Gestos

Ya no recuerdo cuántos meses pasaron desde la última vez que la vi. O que tuve noticias de ella. De algún modo, gran parte de su vida, de su historia, siempre fue una zona de oscuridad de la que hablaba poco, incluso conmigo, a quien consideraba – tal vez – su compañera más cercana.

Se hacía llamar Rita, aunque ese no fuera su verdadero nombre. Tenía un rostro tan aniñado que nunca pude calcular con exactitud su edad, pero no pasaba de treinta años. Incluso su cuerpo tenía algo de infantil, se movía con una cadencia extraña y natural en ella, y creo que por eso los que venían siempre al club se alegraban especialmente cuando se anunciaba que sería la protagonista de algún número. Hasta el día de hoy siguen preguntando por ella.

Pero había otra cosa que reforzaba su mezcla de nena y mujer.

Acá no hay pudor que valga: la ropa ya no implica – para nosotras – una coraza. Lo único que nos separa y tapa del resto del mundo es nuestra piel. Ese es el límite. Y en ella, el pudor que sentía muchas veces era reemplazado por una fuerza que nunca vi en otra persona. Era como si su fragilidad se refugiara, autocontrolándose, en lo más íntimo de su ser, y por fuera solo quedara determinación. Coraje. Verla luego de haberse despojado de su ropa era como ver una diosa de esas antiguas. Tan poderosa cada vez.

Y sin embargo yo muchas veces la había visto llorar. Cuando creía que ya todos se habían ido, se peinaba y se sacaba el maquillaje suavemente, y en pocos minutos la sentía sollozar. Los primeros días no me animé a preguntarle por qué, pero luego, al ver sus lágrimas constantes, comencé a acercarme.

Primero me dijo que era por un dolor físico que tenía, indefinido, en un costado del cuerpo. Mucho no le creí, pero después, en varias ocasiones, la vi haciendo pequeñas muecas de dolor al moverse, sutiles, imperceptibles quizás para quien no supiera lo que yo.

Pero a pesar de eso, algunas noches su llanto tomaba otro matiz.

Todos sabemos que hay dolores intangibles que carcomen en silencio el paso de los días. En ella, esa pena estaba marcada por la ausencia. Una concreta, la de su familia, de la que nunca supe cómo estaba conformada pero siempre, al hablar, usaba el plural femenino. “Allá en casa, ellas me esperaban cada noche con la comida lista. Me duele pensar que tienen esperanza de que vuelva. Me duele pensar que yo también tengo esperanza, y cada vez menos chance de volver”, me confesó en una extraña racha de conversación.

Después había otra ausencia, distinta, más extraña. Se trataba del chico que la iba a buscar y que algunas veces vi junto a ella. Supongo que era el novio o algo así. Nunca hablé nada con él y ella no lo mencionaba, así que entro en el terreno de lo hipotético.

Había algo lejano en su mirada, de estar por compromiso, como si ella fuera una más de tantas. No lo sé y tal vez nunca lo sepa, pero me acuerdo y me vuelvo a entristecer. Pobre nena grande.

Los últimos días que estuve con ella fueron como todos, nada raro en ese pasar de hombres, mujeres, noches y piel. La crisis llegó con una carta inesperada que, cuando la vi de casualidad en su bolso, aún estaba cerrada. Jamás supe qué decía, pero fue un punto de quiebre en ella.

Su mirada se transformó: a la pena que cargaba se le sumó algo parecido a la rabia, pero no dirigida a alguien en particular, sino extendida a algo mucho más grande. Tal vez a su vida. O a LA vida.

Caigo en la cuenta de todo esto ahora, donde ya perdí la cuenta de los meses que pasaron. Por eso no sospeché nada cuando una noche me dijo: “Estoy tan cansada de esto. Tan casada de estar”, que cuando la vi irse, como todos los días, no imaginé que esa sería la última vez que la vería. Supongo que yo también estaba – y estoy – cansada, y ya no soy capaz de detectar los mínimos gestos como antes.

Pero aún así la extraño. Y tal vez eso sea un mínimo gesto de mí, hacia ella. A la distancia.

Flor

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