La pasión es política

Posicionada en uno de los roles que ocupo, el de mamá remisera, el sábado a la noche tenía que llevar-esperar-traer a mi hija y a su amiga a un recital.

Parece que las bandas de rock tocan un día en un estadio, un día en un boliche. Bueno, en este caso era un ex teatro, que después fue boliche y ahora es teatro de nuevo.  Cíclica la vida.

Dado que por las dudas me quería quedar cerca,  no organicé citas ni nada, y como no me daba el horario para ir al teatro, me dije: déjate envolver por el azar, algo bello ocurrirá. (Sí, a veces me hablo en neutro)

Ocurrió que me encontré en un cementerio de persianas bajas, oscuridad, vías de tren, boliches cerrados y mucha pero mucha policía.  Algo estaba fallando.

Registré:

que me encontraba en una zona de muchos negocios de ropa, por supuesto todos cerrados

que había veda electoral, por eso tan poco movimiento y tanta poli

que los aaaaaaaaaaaños que hacía que yo no transitaba  por la noche de Flores me dejaron con un gran desconocimiento de la movida.

Pero caminé, crucé las vías, fui para allá, me arrepentí y doblé para el otro lado, me quedé mirando la plaza dinamitada por la campaña electoral: rejas, árboles talados, cartelitos simpáticos que rezaban: te pedimos por favor que no estaciones tu auto acá, porque (mi interpretación) se te cae una rama, te rompe todo el auto y jodete por boludo.

Oh, la política.

En eso estaba cuando vislumbré a lo lejos un cartel: “Bar cultural FORJA”. Sonreí pensando que estaba rindiéndole un homenaje a  Cortázar, con eso de andar sin buscar pero sabiendo que iba a encontrar.

Y por supuesto entré.  Fotos de Jauretche, de Perón, una biblioteca que se llama “Julio Cortázar”.   Dale, destino, qué guiño copado 😉

Una lista infinita de actividades culturales que allí se desarrollan: lecturas, encuentros, música.  Qué honor estar ahí.

¿Conocen un cuento que se llama La banda? Justamente del citado Julio.

Ojo cuando lo lean, porque refuerza el sentimiento antiperonista que el compañero Cortázar tenía, pero a la vez es una belleza, y cumple con esa función de corrernos de eje, tan característica de la buena literatura.

Bueno, lo que ocurrió ayer fue una especie de antítesis a ese relato.

Entré por mi profundo deseo político, y me encontré con que había una muestra de canto de una escuela.

Podría haber tomado nota del lugar y regresar en otra ocasión; habría terminado tomando un café en alguno de esos bares caretas de Rivadavia y Nazca.

Pero me quedé.

Unas chicas en el escenario, hermosas, con vestido negro, maquillaje, tacos altos.  Unos chicos muy elegantes, bien peinados y prolijos.

Cantaron.

El público: sus familias y yo.

El lugar estaba lleno, todos pagamos la entrada.

Los veía prepararse para subir al escenario y los quería abrazar.  Tan nerviosos, tan emocionados.

Cantaban con tanta polenta, con tanta pasión.

La profesora y directora y tantas cosas más, como ellos mismos la definieron, se ubicaba detrás del público, frente al escenario y les recordaba a sus alumnos, con señas: “más fuerte, más lento, bailá, mirá para allá”

Estar en ese lugar sin enfocarme en nadie en particular me habilitó la percepción de lo que ocurría en el grupo.

La solidaridad entre los compañeros, la adrenalina de la directora que corría de un lado a otro, la atención de quien operaba las luces para aportar al clima de cada canción.

Me emocioné, canté, suspiré en una canción de amor, y cuando terminó la función salí sonriendo.

Entonces, oh, la vida, me crucé con la mamá de una de las cantantes.

Le conté que estaba de casualidad, que me había gustado todo, y que valoraba mucho ese tema de la pasión.

Se le iluminaron los ojos.  Me dijo: yo siempre canté, siempre estoy arengando para que se junten y canten.

Le dije: ellos pagan por las clases.  Pagan por el vestuario.  Pagan por el lugar.  Ustedes pagan para venir a verlos.  ¿Qué creés que sucede adentro cuando la búsqueda es mostrar lo que hacen, cuando el rédito no es económico?

Tengo mi propia respuesta.  Pero siempre hablo yo.

Estábamos en la calle, ya no había luces ni escenario.  Pero de algún modo ella se iluminó.  Y me dijo: “¿qué pasa? ¡La felicidad!”

Eso, justo.  Yo lo pensaba así: la pasión transformadora.

Nos abrazamos, con la señora, y me despedí perdiéndome en las profundidades de la calle Bacacay.

Esto no queda acá.  Me fui a buscar a las chicas, que salieron alucinadas por participar del pogo que las dejó moretoneadas.  Apasionadas.

Volvimos, dormimos y ahora nos vamos a votar.

 

Hoy estoy más feliz que ayer, y no dejo de pensar en cuánto tengo para escribir al respecto.

Oh, la pasión.

Es un día soleado en Buenos Aires.

La Matanza es más amable cuando eso ocurre.  (Es hora de cambiarle el nombre al Partido)

Iré a cumplir con mi deber ciudadano observando a quienes fiscalizan, brindando su tiempo, por la Pasión.

Lo personal es político.

Aguante la pasión y la felicidad.

Ojalá todos podamos encontrarla.

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AndreaBoq

 

 

 

 

One Reply to “La pasión es política”

  1. ¡Qué buen hallazgo! El bar también debe ser interesante. Pero detectar la felicidad no tiene precio.

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