#Sense8: Las redes de la sensorialidad

“El hecho del que debe partir todo discurso sobre la ética es que el hombre no es, ni ha de ser o realizar ninguna esencia, ninguna vocación histórica o espiritual, ningún destino biológico. Sólo por esto puede existir algo así como una ética: Pues está claro que si el hombre fuese o tuviese que Ser esta o aquella sustancia, este o aquel destino, no existiría experiencia ética posible, y sólo habría tareas que realizar.”

Giogio Agamben, La comunidad que viene

Comencé a ver la serie #Sense8  por un motivo muy básico: aburrimiento. No tenía demasiadas expectativas y no sabía demasiado de qué se trataba. Solamente había visto en las redes que la serie era vista y comentada. Por eso, una noche sin mucho que hacer, decidí apostar al adictivo consumo de estos tiempos.

Al segundo capítulo comprendí que había en la serie una sensibilidad, una poética y una construcción estética muy particulares. A medida que se desarrolla el argumento, comprendemos el fundamento de ciencia-ficción que habilita la conexión sensorial entre los ocho protagonistas: se trata de una mutación de la especie humana, los Homo Sensorium.

Los ‘Senseite’ se mueven en grupos, y cada uno puede, no solo conectarse telepáticamente con el otro; la conexión con cada miembro del grupo habilita ver lo que le sucede, sentir lo mismo que esa persona siente (desde un olor o un gusto, hasta la experimentación de dolor, tristeza o felicidad) e incluso intercambiar habilidades. Esto los convierte en seres con mejores capacidades de adaptación o supervivencia, no porque tengan superpoderes, sino porque cada uno cuenta con las habilidades de siete personas más.

Además, algunos Sense8 experimentan el amor entre sí, lo que los convierte en seres vinculados fuertemente, aunque se hallen a miles y miles de kilómetros de distancia (cada Sense8, de por sí, está en un lugar muy distante del otro: México, EEUU, India, Corea, Kenia, Alemania, Islandia).  Esta forma de amor, hace literal la expresión de sentir con el otro. Pero además, el inefable sentimiento no surge desde la compatibilidad (música, afinidad política, costumbres, trabajo, etc.); este sentimiento es mucho más profundo que las apariencias mundanas. Las personas se conectan a otro nivel, por encima de supuestas abismales diferencias y más allá de las barreras culturales.

Cabe decir que a medida que el grupo se fortalece en su conexión sensorial, también se produce un acceso a la intimidad, convirtiéndola en una experiencia más de enriquecimiento colectivo. Cuando varios Sense8 tienen sexo, también pueden conectarse entre sí, dando lugar a una de las experiencias más intensas y placenteras: la orgía es un placer compartido y multiplicado; es amor que se recibe y se da; es ceremonia de la comunión como especie; es erotización de los cuerpos que alimenta al amor en pareja y que permite transgredir la orientación o el gusto sexual. Es un momento catártico y liberador que no pone en riesgo ninguna opción de vida. En la orgía Sense8 no hay lugar para los celos. Solo para sonreír por un rato luego de un éxtasis multiplicado.

La conexión entre estos ocho seres distantes en el mundo los transforma y les permite enfrentarse con los prejuicios que encorsetan el mundo. Lito, un galán de las telenovelas mexicanas se atreve a asumir su homosexualidad y gritarla en una fiesta del orgullo gay. Nomi, una mujer trans, se anima a asistir a la boda de su hermana junto a su novia, y dar un discurso en la fiesta,  enfrentándose a la mirada reprobatoria de sus padres y contando en primera persona el sufrimiento que implicó su transformación y  la importancia de que su hermana la haya apoyado. La palabra familia se resignifica.

La conexión con otras vidas y la posibilidad de empatizar con ellos, inevitablemente los politiza. El dolor ajeno se transforma literalmente en dolor propio. No solo con otros miembros del grupo. La  potencia sensitiva los predispone a pensar en lo que vale cada vida, en los problemas de hambre, pobreza, discriminación. Paradójicamente, estos mutantes son más humanos. Su superioridad radica en la capacidad empática como antídoto de la potencia destructiva, individualista y competitiva del Sapiens.

Sense8 nos revela sin demasiado esfuerzo y bajo el artilugio de la ciencia ficción (sin llegar a convertirse en una serie del género, dado que lo desborda) una metáfora absolutamente literal del mundo en cuyos umbrales nos encontramos. ¿No podrían ser las redes sociales ese psiquelio que nos habilitaría, de quererlo, a conectarnos con seres distantes respecto de nuestro pequeño universo cultural, de género, de clase y lingüístico? ¿No tenemos una posibilidad única de utilizar la pancomunicación para algo más que aquello por lo que fue creada? ¿No es acaso nuestra debilidad, nuestra auténtica fortaleza? ¿Podremos, por fin, realmente conectarnos?

El devenir de los personajes, que son perseguidos para ser destruidos, los coloca en rutas de lo ilegal y lo clandestino. Hay una vida posible, eminentemente solidaria y colectiva, más allá de la vida legal, con alquileres e hipotecas. Las drogas son paraísos necesarios para evadirse temporalmente de las persecuciones y del sufrimiento intolerable. Sentir mucho los hace también vulnerables. Y la opción por la vida deviene del amor y el compromiso por otros: no dejarlos con el legado de un nuevo sufrimiento irreparable. Resistir, y encontrar en el afecto de la manada (familia anómala) razones para continuar luchando.

¿Podremos romper el cerco de estupidez, individualismo y consumismo vacío al que nos empujan y por el que optamos pasivamente? ¿Podemos comprender que, de conectarnos con otros y generar redes, podríamos mandar al carajo a este estúpido sistema? La revolución Sense8 no es un cambio de gobierno, es un virus que crece a costa del sistema y se expande trepando por su estructura. Es cambiar para que cambie el mundo, y no a la inversa. Es reencontrarse con la empatía y  al sentir con otrxs poder comprender que cada vida vale. Es construir lazos afectivos distintos y diversos, por fuera de las convenciones. Es transgredir las reglas para inventar otras nuevas, paralelas a las vigentes. Es transitar en el mundo real, mientras que se simula estar en una realidad aparente.

La ética Sense8 está muy lejos de la moral. Y, sin ser anárquica, apuesta a construir comunidades que se fortalecen entre sí, y así logran sustentarse de otro modo, a costa y por fuera del sistema. Allí, lo personal es eminentemente político. No es posible disociar el sentir de los cuerpos con la búsqueda por un orden más justo. A los Sense8, igual que al feminismo, los mueve el deseo.

La serie, abruptamente sin final por decisión de Netflix (la lógica mercantilista de los Sapiens una vez más conspira contra los Sensorium), nos deja picando una cantidad de interrogantes acerca de cómo continuarán nuestras vidas. ¿Podremos animarnos a nuevas formas de vida? ¿Usaremos de una buena vez todas esas herramientas que tenemos disponibles para algo más que el entretenimiento, el consumo, un mero existir vacío de experiencia? ¿Nos atreveremos a romper el cerco de miedo que solo custodiamos nosotros mismos?

Mientras tanto, un débil rayo de luz nos toca. Por un instante, podemos sentir la maravilla de estar vivos, en el calor y en la imagen visual del color amarillo-dorado-anaranjado. Podemos apreciar la belleza del mundo, única y universal.

Continuará…en nuestras vidas.

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