Crónicas de mujeres: salir de la cocina

Una periodista llamada Magda Tagtachian escribe simpatiquísimas columnas en Clarín destinadas a “ellas”. Es tan simpática que se llama “Pasiones argentinas”.  Una de ellas, titulada “El manual ideal de una mina copada”, se ganó una hermosísima contra campaña, hashtag mediante #Nosoycopada. La nota, que por ahí leíste o acaso estás por leer, tiene ese efecto mágico de los estereotipos: generan identificación. Por ahí, te agarra desprevenida y hasta te deprimís leyéndola. Porque la “copada” del artículo es una pobre víctima de este sistema de mierda, que termina haciendo muchas pelotudeces condicionada por ese afuera que es la sociedad, y que nos vive demandando: depilate, salí con la tanga animal print por si vas al chino y pinta un levante; fumate tus tristezas; no se te ocurra avivarte y hablar con la de al lado: al patriarcado se le acaba el curro.

Yo la leí y me puse triste. Sí, antes de que me saliera la feminista combativa. Sobre todo porque a la copada le rompieron el corazón, y a mí me lo rompen una vez al mes. Sobre todo porque Chaco, marchas, y cuántas cosas más, pero desterrar el patriarcado de adentro tuio es más difícil que surfear la ola de no sé cuántos metros de la que hablaba Scioli cuando quería ser presidente (perdón por la referencia, pero esa campaña me traumó). Esa mina que es o intenta ser copada termina con una frustración insoportable. Y a las gilas como yo, por un rato, eso las atrapa. El dilema de la copada, que en el artículo se disfraza de naturalización (y sí, es la ideología, mamu) es el problema de nacer con la nómina de mujer. Podemos abandonar el concepto, podemos devenir otra cosa, podemos resignificar el término, pero no por eso van a dejar de intervenir nuestros cuerpos. Cada vez que miro un rato la tele (tengo un pack de telecentro y una tele de tubo que a la noche siempre pide un rato de zapping) me sorprende siempre lo mismo: una parva de publicidades destinadas casi exclusivamente a la “mujer”: una suerte de esclava social que gasta todo su dinero en productos para adelgazar, para no envejecer, para los pibes, para limpiar el baño, para que brille la casa, para erradicar las bacterias del universo, y quién sabe para qué más. Las esclavas son unas inseguras crónicas que van de acá para allá obsesionadas por una mancha en la ropa que NO SALE! Y acto seguido les caga el día. Los tipos, no sabemos dónde están. Bah, sí, adentro de un auto, o tomando birra con amigos, o descorchando un vino trajeados, o laburando en una oficina tratando de caerle a la secretaria. Las personas trans no existen. Lesbianismo soft y homosexualidad de clase alta, por ahí asoma un poco. Nos educan para ser esclavas de tiempo completo, y si un tipo se raja de nuestras vidas, seguro es porque no nos calzamos el hilo dental (¡chanfles!) de encaje. El mundo de la publicidad es desopilante, tanto como la realidad.

Si hay algo recóndito e inhallable en medio de tanta bajada de línea es saber qué hubiésemos querido si. Transformarse en una mujer deseante, en una sujeta, en una cuerpa libre, como nos gusta decir, es un trabajo fino que exige parar las antenas cada vez que aparecen estos modelos de la esclava feliz, especialmente cuando tienen una apariencia cool o simpática.

Como dice una canción de Juana Molina, un día voy a ser otra distinta. Mientras tanto, a ir arrancando las capas geológicas de bosta patriarcal que tenemos encima. ¿Qué pasa si mi pancita también es tierna? ¿Qué pasa si hago el cálculo de lo que gasto en productos de perfumería? ¿Qué pasa si no me depilo? ¿Qué pasa si cuando un flaco me dice que uso bombacha de vieja le digo que es un gil? ¿Qué pasa si invito gente a casa y no está limpia ni ordenada? ¿Qué pasa si no me pongo corpiño?

Ahora, mientras nos deconstruimos y reconstruimos desde el deseo, desde la persona y no desde la “mujer”; mientras buscamos enloquecer de deseo y sinotegustatomatelá, pensaba también en cómo podemos resignificar este espacio de escritura tan berreta y de chiquitaje que es el típico artículo de minita. Artículos de y para mujeres. Desde Carrie hasta Las 12. Pienso que yo también caigo en esa. Que siempre nos cuesta tender ese puente entre la micro y la macro política. Seguimos, en el ámbito de la palabra, en la cocina de lo simbólico. Seguimos deprimiéndonos por la mancha y dejamos vacantes otros espacios: sí, esos, los de poder.

Somos expertas en politizar lo personal, pero a veces caemos en la trampa de permanecer en aquellos lugares destinados a “nosotras”. Era, y es necesario. Pero no alcanza. Hacemos de la oportunidad un quiste. Y nos olvidamos de disputar.

Disputar. Qué difícil. ¿Por dónde arrancamos? ¿Cómo hacemos para que haya más mujeres entrevistadas, conductoras, especialistas, y no solo cuando se habla de nosotras mismas? ¿Cómo hacemos para hablar también de todo lo demás, y no ser la boluda linda de la tele? ¿Cómo hacemos para ser exitosas con panza, con arrugas, vestidas así nomás (¡y sin corpiño!)? En definitiva, ¿cómo hacemos para ser persona?

Lo que digo es grosero y poco refinado. Pero sabemos que así, brutal y macartista, nos enfrenta a la comodidad de nuestras conquistas. Salgamos de la cocina. Salgamos del calor de casa. Y cuando ya no nos quede ni un lugar sin acceso, quedémonos donde se nos cante la gana.

Ana Marangoni

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