Fernando Cabrera en Buenos Aires: elogio de lo cabrero  

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Advertencia de subjetividad: siento un profundo agradecimiento por este artista, con lo cual mis palabras serán una representación de eso que me atraviesa cuando lo escucho.  Pero atención: no soy la única.

Algo ocurre con las canciones de Cabrera que convocan a una hermandad.  Se trata de un artista cuyo público parece ser muy selecto, de culto: los que lo elegimos como banda sonora de nuestra vida no llevamos una remera con su cara: esa es nuestra coherente postura de serenidad y falta de fanatismo.  O de reformulación respetuosa del ser fan.  Sin embargo, al encontrarnos en alguna guitarreada, al coincidir entre amigos, amores o desconocidos, nos emocionamos hasta las lágrimas por sabernos parte de esa mística intima.  Y lo cantamos aunque no sepamos cantar, y pensamos en su poesía como un recurso para representar distintos aspectos de la vida.  Nos recitamos sus letras y podemos filosofar, porque para eso militamos la continuidad del arte: somos habitados por él, y lo habitamos desde todos nuestros recovecos.

Porque Fernando es un poeta que canta y nosotros nos sujetamos de ese barrilete musical, navegamos un ratito y paladeamos el tintineo de sus versos, el gusto de encontrar en sus definiciones eso que no sabíamos cómo decir.

Mis hijos van, mis padres son sintetiza nuestra necesidad de corrimiento de esa postura tan occidental de ser, y la elección de la evolución por estar siendo.

Y ante la dificultad de sostener el estandarte que nos convoca, el deseo puro y genuino de algún hacer incomprendido, sabremos que Hay quienes intentan sumergir nuestra voz, esa que dice y denuncia habilitando la profundidad de las emociones, generando el rechazo y la burla del apático que nunca logrará conocer la dulzura, ni siquiera distante. 

Belleza/Simpleza/Nobleza son nuestros valores más auténticos para los que  andamos por la vida en modo contemplativo, los que no queremos ser fagocitados.  La percusión realizada con una cajita de fósforos es todo lo que necesita esa canción.

Estoy regando el tiempo con tu recuerdo, Fernando, mirá lo que decís.   Cada registro de amor y desamor llevará desde siempre y para siempre ese verso tarareado, y será disfrutado aun entre lágrimas, porque el arte exorciza las emociones y las vivifica.

Y sufrimos el dominio de los domingos como adelantos de navidad, lo suspiramos fuerte, porque no nos queremos conformar con una foto que represente una mentira,  entonces excavamos en las profundidades oscuras del dolor, aun sabiendo que no es el camino más fácil pero si el más puro.  O al menos el que nos sale.  Si hasta desconocemos nuestro  documento: esa tarjeta de humo con solo uno de los dos.  ¿Qué dos? ¿Un amor de pareja, una amistad? Si tantas veces me encontré cantándome esa canción a mí misma.  Daría todo lo que tengo por reencontrarme conmigo en un estado de bienestar.

La poesía es una llave, una puerta, un universo que habilita otros universos. Y el poeta sabrá que su obra lo excede, que ya es nuestra, de todos los que queremos apropiarnos de ella.

Un dia nos encontraremos en otro carnaval, pensé cuando dejé pasar mis mejores oportunidades.  Pero a algunas las tomé.

Mi abuela a sus 94 años me repite: la vida es corta, disfrutala.   Y siempre siento en esa conversación cuánto discrepo con aquellos que creen que hay una sola eternidad: seremos atravesados por una dificultad para vivir, para saber de qué hablar.  Me dijo mi abuelo que tal vez su abuelo le sepa responder si el tiempo es más lento cada vez, dice Cabrera, con su mirada absorta y sus pasiones erradas.  Y yo, que de verdad canto mal pero pese a eso canto, y soy feliz, quiero abrazarlo y compartir esa dulce incertidumbre sobre el transcurrir.

Pero, ay, Tal vez fue un derroche, y todos los versos de esa inmensa canción, generan un plus.  Nos deja imbuidos de una potencia ancestral que nos eleva  quién sabe a dónde, en busca de qué.  Lo cierto es que no se baja de ahí igual que como se subió.  Te abracé en la noche es en sí misma una compañera.  Yo no sé qué le sucederá a un artista cuando logra ese nivel de condensación de belleza.  A mí, a nosotros, nos genera felicidad.

En los conciertos de Fernando Cabrera abundan los suspiros y las evocaciones: se aprecia en las miradas perdidas y en el tarareo de las letras, despacito, apenas despegando los labios.

En esta nueva experiencia de reencuentro en Café vinilo, en este porteño verano ardiente, se regeneran los lazos inter-cabreros.  Esa especie de cofradía de seguidores.

La estructura de la platea hace lo suyo: se trata de mesitas para compartir, con velitas y todo.  Somos extraños a veces, pero aun así chocamos nuestras copas y nos compartimos los víveres, porque formamos parte de ese mismo estado de alegría y emoción.

Nos identificamos con los vecinos moviendo la cabecita: no al ritmo de la canción, sino al ritmo de la conmoción.

Fernando presenta canciones nuevas, de un disco que aún no fue editado en Argentina.  Lo escuchamos.  Lo celebramos: comenzaron a enlazarse con nudos de buen humor, dijo, y cantó sobre un lugar en que los niños y los yuyos crecían sueltos.

Quién sabe cuál es el nacimiento de un clásico.  En este concierto pudimos escuchar su tema Oración, en el que ofrenda: que el amor sea fuerte y ágil para vos.

Entonces nos amamos colectivamente zambullidos en esa ternura.

Cada tanto en la sala se socializa una risa: Fernando no habla mucho entre canciones pero sus intervenciones suelen ser desde el humor.  Incluso bromea con la densidad de sus canciones, generando un estallido de carcajada.  Elegimos eso, Fernando.  Elegimos hermanamos en respeto y calladitos, agradecidos.  Tal vez pensando en cada una de nuestras historias,  en quien no se acuerda aunque nosotros no olvidamos, o simplemente nos aferramos a ese momento de deleite en que la nube negra para de llorar.

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AndreaBoq

 

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