Sala depilatoria

Llego al lugar donde usualmente me depilo. Es un centro de depilación en Ramos Mejía. A diferencia de otros lugares donde pasan radio Disney (¿sigue existiendo?) o diales teens de FM, las mujeres (porque solo vamos mujeres) esperamos en un recinto de colores blancos y pasteles con música muy tranquila y de muy buen gusto: Nina Simone, Norah Jones, mucho Jazz; en definitiva, música que escucharía yo en mi propia casa.

La recepcionista te recibe cordial, pero sin exageraciones. Si tenés alguna preferencia de depiladora, le decís su nombre y aguardás a que se libere; sino, por lo general , esperás muy poco y al poco tiempo te invitan a que subas por las escaleras.

Observar en la sala de espera te permite apreciar detalles de las mujeres que van a ese salón: la mayoría parecen mujeres ocupadas, trabajadoras, profesionales, en general bien vestidas y elegantes. No hay mesa ratona y no te topás con el insulto de las revistas Caras o Paparazzi. Cada una espera paciente, acaso alguna mira su teléfono, en una no interacción respetuosa y cómoda.

Por lo general, yo voy con cualquier chica. Todas depilan muy bien. Cada una con su estilo. Y de paso, disfruto un poco del azar de subir las escaleras sin saber quién me tocará.

El servicio no es barato. Pero ronda el precio promedio de depilación, que de por sí es bastante caro. Mis hormonas van retardando cada vez más el crecimiento de mis pelos, así que concurro al salón cada dos meses aproximadamente, a veces al mes y medio. Podría decirse que es un lujo que me doy (¿?), voy y hago una depilación casi completa, desde las cejas hasta la tira de cola, guardando apenas un fragmento al que la cera no llega, acaso como símbolo de que aún no todo ha sido colonizado en mí.

No soy de las que necesitan charlar cuando va a depilarse. A veces me recuesto en la camilla, y recorro con la mente palmo a palmo el ritual de calor relajante seguido de los tirones dolorosos. El dolor es muy variable. Depende de la depiladora, de la sensibilidad de la piel en ese día, de su humectación (o sequedad), de la apertura de los poros, del momento del ciclo menstrual en que te encuentres y hasta a veces del frío.

En algunas ocasiones me siento aburrida y doy charla; otras me quedo solo conmigo y solo lanzo algún que otro comentario en relación con la tarea (te piden que pongas la pierna en determinada posición, levantar un brazo, bajarlo, correr la bombacha); otras, tanteo el rumbo de la conversación que se me propone y ahí decido si le doy cuerda o vuelvo mi mundo. Hay una depiladora muy jovencita a la que le gusta mucho hablar y, siempre que me toca, le sigo la charla. La última vez me contaba que salía con el amigo de un ex, y de lo prohibido de ese amor. Al principio era la anécdota bolichera de un chongo súper caballero. De a poco, con las dos en compenetradas en la conversación, el chongo reveló su identidad y ahí comprendí aquello por lo que el chongo perfecto no ascendía de categoría: se trataba de un amor clandestino.

Fui por última vez  la semana pasada. Al subir las escaleras, me encuentro con una cara desconocida. Tenía un pelo corto, rubio, y una cara muy dulce. Como estaba conversadora, inicié la rueda:

–  ¿Sos nueva? Yo no vengo muy seguido pero no te había visto nunca.

-Sí, estoy hace un mes y medio. Vengo algunos días nada más.

-Qué frío que hace. Parece Transilvania.

-Sí.

Percibí que la depiladora no sabía qué era Transilvania, por el modo en que dijo que sí. Me sentí algo extraña por hablar del hogar de Drácula en el mismo plano en el que me estaba depilando, como si la diferencia ficción-realidad no tuviera fronteras en mi discurso demente.

La charla continuó. Su técnica era delicadísima y casi no sentía dolor, lo que en algún punto me hacía tenerle más aprecio. La disminución del dolor es algo muy preciado cuando estás en ropa interior sobre la camilla, entregada por completo a una desconocida.

Eso sí, se podía observar que era muy lenta. Los fragmentos de piel cubiertos con cera se sentían más pequeños; y especialmente, la lentitud se advertía en que depilaba de a un sector por vez. Como mi sesión era casi completa, intuí que estaría allí más tiempo del usual. Pero sus manos eran delicadas, podía sentir que depilaba bien (no pregunten cómo, pero te de das cuenta sin verlo) y la apertura a la charla facilitaba las cosas.

La conversación tiene un fluido predecible, al menos al comienzo. Me pregunta a qué me dedico, le digo que soy profesora pero que trabajo con adultos. Ella comienza a hablar de lo difícil que está la escuela. Le respondo, intercambiamos anécdotas. De pronto me dice algo revelador: en su casa no tienen internet. Sus hijos juegan, simplemente, hacen las tareas, su hija la ayuda a cocinar. Me cuenta que no tiene  whatsapp , y por lo tanto, que no participa de los grupos de  whatsapp de la escuela de sus hijos. Y que en su casa todos están más tranquilos. Los padres se vuelven locos con sus hijos, porque no saben qué hacer con ellos. Los hijos se ponen ansiosos, y así el círculo vicioso del que ella había logrado salir dejando, así nomás, de contratar un servicio.

Sentí que estaba frente a una joya escondida. Que esa mujer me estaba enseñando que había una vida (y hasta una familia) posible más allá de internet. Esta mina es más progre que todos mis amigos progres, pensé. Punto para la charla. Sentí que valió la pena.

Obviamente, tardé una hora y media en depilarme. Cuando me fui, ya casi no había nadie. Era la última clienta del día. El salón ya no tenía música, y en penumbras comenzaba a perder su encanto.

Bajé las escaleras, sin poder diferenciar si el ritual de purgación de pelos me devolvía diferente a la calle. Feminismos varios incorporados, la depilación sigue siendo un hábito del que no puedo desprenderme.

Tarde o temprano (siempre más tarde que temprano) termino recurriendo a la sala depilatoria, cuando ya los pelos están largos y me pica todo el cuerpo, y no puedo dejar de imaginarme como un animal que sale con su duro cuero a aullarle a la luna.

Intento pensar que mi cuerpo cubierto de pelos puede llegar a ser erótico. Finalmente, la picazón gana. Pareciera que mi cuerpo se resiste a abandonar el hábito de querer ser lampiña, el intento de pertenecer al campo mujer, que siempre se torna de algún modo expulsivo.

En definitiva, se trata de una cita inevitable con una sala de tortura cool, y por la que además pagás enormes cantidades de plata. Allí invertís tiempo, tolerás dolor, buscás aproximarte o distanciarte de esa otra mujer que quita todo lo que la sociedad no quiere de vos. La sala depilatoria (ahora que le puse ese apodo, me agrada decirlo así, con el despliegue semántico elegante-torturante de la frase) es una suerte de sitio de depuración donde todos los secretos del pelo (¿?) quedan entre mujeres. Salís de ese salón, y allí quedó, en una lista más, el inventario de tus gustos, tus concesiones, los lugares convencionales y no convencionales donde los pelos, aunque mamá sociedad no quiera, crecen: abdomen, barbilla, cachetes, brazos, nalgas, y todo lo demás.

No puedo evitarlo, sé que voy a volver. Eso, o largarme a los bosques y aullarle a la luna llena.

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