Agitar antes de conocer

El amor es una enfermedad de las más jodidas y contagiosas, dijo Galeano.

Y yo crecí leyéndolo, con lo que le endilgaré la responsabilidad de lo que me sucede.

Tengo una dificultad ante el amor: me preocupan sus efectos secundarios, por lo cual despliego mi prospecto en la primera cita.

Indudablemente queda claro todo aquello que mi amor otorga: como acción inmediata se observa el embellecimiento de paisajes, la mirada sonriente, la libertad, la falta de juzgamiento, el gozo y la alegría, la progresiva mejora de los síntomas del desasosiego.

Dosis de carga para comenzar: todo lo que se pueda. Absorber oralmente, por vía inyectable, por contacto.  Cantando, recitando o en silencio.   Luego disminuir lentamente hasta alcanzar una estable administración diaria: se recomienda beber a sorbos lentos espaciadamente.  Cada ciertos días, según demanda y posibilidades, una nueva administración.  Se optimiza en la más profunda desnudez, modificando aleatoriamente el hábitat y las condiciones.  Se aconseja valorar los efectos fragantes: el aire se perfuma potenciando el bienestar.

No obstante estos beneficios, son demasiado claras mis contraindicaciones.  No prometo curar  a  nadie ni resolver carencias.  No daré lo que no tengo ni seguiré repartiendo lo que abunda.  Jamás asentiré la queja hacia una congénere.  Negaré sistemáticamente que yo pueda sostener con hidalguía un romance constante y con futuro.

Retomaré a Oliverio para explicar que yo soy una mujer que vuela.  Que no siempre sabe dónde, que  a veces va en escoba y otras entre lágrimas, surcando la noche en busca de alivio.  Y refuerzo la idea: hay que bancarse a una voladora, eh.

Entonces advierto.  Preservo.  Esa función cumplen los prospectos: se desentenderán de toda responsabilidad ante el mal uso.

Me alivia pensar que siendo clara evitaré decepciones.

Excepto, oh, la mía.

Si aún me sorprende que la gente

no se dé cuenta

de que a veces

los prospectos

exageran.

 

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AndreaBoq

 

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