Ya no te espero

Querido mío:

Sé que no tengo ganado el derecho de llamarte así. Pero esta carta, igual que la anterior, acabará en un viejo cajón, en el fondo de un cuaderno, en algún lugar de esos adonde van a parar las letras inútiles, jamás fecundadas por las pupilas de un destinatario. Por eso me permito la licencia poética de llamarte querido mío, de poder decirte todo aquello que no tuvo, y prematuramente, jamás tendrá lugar.

Esta carta no hablará de los placeres con los que marcaste mi carne. Los gemidos pasan a un lado y dejan lugar a un sinfín de suspiros con los que voy tejiendo estas palabras.

Podría decirte tantas cosas… ¿por dónde empezar? Hoy me toca hablarte del dolor por lo que no pudo ser, imposibilidad  que se manifiesta en la tela de lo posible. Porque sabiendo que volveré a verte, me duele profundamente el límite, la certeza de que no vas a querer amarme hasta lo más escondido de este pobre cuerpo.

Hay un sueño de mar, brisa y arena al que jamás llegaremos. Esa costa se nos ha vedado y ya no beberemos esa espuma oceánica. Ya no caminaremos de la mano susurrando sin hablarnos. Ya no sentiremos que cada uno repara precariamente las partes rotas del otro.

No es casual que te hable del mar. Es el océano el útero del mundo. Son los secretos que no se revelan, los sentimientos que no se dicen, son también los sueños. Es el umbral de la tierra. Es el límite con lo que no nos atrevemos a ver, tocar, sentir. Somos incluso nosotros mismos en una pequeña pero incontable porción.

Sé que suena todo muy sentimental. Pero te aseguro que no lo es. No se trata de amor romántico. Se trata de lo incompletos que estamos, del daño y la erosión que va dejando la vida en cada cuerpo, de lo que ya nunca podrá ser. Se trata de lo doloroso que es el pluscuamperfecto aplicado al futuro. De cosas que no tienen demasiada racionalidad, y que solo pueden doler más en el cuerpo.

Debería contarte ese sueño que tuve en el que te conocía en el pasado. Un “demasiado pronto” mucho más esperanzador que este presente en el que yo, mujer rota, me enamoro de las esquirlas de un hombre roto. Algo que en el pasado, no, no me hubiese pasado. Pero veo tus cicatrices (muchas auto infligidas) y solo puedo desear besarlas. Complejo de María Magdalena, de puta sentimental que se enamora de los hombres quebrados de una vieja taberna. Que cree en los orgasmos redentores, todavía. El agua maldita tampoco está bendita. Ya nada puede hacerse.

Quería decirte que ya no podré esperarte. Pude experimentar la muerte en cada segundo de espera. Me he convertido en mujer, en el sentido horrendo de la palabra. Mujer receptáculo, mujer vasija, mujer-pasiva, mujer Penélope. Olvidé, incluso, por unas semanas, todo el camino que me llevó a convertirme en otra mujer: la mujer que soy.

Perdoname, cielo. Pero ya no puedo con esto. Ya no puedo ser ese ser que se reduce a la vagina obediente. Tengo demasiados sueños, así rota como estoy. Tengo demasiado espíritu varonil como para quedarme tejiendo esperanzas. Tengo deseos de penetrar con mi concha a esta vida tan breve y alocada. Tengo demasiada virilidad para entregarme a la tibieza.

Hoy soy otra, y vos también sos otro. Sé que tenés guardado un montón de amor. Pero tal vez no sea para mí. Qué hermoso hubiera sido conocerte antes. Antes de que te rompieras en tantos pedazos.

Ya no tengo fuerzas para intentar enamorarte. Me resisto a ser tu cubo de dados de las vacaciones. El puchito de la semana. El caprichito del día. No te culpo. Solo que… ya ves, el papel no me queda.

Soñar lo que no fue ni será es una paradoja. Y creo, la única pérdida de tiempo en esta vida.

Te mando un beso de espuma y el sonido del mar. Ahí, donde me atreví a soñar, breve y tontamente, que vos y yo podríamos amarnos.

Hasta siempre, hasta nunca.

Yo.

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