Ahora que sé que no me voy a morir

Volver a la memoria del cuerpo, he de volver a mis huesos en duelo,

he de comprender lo que dice mi voz.

Alejandra Pizarnik

 

Estoy en tratamiento oncológico hace un año y no perderé tiempo con detalles: todo marcha muy bien y no tengo más que agradecimiento hacia esta enfermedad y la revolución que provocó en mi vida.

Lo curioso es que un poco por casualidad me reencontré con un escrito mío del año pasado, del momento en que recién empezaba a entender el universo de las quimio.

Hablaba de mis hijos, para ellos.  El texto dice:

 “Quise educarlos con mucha libertad pero no creo que sean del todo libres.  Me encantaría legarles esa enseñanza, la libertad es lo único que importa.  Jugar, reírse y hacer lo que amen, amar a las personas que los valoren y huir de los mandatos sociales, familiares, de esta cultura asfixiante que genera odio, muerte y desamor.  Pero ¿desde dónde se los podría enseñar? En esta etapa de mi vida en la que debería ser plenamente franca conmigo misma sigo dando vueltas y no me animo ni siquiera a disfrutar.  Así que no tengo muchos recursos, pero voy a escribir desde el profundo amor que les tengo.

Creo haber entendido (estar entendiendo) algunas cosas:

-Tender redes.  La familia no alcanza, y sobre todo en nuestro caso, así que resulta imprescindible agruparse con personas que valoren la amistad, respetarlas y sostener el vínculo con amor y creatividad, divirtiéndose, buscándose, tolerando las boludeces y sincerándose ante un fastidio, enojarse, amigarse.

-Amar.  Les deseo profundamente que puedan amar a algunas personas con ese fuego que potencia la energía, da vitalidad, calma los dolores y genera proyectos.  Amar a la persona detrás del género, blablá, qué importa eso.  Es indistinto y el amor trasciende todo.

-Viajar. Busquen lo que sea que quieran encontrar.  Viajen solos, juntos como los jubilados, en pareja, entre hermanos, como sea.  Viajar es atravesar fronteras.

 

Aquí termina ese texto, mi herencia más pura.  Yo me sabía al borde de la muerte y les escribí a mis niños que lo que necesitaban para ser felices estaba… ¡Afuera de ellos! Asumo que por ese tipo de cosas me enfermé.

Explorarse no es nada fácil, pero en el transcurso de este año yo utilicé la siguiente estrategia:

Cual paleontóloga removí delicadamente los grandes bloques de tierra que sepultaban mi más genuina “Andreitud”.  Mandatos culturales, pongamos por ejemplo.

Más profundamente con una palita fui corriendo esa turba que me cegaba.  ¿La familia? Digamos

Pero hecho este laburito delicado con tanta precisión me encontré en la etapa más extrema:

Pincel en mano, suavemente corriendo el polvillo (que en mis ojos representa rocas que lastiman, hacen sangrar) tuve que soplar para terminar de eliminar los restos.  Hasta que llegué a lo profundo, lo real, no mediatizado por las palabras ni las miradas ni los condicionamientos.

Y pude enamorarme.

Como una adolescente, sin filtro.  Perdidamente, desesperadamente.  Masticando en presente verbos de amor.

Me enamoré de la que con 21 años se exilió de Palermo a La Matanza, porque se la re bancaba, aunque oh, parece que llora, vamos a abrazarla.

Y la de 26, que era una señora casada, ya con sus 3 hijos, trabajadora y madre abnegada que sabía que eso era lo que había buscado pero oh, parece que está triste, vamos a abrazarla.

De la de 31, que se la jugó a empezar una carrera sintiéndose vieja y de repente se llenó de vitalidad, seria y comprometida con el estudio, el trabajo, la maternidad, y sin embargo oh, parece que está desbordada, vamos a abrazarla.

Pero de la que me enamoré hasta la médula fue de la de 35.  La que colapsó.  Que se preguntó qué estaba pasando afuera de esa cavernita.  Y se separó, se enfermó, se angustió y llegó a las profundidades de un estado de desazón que no tenía nombre.  A esa estoy abrazando todavía, un año y pico después.

Le recito los poemas más osados, la llevo a tomar un cafecito y mientras le leo, le regalo libros y tatuajes, la llevo al teatro, la junto con amig@s, la ayudo a disfrutar de sus hijos con tiempo de calidad y no solo con todo el tiempo.

Le pregunto cómo está y la escucho sin juzgarla, la acaricio cuando llora y me alegro tanto cuando la veo reírse a carcajadas hasta que le duelen los cachetes.

La invito a compartir otras citas sin flashear amor, como dicen los pibes, que siempre la tienen más clara que uno, y veo que disfruta genuinamente de la compañía que elige.

La concovo a los proyectos más encantadores, una catarata de proyectos.  Sabemos que muchos quedarán en el camino, pero qué belleza ese tránsito.

Estamos en un gran momento.  Un idilio inesperado.

Y entonces pienso que qué me importa que un día me vaya a morir, tuve la gran dicha de hacer este recorrido y reencontrarme con un texto en el que me leo, me entiendo y me repienso.

Y siento que a mis  hij@s y a todos  mis contemporáneos les deseo que se enamoren así, tan apasionadamente.

Aguante amarse, aguante vivir.

 

 

4 Replies to “Ahora que sé que no me voy a morir”

  1. Qué emoción has encendido en mí al leerte. De esa de treinta y cinco de la que te enamoraste, se enamora cualquiera que sepa ver.
    Y a te morirás, como yo, como todos, pero ese momento tardará mucho en llegar, porque te queda tanto aquí por hacer todavía… Tanto amor que dar…
    Yo también te abrazo.

  2. Y tanto amor que recibir…

  3. Excelente estas para abrazarte el resto de la vida, lo demás nada importa.

  4. Te leo e inevitablemente te quiero

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