Desubicada

Foto: Luis Hernán Herreros

El prefijo –des denota privación.

Ubicarse mal sería mejor que no ubicarse, y a veces ocurre que la maternidad, en este hermoso contexto de cuestionamiento al patriarcado, sigue siendo terreno fértil para sentirse desubicada.

Para quedar relegada al espacio incierto en el que, alentada por esa conciencia de poder todo, no podemos nada.

Entonces se crea una subconsciencia muy interesante, arengada por doquier por amigxs y enemigxs: la culpa, el apego, la tele, en fin. Una madre siempre sabe.

Un amigo separado me contaba con indignación que su ex lo acusaba de portar una “nueva masculinidad”: coser botones del delantal, cocinar algo elaborado, llevar al pibe al médico. Es un desplazamiento, eso es jurisdicción de mamá.  Aun hoy, habiendo aprendido de la lucha de Madres y Abuelas de la Plaza, contando con herramientas para analizar los vínculos y cuestionar la pesada herencia.

En su obra La mujer rota, Simone de Beauvoir le da voz a una mamá que está harta. Harta harta harta, lo dice 59 veces seguidas. Nos apiadamos de su suerte, pobre madre, hasta nos identificamos con ella.  Pero si la leemos un poquito más fuerte resulta que su hartazgo se resolvería con algunas pocas acciones que de ninguna manera ella está dispuesta a ejecutar.

Porque está harta pero acostumbrada.

En este siglo XXI tenemos una caterva de mamás que están realizando una Revolución discursiva envidiable: dicen preservar sus espacios de goce, repartir tareas, lograr el desapego de los cachorritos.  Más allá de las militantes feministas, me refiero a las mujeres que desean tener una buena pareja, una vida ordenada, que se quieren ocupar de lo que haya que hacer pero también se tienen presentes como seres humanas.

Y aún así, despiadada y violenta, la angustia avanza sobre ellas.

Yo fui mamá joven, soltera, casada, separada y cassssi divorciada.  Madre de tres.  Entusiasta, paciente, alegre, serena.  Eduqué a mi descendencia con cuentos y comida casera, siempre trabajando e inyectándoles ideología.  Rescatando aspectos positivos de la crianza que me brindaron y filtrando cuanto pude de lo que me hizo mal.

No podía fallar.

Cuando consideré que empezaba a poder, empecé a desear ser madre.  Era mi gran anhelo, porque mejoraría todo lo malo de este Mundo, y solo dependía de mí.  Estar acompañada solo era conveniente a niveles organizativos, no estoy orgullosa de ese concepto. Sí sentía orgullo de poder.  Satisfacción de correr de una escuela a otra como mamá, estudiante y docente, muchas veces en el día, en colectivo antes, en auto cuando pude (retar hijos manejando, qué gesta heroica), y siempre cumpliendo con todo.

Entonces ¿Qué estaba mal? Si el reconocimiento de la tarea bien realizada estaba a la vista diariamente, en mi casa: ahí estaban Los Pibes para la liberación.

¿Y por qué estaba tan llena de vacío? Si había logrado construir vínculos sanos y potentes con mis hijxs, recibir sus críticas, abrazar sus logros.

Con los años empecé a sospechar que ser mamá como yo quería, era definir la pertenencia a una raza insatisfecha, que no podrá resolver su individualidad. Conocí a otras de la misma especie y juntas apelamos a la actividad catártica de quejarnos de nuestros hijos, compartirnos habilidades para la crianza, lamentarnos de no ser las referentes que habíamos soñado ser.

De a poco fui aceptando que aún en el ápice de la evolución despegada seguía preocupada sobre los cuestionamientos que pesarían sobre mí.

Y qué vergüenza tuve entonces, cuando me miré a mis 37 años, casi sin canas todavía pero con mucha agua corrida bajo el puente, al notar qué es lo que me angustia.  A mí, a la que tiene tan claro su rol de madre copada y aggiornada, que elije tener la casa llena de pibxs y hacer batallas de rappreguntar antes de retar y que ante una cagada solicita ayuda a los propios forajidos para “buscar estrategias creativas para resolver este conflicto”.

Lo que me angustia es lo que no soy, ni nunca podré ser. 

Porque me desvivo en la tarea de cuidar desde lejos pero atenta pero tengo miedo de que mis hijxs se sientan solxs.

Porque me dediqué tanto a cocinarles rico que hacer salchichas me da culpa.

Porque me enfermé, y me aterra que eso los haya traumado.

