Bien educadas

A mis hijas. Y en ellas, a todas.

Seguimos pariendo unas nenas hermosas de pelo largo y ojitos soñadores que anhelan ser como Blanca nieves.

Qué alivio.

Sabremos cómo llevar adelante su infancia entre muñecas y cocinitas.  Accesorios y brillitos en la adolescencia; luego un novio, boda, hijos.

Por supuesto que siempre las vamos a acompañar y les enseñaremos todo lo que sabemos para que triunfen en su vida de mujer.

Las amaremos y nos desviviremos por ellas.  Incluso compartiremos sus lágrimas.

Pero cada tanto estamos pariendo alguna que se arranca el vestido, se pinta la cara con barro y nos mira fijo con ojos interpeladores.

Vos tenés razón, mi amor, pero por favor no salgas así, les decimos con un horror espantoso de ser la representación de aquello contra lo que nuestras hijas quieren luchar.

Y lloramos con hipo y todo cuando nos cuestionan el por qué de nuestra permanencia en un matrimonio con ese hombre que no nos valora.

O escuchan alguna discusión cuando estamos separadas y con pocas palabras tienen la solución.  ¿Por qué no podemos decir las cosas claramente?

Y si estamos en una buena pareja también cuestionarán situaciones cotidianas que las incomodan.

O simplemente vivirán de otra manera.

Ese es el punto de inflexión.

Oh, estas chicas no se desviven por ir a bailar a los boliches.

No nos hacen sufrir la angustia de las madres que saben lo que ocurre en esos lugares, y por eso las mensajean, desveladas, durante toda la noche.  Las cuidan y aconsejan.

No, nuestras hijas se juntan en una casa y cantan, pintan, toman mates, escriben cuentos  para cambiar el Mundo y planean la Revolución.

Y pelotudean horas y horas con el celular.  Son gente de ahora, con más recursos de conexión.

Qué orgullo nos desborda cuando contamos que pudimos criar hijas libres, con cabezas expandidas, pero sin condicionarlas con fanatismos.

Estas mujeres nuevas se suman a todas las causas que las convocan.  Que son la mayoría.

Porque son feministas, pero también entienden que hay una cadena de opresión que genera conductas destructivas.

Y escuchan a quien se opone a sus ideas y valoran que tengan buenos argumentos aunque no estén de acuerdo.

O en la enfervorizada pasión transformadora por momentos no valoran un carajo porque quieren  ser escuchadas.  Pero después reflexionan.

Y hablan, hablan sin parar.  Dicen cosas tremendas.

Se cortan el pelo y se visten con ropa de varón.    Y un día se ponen una pollera y se maquillan y pasan horas frente al espejo.  Se cagan de la risa de esa versatilidad.

Van a las marchas y a las fiestas.

Putean a quien las cuestione, porque no hay parámetro para que estas mujeres sean comparadas.

Antes no existía la conciencia de libertad sexual, por ejemplo.  No se nos ocurría imponer nuestra dura postura de muerte al macho, porque siempre desear la muerte está mal.  Exceptuando casos como las guerras o los negros de mierda, los judíos o cualquier grupo étnico, social o deportivo al que habría que aniquilar.

Antes no se decía en casa que la marihuana era una opción natural para relajarse o curar enfermedades.  No se podía ni pensar en tener en casa una planta de cannabis.  Pero ahora las tenemos, y nuestras hijas vieron naturalmente cómo esas plantas crecían.

Antes no hablábamos con mamá de las cosas que ellas hacían mal.

Las pensábamos, las sufríamos.  Pero no podíamos darles educación a nuestras viejas.

De última nos apenábamos por ellas, qué desperdicio de talento, qué grillete tan pesado tenían.

Pobre mamá.

Tomábamos ejemplos negativos para resolverlos como pudiéramos y ejemplos positivos para repetirlos sin cuestionar.

Y muchas logramos trascender los condicionamientos más ridículos pero fuertemente impuestos, y las dejamos hablar, a estas hijas.  Les pedimos que nos hablen.

Les preguntamos cómo viene la mano con la crianza que les ofrecemos, tomamos nota de lo que nos cuentan, indignadas, sobre lo que viven sus amigas en la casa.  O qué bueno lo que hace la mamá de tal.

Entonces nos sentimos más empoderadas que nunca, somos mamás que participamos activamente en el desarrollo de nuestras hijas y de manera cómplice pero correctamente verticalista las acompañamos y les ponemos límites: hasta eso aprendimos.  No se puede ser un par, somos mamá, y vamos a ofrecer todas las herramientas que adquirimos para que la vida de nuestras hijas sea plena, libre y feliz.

No puede fallar.

Pero entonces

Ay

Mi hija

No puede ser

La libertad

Qué hizo

A una edad en la que nosotras jugábamos con los boletos a ver cuál era la inicial del chico que nos amaba, nuestras hijas nos vienen a contar que creen que les gusta una chica, o que probaron porro.

Se

Derrumba

Todo

¡¿Por qué necesitan seguir corriendo los límites?!

Arrinconadas en el lugar más oscuro de nuestra primitiva existencia nos metemos bien al fondo de la caverna y queremos ver las sombras inofensivas que pasan por afuera.

¡Basta! ¿Hasta dónde querés llegar? ¿No te alcanza con ser una nueva raza de mujer joven que cuenta con su mamá para construir la libertad entre las dos? ¡Basta! Se acabó.  Límites más duros para esta chica que finalmente como decía mi abuela se agarró del codo cuando le di la mano.  Qué angustia desgarradora me invade cuando tengo que reformular todo mi sistema.  ¡Que la corte con lo del aborto, que sepa primero cómo hay que cuidarse!  ¡Que se deje de hablar de las relaciones promiscuas que se naturalizan a su alrededor! ¡Que no piense que el porro es algo que se maneja libremente, porque si vamos al caso es la entrada a otras drogas!
Basta de querer hacer causa común con todo, ¡¡¿¿hasta a los linyeras querés salvarles la vida??!!

¿Sabés cuántas cosas hay que transitar hasta poder tener la última palabra?

Basta.

Ya hablé.

 

Enfervorizada por la pasión anti transformadora, con mi tráquea anudada de angustia y miedo, mucho miedo, casi me olvido de escuchar.

Má, ¿puedo ir a dar clases de apoyo?

Má, ¿qué es empoderarse?

Má, ¿te enteraste lo que pasó con esa chica…?

Má, no sabés qué triste está fulana porque la mamá no la dejó anotarse en la escuela que ella quería.

Má, vos andá al teatro que yo voy al recital.  Las dos hacemos lo que no gusta, no hace falta que vayamos juntas.

Má, ¿nos tiramos en tu cama a leer?

Má, ¿cómo te cocino esta cosa vegetariana?

Má, ¿miramos esta serie juntas?

Má, ¡mirá lo que escribí!

Má, ¿le explicás a mi amiga por qué está presa Milagro?

 

Ay

Qué desperdicio de talento

Una mamá puede ser tan libre como ella misma se lo permita

Una mamá puede permitirse ser educada por su hija

La Revolución consiste en mirar una rosa hasta pulverizarse los ojos, dice Alejandra Pizarnik.

Atentas y con sutileza.  Paciencia y amor.

Respeto, mucho respeto y tolerancia con nuestras hijas que están cambiando el paradigma.

Respeto, mucho respeto y tolerancia con nosotras mismas, las mamás de estas potentes usinas de libertad que a los ponchazos, entre descubrimientos y contradicciones, tendiendo redes y explicándonos cómo es, nos van a sacar buenas.

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AndreaBoq

 

 

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