

La imagen te dolía por su autenticidad patética: el chabón pataleando y el cana,
embozado de negra ignominia, esforzado en arrastrarlo. La cámara tambaleó cuando se
sumó otro cana y lo tomó al primero de los pies, convirtiéndolo en camilla.
-Si son un montón de vagos-aplaudió la señora y alzó el brazo hacia atrás, como
arrojándolo al vago de vuelta a secundaria-. Qué hacen, decime qué hacen. Se la pasan
cortando la calle. Quilombo, eso hacen. Qui-lom-bo.
Vestía una blusa estampada de flores. La edad le había ganado el tamaño y se
recogía el pelo en una cola que de ceñida parecía prensada. Yo le cortaba jamón. Un
cuarto, creo.
-Es como lo que hacen esas minas-continuó, y aún me pregunto qué puntos
conectó y hasta me imagino la línea como un pulso de parkinson decimonónico-, ¿me
entendés? Estas, las del Ni Una Menos. Salen a marchar y te comen toda la calle. ¿Vos
viste cómo la dejaron? Un asco. Bolsas, cigarrillos, cartones de panchos. Un asco.
-Bueno-repliqué-, pero la consigna es…
-¿Y qué logran con eso? Salen a marchar y gritan y dan esos discursos muuuuy
emotivos pero las chicas siguen desapareciendo. Nenas. Se las siguen llevando.
Yo no podía discrepar. El día anterior, martes, había compartido en face la foto de
una chica que salió a bailar y no volvió. La chica es de Casanova, si aún vive, y antes de
ella, el sábado, otra, un año menor, de Morón.
Al policía que había hecho la camilla lo agarraron de prepo. Una chica como
lanzada (tal vez, por la mano de la doña), se le trepaba a la espalda en un abrazo
constrictor. El tipo volvió a patear, y se bamboleaba ahora como culebra tironeada. La
cámara los seguía en un empeño sobrenatural de enfocar la insignia en la camiseta de la
chica.
-Mirá, ¿ves? ¿Sabés por qué lo hacen todo? Por política. Decime qué tiene que ver
la política con esto. Van a hacer política, es así en este país.
-Eso no se lo niego, pero…
De nuevo el gesto con el brazo, tomándonos a mí y al comentario y arrojándonos a
cuando mi abuela me explicaba que de casa al almacén y del almacén a casa, derechito,
no te me distraigas, aprendé.
-Yo no te digo que la marcha sea toda mentira-dijo, como previniéndose a
lanzadas-. Yo te digo que para qué la política, qué importa si sos peronista o de izquierda
o radical. Si son todos la misma mierda.
-¿Usted dice?
-Pero por supuesto-y me miró con esa ternura, también condescendencia, que se
le dedica a los recién nacidos-. ¿O vos te pensás que les importa? Qué les va a importar.
Fijate este, el de la izquierda, con sus dólares. Te haces el comunista y andas con dólares
en los bolsillos, dejame de joder.
Yo recordaba el caso un poco más complejo, o al menos de una complejidad que
no cabía en la titularidad horizontal de TM, e iba a comentárselo, pero me pidió que le
agregara cien más de queso y no se me da muy bien lo multi función.
El logo del canal despachó la escena como a un plato que se picotea, con una
orquesta digna de la Creamfields. Cedió hacia el estudio, cuya pared de vidrio
multiplicaba las luces en la 9 de Julio como un rocío elétrico, hipnótico, y un piso de
blanco encerado.
Los periodistas eran dos: el petiso fachero que presumía el mate como un Martín
Fierro cebado y la morocha alta, enrulada, cuyo muestrario de revistas iba desde la última
antorcha de Maradona a la nueva de Chano. Y hablaron de Chano, y la señora se
compungió:
-Pobre pibe. Qué te tiene que faltar en la vida para estar así. Dame medio de pan,
por favor, y anotámelo todo.
Estando por preguntarle si le cerraba la cuenta, el petiso bromeó y corrió así el
telón para la próxima nueva, resumida: La gobernadora tocaba a una puerta, y vi cómo el
rostro le cambió a la señora. Había esperanza y orgullo cuando la gobernadora saludó
con un beso a la mujer que la atendió, y quizá una fuerza como de fe después, cuando le
dieron el primer plano a los Don Satur que masticaba, compartía.
-Eso es lo que me gusta de ellos-me confió, todavía de espaldas-: La humildad. La
otra no, re soberbia, con esas cadenas que te hacía. Y lo que se robaron. ¡Lo que se
robaron! Y la gente los sigue. La gente, qué gente. Son estos negros planeros los que los
votan. No tienen para comer pero les das para el celular y las zapatillas y ya está. Mirá si
son negros cabeza, eh-y el cuello se le cayó de lástima-. Peronistas. Peronista era mi
viejo, que lo fue a ver a Perón. Ese era el peronismo, viejo. Bueno, ya está, no te jodo
más. Cerrame la cuenta que el sábado, el lunes a más tardar, te pago.
Le alcancé la bolsa, rodeé el mostrador para abrirle la puerta. Mientras la cerradura
aflojaba la tanda redondeaba las ocho de la noche fragmentando una performance frente
al Congreso. Tres filas de mujeres resignaban una prenda por cada nombre que la
directora apuñalaba a través del megáfono: Melina, Lucia, Anahí. Desnudaron tetas,
vientres, los hombros con un peso que hacía un chiste de la nuca caída. El coro,
alrededor, no careteaba las risas: esta variz, el pelo suave entre un par de piernas, el
lunar como una huella grabada en la curva de una espalda a su cola.
La voz de mi vecina fue un crepitar moribundo, una estría de la garganta:
-Cómo es, ¿no? La mujer ya no conserva ni el pudor.
Y salió.

Lucas Vera

 

One Reply to “Conversación con la vecina- por Lucas Vera”

  1. Thanks. Without spoiling anything are there any really large ones?

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