Angá Rodolfo

En tiempos de redes sociales dominando la escena cotidiana, sucede que lo que no se ve, no existe.

Esto trae aparejada la imperiosa necesidad de exponer los aspectos interesantes de la vida de cada uno.  Y sonreír para todas las fotos, aun  estando tristes.  Y retomar contacto con seres ajenos con los que habíamos elegido dejar de compartir, pero la tentación de tener alguien con quien hablar tan fácilmente es irresistible.

Es fácil contemplar a las personas que celular en mano construyen una realidad paralela mientras la vida va transcurriendo.  O fuerzan una imagen de alegría e interés ya impunemente, ya sin vergüenza, porque se atravesaron las fronteras del prejuicio: todos comprenderán a quien detenga su marcha para postear algo que valga la pena.

Mientras tanto, en Buenos Aires, los lunes a la noche hay teatro.

Los espacios del circuito off emergen disimuladamente entre las calles porteñas.  La Lunares, con su patiecito y su bella decoración, es una invitación  a detener el ritmo, sentarse a tomar una cerveza y brindarse como espectador para ver qué está  pasando en la realidad del arte, que es la única realidad.

El espectador construye su participación en la obra en la medida en que es cautivado por la misma: apaga el celular, se acomoda, abre unos caramelos, espera a ver qué le van a contar.

Angá Rodolfo optimiza ese tiempo: el ingreso a la sala implica el inmediato traslado al Río Paraná,  habilitado por una hermosa voz, sostenida por una guitarra dulce y potente.

Con la bella cadencia de la tonada litoraleña, Rodolfo, angá, pobrecito, irrumpe en su casa apropiándose del espacio escénico.

La empatía con un alma solitaria en vísperas de Navidad es inevitable: Rodolfo se muestra en lucha contra su monólogo interior, encajetado con su propia agonía.

¿Dónde estoy yo en todo esto? se plantea, condensando en ese interrogante toda la angustia de saberse parte de aquello que lo excluye.

Porque es tiempo de vivir apurado, cumplir con los protocolos  familiares, ocuparse de cosas interesantes.

Pero él no tiene apuro.  Y está solo.  Y harto.

Pero continúa siendo parte.

Decime qué tengo que hacer, solloza, mientras la platea está sumida en su silencio, deseando que el gaucho Gil habilite una respuesta.

En el fangoso pozo de la soledad, el Capitalismo cumple un rol determinante: saberse cliente es, al menos, formar parte de algo.  Mirar la tele aún para estar en desacuerdo implica contar con un interlocutor.

Con un despliegue físico que evidencia un notable entrenamiento,  sostenido por su gestualidad clara y elocuente, Rodolfo se sienta y mira la tele que lo ilumina sutilmente, sumiendo al espectador en esa sombra oscura que es su entorno.

La coordinación con la música ejecutada en vivo sostiene la tensión en todo momento,  así como la delicada iluminación que logra definiciones poéticas.

Utilizando recursos de paciente analizado, Rodolfo se arenga a la acción ahora que el ímpetu está alto.  Pero no puede, se deshace.  Está contrariado, desesperado.

Mientras desborda de comida el plato del gatito ausente, Rodolfo sigue repitiendo recetas que sabe que van  a fracasar.  Y se muestra dispuesto a dar un paso.

Hasta que lo logra.

Este narrador nos ha cautivado con la sensibilidad de su melancolía.  Con el rechazo que el Mundo le muestra.  Con la penetración de su mirada inocente  y su discurso contradictorio, alienado.

¿Qué responsabilidad puede tener aquel que fue excluido? El sistema se encarga de descartar a quien no se adecúe.

Pero Rodolfo tiene algo que lo mortifica.  Descree de las celebraciones felices porque sabe que son construcciones culturales ajenas a él, y cuenta con recursos para sostener su imagen de hombre fuerte: puede zapatear un malambo mientras su vida se derrumba.

Baila, se agota, personifica la imagen deliciosa de una crucifixión.  ¿Acaso no se trata de eso la Navidad? ¿Por qué se anula la posibilidad de la expiación?

Atormentado, Rodolfo mostrará los rasgos de su violencia que lo conminaron a quedar parado en este juego de las sillas.

No estoy tan mal, che.  Se convence.  Y mientras tanto la vida continúa transcurriendo ineluctable.

Protagonizada por Ricardo Torre, cuyo talento traspasa los límites de la interpretación actoral e imbuye al espectador en su más profunda soledad, con la música original de Diego Salvatierra, y su impecable ejecución en vivo, Angá Rodolfo es una hermosa propuesta que convida a deleitarse con un preciso trabajo en equipo;  admirar la realidad que transcurre más allá de lo que se ve, cuestionar la certeza de lo que se escucha y entregarse como ofrenda ineludible a la Justicia Poética.

Ficha técnica

Dirección general

Matías Gómez

Actúa

Ricardo Torre

Música original

Diego Salvatierra

Asistencia de Dirección

Nadin Gulman

Diseño y fotografía

Felipe Castro

Prensa y difusión

Kazeta prensa

Angá Rodolfo se presenta los lunes 21:30 en La Lunares, Humahuaca 4027, CABA

Entradas acá http://www.alternativateatral.com/obra46045-anga-rodolfo

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AndreaBoq

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