El ciclo vulnerado

Silbo para consolar

mi dolor a lo canario,

y a lo ruy-señor, y el silbo,

¡ay!, me sale vulnerado

                                    Miguel Hernández

Un amigo me contó una anécdota encantadora, y su interpretación de la  metáfora que la misma representa me dejó reflexionando acerca de lo cíclico, lo que elegimos que se repita, lo que desearíamos que no pero igual sucede, y fundamentalmente sobre nuestro rol activo en el engranaje.

La anécdota es la siguiente:

Había  una calesita en Parque Chacabuco, a la que este amigo asistía para realizar acciones de divertimento siendo un retoño.

Si bien la propuesta lúdica de la calesita es un planteo cíclico en sí mismo, el plus de diversión lo aportaba el simpático calesitero con su habilidad para ofrendar y mezquinar la sortija.  La gracia se encontraba en el equilibrio: cada tantas “no agarradas” tocaba ser el digno receptor de una de esas llaves a la felicidad, la garantía de otro viaje tan circular como feliz.

Sin embargo, cada tanto, el lugar del buen calesitero era tomado por otro hombre, un energúmeno contrariado que gozaba con la perversión de mezquinar y solo mezquinar la preciada sortija.

En esas ocasiones se generaba en mi amigo-niño la gran contradicción: el deseo subir a la calesita implicaba en cada vuelta el encuentro con un señor malo que se burlaba de su desdicha.

Aquí la metáfora: el protagonista de la historia relaciona ese ciclo con lo que sucede en nuestro país, del  que estamos orgullosos de participar activamente y sonriendo, sin embargo cada tanto nos exponemos a un sistema perverso que se beneficia y goza con nuestra desventura.

Así empecé a pensar en los ciclos que nos constituyen.

El de la política, claro, que en Argentina gira de derecha a izqPONELE a derecha ad infinitum, pero también en algunos más universales, como el  de la menstruación, pero ya hemos hablado de esto.

O el horóscopo chino, que plantea que cada 12 años viviremos una situación límite que nos hará replantear nuestra existencia y volver a empezar.

Del perverso ciclo de la violencia machista, que tiñe la vida de sufrimiento y la disfraza de luna de miel hasta el nuevo golpe.

El de los jóvenes adinerados que a los veinti viajan a Ibiza a descontrolar pero a los treinti vuelven para casarse y tener hijos.

O los de cuarenti que nunca se analizaron y empiezan a repetir conductas de sus progenitores de las que renegaban.

De las estaciones del año, el frío calor frío calor que son los temas de los que no podemos dejar de hablar como si no fuera que año tras año ocurrirá lo mismo.

Del bajón a la alegría y vuelta a empezar, cuando al desaliento le encontramos la contracara con algún proyecto que nos entusiasma.

Del amor y el desamor y esa sensación de desgarro que un día se repara y se vuelve a comenzar.

La posibilidad de que todos estos ciclos le transcurran a la misma persona, qué agotador.

Pienso en los vendedores del Sarmiento: un vagón atrás de otro ofreciendo pastillas pañuelitos biromes pilas discos linternas como si fuera la primera vez.

La desazón de no cerrar el ciclo jamás.

Los que construyen edificios, del llano a 20 pisos: un gran ciclo de construcción que implica sub ciclos: del armado de estructuras, los caños, la electricidad, la pintura…  El ciclo global de cada obrero, su participación en toda la obra.  Y su ciclo diario de salir de casa, viajar colgado, llegar a la obra, trabajar todo el día y ordenar todo para el día siguiente, volver a colgarse, llegar a casa y así.  Y empezar otra obra, que de algo hay que vivir.

La certeza de saberse ahí engranado, formando parte de la maquinaria que ni siquiera dejaría de funcionar si uno no estuviera ahí: nadie es imprescindible

Empezar a escribir desde la página en blanco, limpiar una casa,  subir la persiana, baldear la vereda, abrir el consultorio.  Llevar pibes al colegio cocinar viajar manejar, putear.

 Desear que sea mañana para haber terminado de hacer lo de hoy.  Pero enseguida mañana vuelve a ser hoy.

Y en esa alienación, la fantasía de armar el ciclo propio es un alivio.  Con las reglas auto impuestas de horarios libres y relajación que garantizarían el éxito y la tranquilidad.  Qué barato es soñar.

Pensar en cómo salir del ciclo me hizo pasear por la sociología y el psicoanálisis, hasta que pude ensayar una respuesta muy rústica: la que me da resultado.

Igual que de un laberinto en el que nos perdemos, del ciclo sólo se sale por arriba: trascendiendo lo que nosotros mismos sabemos que debería ser.

No considerar la posibilidad de perdernos ni alienarnos, porque no habrá repetición si cada día es una re-construcción

Habrá algún acto revolucionario del que nos creamos capaces: escuchar a un amigo angustiado sin cancherear con las respuestas sabias, hacerle un trámite a un pariente, colaborar con un comedor, ayudar a un pibe a aprender a leer, hacerle el aguante a alguien enfermo, parar en la esquina para que pase el peatón, compartir lo que se tiene, ofrendar la voluntad como un valor que no tiene precio.

Es decir: militar la desalienación

Transformaríamos una cotidianidad desazonada en una propuesta diaria de revolución.

Sin deslumbrarnos con caballos que suben y bajan, sin querer ganarle a nadie: girando juntos.

Y así, siendo muchos, giraríamos más confiados entendiendo que si bien las mezquindades serán inevitables, entre todos podríamos llegar a apropiarnos de la calesita.

Y así el hombre mezquino ya no tendría lugar nunca más.

 

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