¿Puede ser que haya piel?

Una gran lectora del blog nos hizo llegar esta carta a un amante, quien jamás llegó a leer estas líneas. Tal vez las lea sin saber que le fueron destinadas. Decidimos publicarlas, a cambio de que, algún día, nos cuente qué pasó después.

 

 

Estimado:

Te escribo por lo siguiente…

Sé que las correspondencias están pasadas de moda, y sé también que somos, en definitiva, (casi) dos extraños.

Pero desde que tuvimos nuestro segundo y último (hasta ahora) encuentro, no puedo dejar de recorrer con mi memoria los recuerdos que aquella noche, equiparable, al menos para mí, a una colisión de planetas desencadenante de una intensa lluvia de meteoritos, todos en estado incandescente.

Trataré por eso, de elucidar esta noche, con la mayor objetividad posible. Y, si no te molesta, te pido que respondas del mismo modo. Sabrás que las palabras falsas y engolosinantes también están fuera de moda, al menos para mí. Por eso te pido que al finalizar mi ¿crónica?, por favor me respondas a la brevedad y sin dilaciones, también sin vueltas. Podrías responderme, simplemente: “No, no fue así. Fue una pésima noche”. Sé que me desarmaría por unos días. Pero luego, mi espina dorsal clitoriana volvería a erguirse. Tarde o temprano el monstruo vuelve a despertar. Así que, por favor, sin rodeos, no temas romperme el corazón bajo. Sabré recuperarme.

Pero aún no es momento de especular sobre tu respuesta, porque, como te decía, lo importante es tu respuesta sincera, y eso está más allá, mucho más  allá de mí.

Lo que sí está en mí es intentar poner en palabras tan, pero tan intensa y calurosa noche. Así que dejo de dar vueltas, y comienzo con mi tarea.

Me habías caído bien, es verdad. Pero había una electricidad que se desencadenó una vez que tu lengua se introdujo en mi boca. El beso llenó todo el espacio. Mi lengua ya no pudo dejar de surfear sobre, debajo, a la par de la tuya. En un momento la apresaste con tus dientes. Controlabas la presión tuya, para que no me doliera ni pudiera zafarme. En otro momento comenzaste a hacer unas pequeñas y detenidas ondulaciones circulares… no sé qué pensarás, pero no pude dejar de imaginar que hacías lo mismo, pero en otra parte de mi cuerpo. ¿Soy una mal pensada o era tu intención? Perdón por tanta pregunta pero me siento confundida. Mi autoestima pendula entre muy arriba y muy abajo, y no puedo atajarla para que haga un rato la plancha. Por eso te escribo, te imaginarás.

Volviendo a la noche en cuestión, luego de unas copas de vino y una charla amena e interesante en la que descubrimos que, siendo dos perfectos desconocidos pululábamos por similares micro mundos, viniste a mí como un toro a su torero. Yo me deshice, toda una víctima voluntaria, entre vos y la pared, dejando que arremetieras con tus cuernos invisibles, sin saber que ya comenzaban a brotar líquidos más blanquecinos que la sangre, pero no menos mortales. Sí, estaba mojada.

Tu verga se acomodaba entre mi ropa, con tu duro y mi áspero jean en el medio. Maldición, pensé, ¿por qué no me puse calzas?

La habitación y nuestro apetito estaban cerca, demasiado cerca.

Nos íbamos desvistiendo como si lo hubiéramos hecho desde siempre, como si estuviéramos tomando un café con leche.

En este momento tengo algunos baches. ¿En qué momento mordiste por primera vez mi pezón? ¿O primero le pasaste la lengua con delicadeza? Entiendo que tenés la delicadeza de un artesano, pero que te encanta dar esos pequeños dolores…que se funden y se mezclan con el placer de un modo inexplicable.

Lengua. Ahora vuelvo a la lengua. Era verdad. Tu lengua se abrió en mi clítoris como una nadadora profesional. Entre los labios se abría, decidida, y ya nada podía hacer para contener mi placer. No tuve otra opción que entregarme a mi alegría a chorros.

Tu verga también, entró solita, entera en mi boca. Toda mi cavidad entraba y salía, la hinchaba y sometía a un placer que me tragué entero, o casi. Los dos llenos. Pero era solamente el plato de entrada.

Así pasaban las horas, los cuartos de hora, los minutos en continuidad que ya no importaban porque nuestros cuerpos eran dos elásticos que se atraían y se tocaban en sus aleatorias y sucesivas partes: pija y concha, boca y ano, boca y pija, boca y concha. Cogíamos con las manos, con la boca, con las tetas, con la espalda, con el cuello. Todo estaba erotizado, todo era posible de dar y recibir placer.

¿Fue sexo o antropofagia?

Podría seguir, lo sé, pero empiezo a mojarme y esta semana, mis manos no me alcanzan. Prefiero además, aguantarme, contenerme. Desearte y sufrir deseando hasta que tu cuerpo vuelva a colmar todos mis agujeros. Colmarme de carencia hasta olvidarme de que existo.

Duermo poco, y me afiebro. Noches difíciles. Pero sé que vos también vibraste y sufriste un poco esa noche. ¿Acaso no es sufrimiento la búsqueda eterna del placer absoluto? ¿Acaso nuestra reiteración de orgasmos no era la necesidad desesperada de un orgasmo definitivo?

Vuelvo a mis dudas…

Mi imaginación distorsiona, mi sed de vos me lleva al paroxismo  del delirio. Mi mente alucinante no es de fiar, y necesito saber si vos sentiste lo mismo.

¿Puede ser que haya piel?

Extraño, un poco, solo un poco, tus besitos en el cuello, tu mano en mi cuello. Ser tu juguete nuevo por un rato.

Espero tu respuesta,

Yo.

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