Porque estuve tan presente en cada acto y en cada deseo de los tres que si no logro satisfacer una demanda creo que no lo van a olvidar jamás.

Porque como preservo mi vida privada de mamá separada me preocupa que sientan que estoy sola.

Porque logré romper el determinismo del linaje pero no tanto.

Porque tengo la dicha de compartir secretos y complicidades con mi descendencia; (no es poca cosa, yo no tuve ese beneficio de hija) y me inquieta la idea de perder autoridad.

Esto es apenas algo del Todo que me angustia y avergüenza.  Entonces, oh interminable sufrimiento, me castigo por no disfrutar.

Hoy fue un buen día.  Me desperté pensando en estos temas, y promediando las últimas horas de la noche, restándole tiempo al sueño para satisfacer mi deseo de escribir, reflexiono y suspiro.

Me sacudo la vergüenza y pienso que la angustia es el precio de ser uno mismo, ¿no? Ya lo dijo Silvio y antes que él los existencialistas.  Que encontrar el lugar para ubicarse es una ardua tarea.  No es natural, no viene de herencia, es producto de un esfuerzo que excede las posibilidades de la individua y requiere de una red de contención y creatividad.

Que ser mamá se elige en parte, la otra parte está establecida y para correrse de ese lugar incómodo en que nos im-pusieron, debemos desaprender como locas los parámetros con lo que nos vamos a medir.

Que estar solas o en pareja, trabajando en lo que nos gusta o  no, viviendo con más o menos confort, no nos hará la diferencia.

Que tener hijxs es un deleite y una dificultad, y no tenerlos puede ser una elección y un dolor; que las definiciones absolutas siguen haciendo que caigamos en la trampa una vez más: trampa de

Ser, y no estar siendo.

Haber elegido, no de estar eligiendo.

Habrá que hurgar en los  recónditos lugarcitos de nuestro determinismo.  ¿Y qué si estoy agotada y necesito silencio en mi hogar? ¿Y qué si estoy al lado de un bebé y necesito agarrarlo a upa?

¿Qué grieta entre ser o no ser madre estamos construyendo?

Amémonos, criemos al piberío entre todxs, sinceremos la Revolución, que podemos decirnos abnegadas y estar hartas, tanto como confesar una elección y estar arrepentidas.

Somos irremediablemente libres de cambiar nuestras percepciones.

La vida seguirá transcurriendo y nos vamos a perder el disfrute de las reflexiones infantiles que nos parten la cabeza y del sábado a la noche libre para salir de joda.

Habrá vacío aquí y allá.  Quizás no se trate de llenarlo sino de surfearlo, comprender que cada elección implica dejar de lado todas las demás opciones y aceptar que nos reconstruiremos a nosotras mismas si queremos, si nos queremos, si nos respetamos.

Quizás la Revolución de las mujeres empiece por abrazar nuestras diferencias para tolerar nuestras carencias y así, entre todas, compensar lo que nos falta con lo que la otra nos puede prestar.  Y viceversa.

 

 

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AndreaBoq

3 Replies to “Desubicada”

  1. Querida, me has cautivado. Al principio me he preocupado, he de reconocerlo; siempre me preocupo cuando huelo el miedo, nuestro mayor enemigo. Pero a medida que avanzaba en la lectura y el amor de tus palabras me envolvía, me decía a mí misma “no pasa nada, todo está en su sitio, todo está bien, porque su miedo es tan insignificante, comparado con su amor…”
    Y he deseado avanzar y avanzar hasta acabarlo, para comprobar lo que ya esperaba: que lo resolviste, que tienes todas las respuestas. Y otra cosa más: que “para criar a los hijos, hace falta la tribu”, palabras del querido y respetado filósofo José Antonio Marina.
    Hemos sido capaces de elegir lo mejor para nuestros cachorritos. Y lo hemos hecho desde la imperfección de nuestra naturaleza humana. Todos tenemos carencias, pero cuando tus hijos crezcan, sabrán mucho más de tu amor que de los errores. Es imposible que sea de otra forma.
    Me encanta tu valentia. Es inmensa, como tú.

  2. Y algo más: ser mamá y ser lo más libre posible es una experiencia única de las mujeres de este siglo. Nadie nos enseñó. Pero tenemos la obligación de ser mujer a la vez que madre, y eso estamos haciendo: cumpliéndola.

  3. No soy mamá pero tampoco carezco de algunas angustias desplegadas en el texto… hermoso texto en el que encuentro amor por la cría, por el rol y por la mujer con sus vaivenes internos. Muchas gracias por la claridad al escribirlo.

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